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    La faja que casi me mata

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    Hace cosa de 3 años, antes de que el mendrugo con el que llevaba 8 años dicidiese dejarme PARA ESTAR SOLO Y PENSAR (Ilusa de mí, me ponía los cuernos)… yo pesaba 11 kilos más de los que peso ahora. Yo que siempre fui un saco de complejos (y un pelín exagerada) me veía horrible con todo. Así que un buen día en Primark decidí comprarme una señora FAJA. Sí, sucumbí. Además aquí una odia probarse ropa en las tiendas, así que cojo prendas “a la aventura” y me las pruebo en el espejo de mi casa, con mi luz de persona y con espacio para no morir empalada. Total, que allí me cojo mi buena faja talla 46, de esas fajas tipo vestido ultra receñido hasta el medio muslo y con tirantitos y me la llevo para casa.

    Pasaron 3-4 días y me quise plantar un vestido de tubo negro (ole yo) que evidentemente no permitía cenar, respirar ni acumular líquidos en la vejiga más de 10 minutos, (el cual doné a mi querida prima) así que dije: me planto mi faja nueva.

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    El problema ya empezó cuando quise ponerla como una falda: por abajo. Eso no subia ni pa´ Dios. Así que como soy cabezona a más no poder, decidí probar por arriba, dado que de pecho soy bastante normalucha. Me costó que bajara pero BAJÓ. Cuando vi que a los 5 minutos me cortaba la circulación y que no podía doblarme, mi cerebro acabó entendiendo que esa faja no era para mí o que no era de mi talla o que (llamadme loca) el oxígeno es necesario para vivir… vamos, que decidí sacarla.

    ¡Ay amigas! Aquí llegó el drama. Ese invento del demonio evidentemente no salía por abajo (ya que no había entrado, no iba a salir) pero por arriba… Tiré de ella y ya vi que se “engurruñaba” en el pecho, apretándomelo y casi amputándome una teta. Seguí tirando y POR FIN conseguí que pasara el pecho y se quedara en las axilas. Y ahí llego el problema. Se quedó encajada en los sobacos. Imaginad la escena: yo en pelotas, brazos estirados al cielo, faja enganchada en las axilas. DIVA.

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    Entonces tiré de improvisación. Intentar cabecear a ver si eso se movía, doblar los bracitos y los deditos intentando alcanzarla… Luego pasamos a la técnica yoga (intentar sacarlo con los pies) que evidentemente fracasó con todo el equipo y casi me descoyuntó más. Finalmente el plan derivó en tirarme al suelo y hacer el gusano, a ver si frotándome contra la alfombra, sillas y elementos varios aquello salía. ERROR.

    De repente me di cuenta que estaba SOLA en casa. Pero es que para más desesperación yo vivo en una casa de campo, es decir, mis vecinos no están precisamente cerca, estarán a 300-400 metros. Por no hablar de que me parecía la última de las opciones aparecerle a mi vecina de esa guisa. Incluso empecé a plantearme como sería llamar al 061 tecleando con la nariz (dado que con las manos no podía) y contarles la aventura.

    Finalmente conseguí gracias a la ayuda de un ganchito de esos de colgar la ropa que había en la pared, ir tirando de ella poco a poco y luego cagarme en ella y en la madre que parió a Panete. Sí, vale, cuando no veía la luz en el tunel fajil me cayó alguna lágrima de la desesperación, no voy a negarlo. Es que llamar a urgencias porque tu faja te ha atrapado creo que sería una historia digna de contar a mis nietos.

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    Pdt: he comprado otra faja pero de pantalón, que a las malas la corto con la tijera.

    Alba Somoza Gonzalez.

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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