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  • Cultura

    Tania Llasera, una tía inmensa, inmensamente maravillosa

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    Es MARAVILLOSA. Un oasis en el difícil y ególatra y efímero mundo de la tele. Una pedazo de profesional y una pedazo de persona. No, no me tomo cañas con ella, ni me ha invitado a probar una tarde de sábado algunas de sus apetitosas recetas. Ella quizá ni me recuerde. Pero un día la conocí, la toqué, y pensé que era de esas personas que uno quiere tener en su vida. No, no me he enamorado de ella. Soy hetero y me gustan los rabos más que los espaguetis carbonara, que ya es decir.

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    La había visto en la tele, como todo el mundo. Pero de pronto, las cosas de la vida y del curro me llevaron a sentarme con ella en el mismo plató. Ambas colaboramos en el pasado Debate de GHVIP, sí, el de Belén Esteban, ése… y fue cuándo la vi por primera vez cara a cara. Llevaba un precioso vestido de gasa, con asimetrías, largo… estaba guapérrima. Me dije: ¡Coño, pues sí que es guapa! Pero aún más maja fue, agradable, educada, sonriente. Los demás se peleaban por intervenir en el debate, pero ella me seguía sorprendiendo por su educación y saber estar. Me cautivó. A mi y a otros compañeros de mi grada. Nadie comentó aquellos días otra cosa que no fuera eso, que era de las mejores, que era un amor y que echaba por tierra la idea de que en la tele son todo trampas, zancadillas y falsedades. Porque ella era de verdad. 

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    Nadie comentó otra cosa que eso… nadie dijo lo que por lo visto está de moda decir desde hace ya cuánto, ¿más de un año?: que Tania está gorda, que se ha puesto tremenda, que ha engordado cual foca, que es demasiado gorda para la tele, porque joder, encima pone cuatro kilos, coño, qué asco de ballena, chupando cámara, la muy asquerosa. Sí, eso parece que hay que decir cuando hablas de Tania Llasera. Pero, ¿sabéis? yo no reparé en eso. No me acordé. No pensé en que tenía que fijarme en cuánto había engordado desde no sé cuándo. Lo siento. Que me perdonen los superficiales. Es que simplemente no pude fijarme en su peso, porque toda ella reclamaba mi atención. No su talla, ni sus kilos.

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    Ahora pasan los meses y la sigo viendo estupenda, con su barrigota, en la que lleva a su Pepe que nacerá en plena Nochevieja. Leo que tiene antojo de galletas con jengibre y plátano con chocolate, y que no hace mucho deporte porque le rozan los muslos, bueno, sí, perdón, que ha nadado mucho este verano. Veo en su twitter que alucina con viendo a Robyn Lawley desfilando para Couchel en la Madrid Fashion Show Women. Veo, en efecto, que una estrella de televisión puede ser una tipa normal, como cualquiera de nosotras. Aunque no, no lo es. Porque su normalidad la hace especial.

    Veo sus selfies, las fotos de sus sobris, de su perro y sus mensajes de buen rollo. Veo que sigue emocionándose con cada proyecto en el que participa. Transmite tranquilidad, felicidad absoluta. Energía. Y la veo rodeada de gente, de gente que quiere tenerla en su vida.

    En fin, sigue siendo una tía inmensa, una tía de esas de verdad.

    De las que hay pocas… Por desgracia.

     

     

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Marina

    Soy periodista deportiva, soltera, hetero y bruta, muy bruta. Algunas veces las cosas me pasan a mi, otras no, pero tengo la manía de contarlas todas...

    

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