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    El machismo nos oprime a todos: mujeres y hombres

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    Machismo, feminismo, feminazi, heteropatriarcado, machirulos, violencia machista, opresores, emponderadas… términos que hasta hace años ni si quiera conocíamos y que ahora están en boca de todo el mundo gracias a que el feminismo, poco a poco, y día a día, va cobrando más fuerza… a pesar de todos los intentos por acallarlo, partiendo del básico y fácilmente desmontable argumento de que “feminismo” significa la supremacía de la mujer sobre el hombre.

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    Sin embargo, desde que empecé a interesarme activamente por el feminismo he notado que he ido alejándome cada vez más de una forma de pensar global, que nos incluya a todos, hombres y mujeres (igualdad de la que parte el feminismo) para empezar a pensar y a ver las cosas desde un punto de vista, en muchos casos, únicamente femenino y cada vez más individual. Tampoco me siento culpable: si durante siglos y siglos el pensamiento giraba en torno a lo masculino, qué puede tener de malo que yo empiece a pensar las cosas anteponiendo mi condición de mujer. Pero había dejado escapar una cosa: el punto de vista de los hombres, que, por supuesto, también deben formar parte del feminismo.

    Ponerse en la piel del otro es una de las cosas más difíciles que un ser humano puede hacer, sobre todo si ese otro no es tu padre, tu hermano, tu novio o tu hijo. De hecho, estoy bastante segura de que es una capacidad que muchos machistas no tienen. Pero yo no soy machista, y además me gustan los retos intelectuales, así que quise ponerme en el lugar de un hombre blanco heterosexual occidental para, si no comprender, al menos tener en cuenta su forma de pensar y actuar ante situaciones cotidianas. Para ello, recurrí a un documental del catálogo de Netflix que se llama ‘The mask you live in”, aquí os dejo el trailer:

    Nunca he podido estar de acuerdo con ese lema que culpa a todos los hombres por el hecho de serlo. Como son hombres, son potencialmente peligrosos, es probable que te ataquen. Es evidente que los hombres atacan y acosan a las mujeres, pero no todos los hombres lo hacen, así que generalizar, como casi siempre, me parece un error. Un hombre no es culpable de nada por ser hombre, simplemente ha nacido así. Como un negro nace negro, un francés nace francés o una mujer nace mujer. Nadie debe cargar con el estigma de su condición, ni siquiera los hombres blancos heterosexuales. Nadie es culpable de nada por haber nacido en una determinada forma, solo se convertirá en culpable cuando cometa una falta.

    ¿Y qué lleva a los hombres, tan fácilmente, a cometer actos machistas? La función que le otorga la sociedad occidental en la que vivimos. Desde que son muy pequeños, los niños no paran de escuchar este mensaje: “SÉ UN HOMBRE”. Y desde ese preciso momento, los niños también se convierten en víctimas del machismo y comienzan a crecer constreñidos por una idea de HOMBRE que deben alcanzar para encajar y satisfacer su entorno. ¿Os recuerda esto a ese ideal de mujer que todas sabemos que no existe pero que muchas mujeres aún persiguen, y se dejan sus dineros y, por desgracia, también la salud, física y mental, para conseguirlo? Pues a la mayoría de los hombres les pasa exactamente lo mismo.

    “La masulinidad no es orgánica, es reactiva [una reacción]. No es algo que se desarrolla, es un rechazo a todo lo femenino” – Dr. Caroline Heldman.

    Cuando tú le dices a un niño “sé un hombre, no llores, no seas una nenaza, échale huevos…” no le estás diciendo “venga, saca lo mejor de ti”. Le estás transmitiendo, literalmente, este mensaje: NO SEAS UNA MUJER. De este modo, y desde muy temprana edad, los niños entienden que todo lo femenino es malo y tienen que desarrollarse, no solo evitando todo lo femenino, sino haciendo alarde de todo lo masculino (o lo que ellos entienden por “masculino”).

    Si resulta que ese niño es más básico que un botón y puede, simplemente, hacer eso, será un hombre la mar de afortunado y, seguramente, también exitoso. Pero si un día un niño descubre que le encanta jugar con muñecas, que disfruta cocinando con su abuela, que siente la necesidad de llorar porque una chica le ha rechazado, que prefiere tocar la flauta antes que jugar al fútbol, o que le gustan los hombres, se creará un conflicto en su interior del que quizás no sea capaz de salir. Primero, porque es demasiado joven para saber enfrentarse a este tipo de problemas, pero, sobre todo, porque es un hombre, y los hombres no piden ayuda.

    Cuando un adulto (hombre o mujer) le dice a un niño “¡Sé un hombre!” es cuando se convierte en culpable, y pasa a formar parte de un gigantesco problema que está minando nuestra sociedad: el machismo. A pequeña escala solo está oprimiendo el desarrollo de su hijo, a gran escala está fomentando los valores del heteropatriarcado, una forma de sistema político-social asentada en el machismo. Y todo esto, probablemente, sin darse cuenta. Porque el machismo está tan asentado en nuestros valores sociales y en nuestras ideas de éxito que mucha gente no es consciente de su existencia, y mucha otra cree que es hasta positivo. Y no darse cuenta de que promueves actitudes machistas en tu día a día no es tan malo, no entiendo por qué estas personas son atacadas si solamente están demostrando ignorancia. Desde mi punto de vista, la ignorancia no se cura insultando, atacando, o censurando, sino invitando al diálogo y a la reflexión, cosa que, y quiero hacer hincapié en que esto solo es mi opinión, es el punto más débil de la lucha feminista.

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    En menos de una semana dos noticias han conmocionado nuestra sociedad occidental: la primera, un hombre que entraba en un local gay de Orlando y mataba a cincuenta personas. La segunda, un hombre que se empeñó (y consiguió) en asesinar a una diputada inglesa. Y estos dos crímenes solo nos conmocionan por las circunstancias que los rodean (el primero por el gran número de muertos, el segundo por ser la mujer asesinada una diputada), pero todos los días también hay hombres que matan a sus mujeres, hombres que matan a sus hijos y hombres que se suicidan. Y todas estas muertes solo tienen un elemento en común: son la consecuencia del machismo a largo plazo.

    No todos los niños que reciben constantemente el mensaje (y ya no solo a través de su familia, si no en la tele, en el colegio, en su grupo de amigos…) de “sé un hombre” acaban apretando un gatillo. Empuñar un arma podría ser considerado el último nivel, la máxima expresión. Muchos simplemente deciden adaptarse a lo normativo para poder sobrevivir, y básicamente eso es lo que hacen toda su vida: sobrevivir. Sobrevivir a la idea de hipermasculinidad que le ha sido impuesta y que le crea más y más frustraciones e inseguridades.

    Llegados a este punto, conviene reflexionar sobre a quién le está beneficiando, realmente, el machismo. Está claro que a las mujeres no, a excepción de aquellas pocas elegidas por los hombres para desarrollar funciones sociales propias de los hombres. Y parece que a la mayoría de los hombres tampoco. Entonces, ¿por qué lo perpetuamos? ¿Nos vamos a conformar con lo malo conocido en vez de luchar por lo bueno por conocer? Y puestos a luchar por cambiar algo, ¿por qué no luchar unidos, hombres y mujeres, en igualdad, si claramente somos mayoría?

    Sobre el Autor

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    Soy gorda por parte de padre, de madre, de abuela materna y de abuela paterna. Ha habido cocidos completos que me han hecho más feliz que muchas personas. Autora de "Perra de Satán, kilo arriba, kilo abajo", novela en la que cuento mi relación de amor con la tarta de tres chocolates.

    

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