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    21 cosas que recordarás si hiciste el Interrail

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    Recuerdo hace unos años cuando mi primo, que por aquel entonces tenía 18, quiso hacer el Interrail y sus padres se negaban, preocupados por lo que les pudiera pasar a él y a sus otros 5 o 6 amigos vagando indefensos por las calles de las grandes capitales europeas. Con esfuerzo conseguí convencer a mis tíos de que le dejaran hacerlo, que era un viaje que merecía la pena al 100% y que no le iba a pasar nada, que si yo me había ido de Interrail con otras 3 chicas a los 20-21 años y había sobrevivido sin smartphones, sin internet, sin apenas nada, él seguro que volvía a casa sano y salvo. Efectivamente, volvió a casa sano y salvo, después de disfrutar de una experiencia como pocas, una experiencia que recomiendo fervientemente a todo el mundo, aún 11 años después, una experiencia que, con algunos cambios que me puedo permitir con mi presupuesto, repetiría mañana mismo. Es más, mi última escapada en octubre del año pasado a Munich, fue escapada de hostel en habitación compartida, con el baño en el pasillo y el bolso lleno de las sobras del buffet del desayuno. So what? Tengo 32 años pero nunca es tarde para disfrutar de un viaje así.

    Me acuerdo de cuando, a los 21 años, me fui con 3 compañeras de la universidad de Interrail, ese viaje que se hacía en nuestra generación (la de los que nacimos en los 80), ese viaje que mantenía a los padres en vilo durante 2 o 3 semanas, en el que dormir y comer se hacían donde se podía y cómo se podía, ese viaje en el que, a posteriori, te das cuenta de que hiciste unas locuras que ahora no harías, ese viaje que gracias a películas como ‘Hostel’ parece mucho más peligroso de lo que es en realidad…

    Si sois de los afortunados que habéis hecho el Interrail a los 20 años seguro que recordáis cosas como éstas:

    1. Acostarte en un tren en Madrid, levantarte al día siguiente en París y acabar cenando en Bruselas (cambiar aquí las ciudades como proceda).

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    2. Comprar embutido y queso envasado al vacío, latas de atún y de ensaladas Isabel (era lo único que había en esa época) y coger los cubiertos del campamento de cuando eras pequeña. Pasear la comida en el macuto por media Europa, al lado de las bragas

    3. Aprender a leer mapas de cualquier tipo y en cualquier idioma.

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    4. Sacar una fuerza sobrehumana para patearte media ciudad con el macuto a cuestas por no pagar la consigna de la estación de trenes.

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    5. Dormir en un tren nocturno atravesando medio país por ahorrarte una noche de hotel. En un asiento (con suerte), en los pasillos, en el suelo, en la puerta del baño…

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    6. Comer una lata de atún en medio de la calle con un trozo de pan o una bolsa de patatas y creer que comes una delicatessen (sólo superada por el día que te dabas el lujo de comer en McDonalds).

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    7. Darte cuenta de que has perdido parte de tu escasa ropa en el último albergue que estuviste. A 500 km de distancia. La única camiseta limpia, por lo general…

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    8. Compartir habitaciones de 18 personas en vez de habitaciones de 10 por ahorrarte 2 míseros euros…

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    9. ¡Gastarte esos 2 euros en cerveza! Y bebértela en un parque, que lo del bar es un capricho…

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    10. Emocionarte el día que el albergue tiene algo más que lonchas de jamón y queso y pan chicloso para desayunar. Y si tiene Nutella ya es el paraíso.

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    11. Comer y cenar con lo que has acumulado del desayuno.

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    12. Decidir cambiar de rumbo en el último momento y perderte por ciudades que no estaban en tu lista inicial pero que fueron una alternativa maravillosa al plan establecido.

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    13. Dormir en una estación de tren con otros desconocidos que son igual de pringados que tú y no han encontrado sitio para dormir esa noche. En mi caso con una advertencia ‘No os podéis mover de esta zona, el panadero os estará vigilando mientras trabaja durante la noche’

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    14. Descubrir que en Europa llueve en agosto. Mucho. Durante muchos días seguidos. 12 para ser exactos.

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    15. No mear ni ducharte en algunos baños por no saber lo puedes coger ahí, y porque en el fondo sabes que es mejor darte un agua, cambiarte la camiseta y tirar p’alante.

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    16. Descojonarte mucho de chorradas y acumular anécdotas. Durante años…

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    17. Esperar. Constantemente. Cada día. Y aprender a llenar los tiempos de espera sin Facebook, sin Whatsapp… Pero si con una grabadora donde íbamos comentando las anécdotas diarias…

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    18. Terminar los últimos días arrastrándote de un lugar a otro al final del viaje porque no puedes más, porque 15 días caminando sin parar con sus 15 noches de marcha han podido contigo

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    19. Pasarte 3 días con la misma ropa y sin ducharte, cuando no parecía algo tan insalubre como lo parece ahora (y conste que lo era, eso no lo cuestiono)…

    20. No poder dormir una noche por ronquidos, risas, voces o incluso folleteos en la literal de al lado…

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    21. Darte cuenta de que el viaje se acaba y de que de nuevo tienes que coger un tren nocturno de vuelta a España, con unos kilos de menos y muchas historias de más, pero con muy pocas ganas.

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    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Carla Potter

    Historiadora del arte e interiorista. Viajar me gusta más que nada en esta vida. Escribo para desahogarme. Me gustan las cosas bonitas, reírme a carcajadas, remolonear en la cama los fines de semana y ver 'Friends' en bucle como si no hubiera un mañana. Instagram: @summer_in_savannah

    

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