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    Las 10 desventajas de llevar gafas

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    Cuando me dijeron que tenía miopía con diez años me puse a saltar de la alegría, llevaba toda la vida viendo a mi madre con sus gafas de pasta y me parecían lo más de lo más. Escogí una montura rollito Harry Potter y en ese instante comenzó mi relación de amor odio con las gafas, un romance con unas amantes llamadas «lentillas», una crisis llamada «la montura desafortunada de mi adolescencia», y una reconciliación llamada «al fin encontré mis gafas ideales».

    Con el tiempo los cuatro ojos aprendemos que estamos hechos de otra pasta y es que hay un cúmulo de infortunios a los que estamos expuestos los 365 días del año.

    • No sabes si hay niebla o si llevas las gafas llenas de roña.

    La ley universal de los cegatos es que vemos la vida borrosa hasta que nuestra madre nos dice “trae que te limpio las gafas que están hechas un asco”.

    • Entrar en un bar un día de invierno y que las gafas se te empañen.

    Si te las quitas para limpiarlas no ves una mierda y si te las dejas puestas para que se desempañen solas es aún peor, pero en esos segundos te saludará el pivón al que llevas metiendo fichas durante semanas y tú no sabrás quién es así que pasarás de largo.

    • Cuando alguien se prueba nuestras gafas y nos recuerda lo topos que somos.

    «A ver cómo me quedan tus gafas… Joder, no ves una mierda eh.» Hostia, gracias por decírmelo, llevo diez años pensando que la vida real es como el porno y que veo borroso porque no he desbloqueado el nivel HD Premium.

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    • La rutina de belleza pasa de ser un momento de relax a puro caos.

    Estar 20 minutos con la mascarilla puesta tumbada en la cama boca arriba más aburrida que un cactus es un castigo por haber sido muy hija de perra en mi otra vida. Reconozco que más de una vez he intentado ponerme el pote con las gafas puestas pero al final acaba entrando mierdecilla por las ranuras de las gafas y eso no lo limpia ni Dios.

    • Pestañas infinitas + gafas = HORROR

    Es un día normal y tú te maquillas divinamente, te plantas ocho capas de rímmel y las pestañas te llegan hasta el infinito. Todo bien hasta que te pones las gafas y decides pestañear porque se forma una ligera capa negra en el cristal y las pestañas se apelotonan más que la familia de Brad Pitt y Angelina Jolie.

    • Ver una película es una tortura.

    No puedes ponerte de lado porque las gafas se te clavan en partes de la cara que no sabías que existían así que te toca renunciar a la pereza y sentarte para poder disfrutar de la película y no me hagáis hablar del cine en 3D. Mejor dejamos el layering para la ropa porque llevar gafas sobre gafas es lo más ridículo e incómodo del puto mundo.

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    • El deporte es nuestro enemigo número uno.

    Empiezas a sudar más que un cerdo en una matanza y poco a poco las gafas van resbalando por tu nariz. Podría ser peor si hay un balón de por medio porque tu cara se va a transformar en un imán para las hostias.

    • Los días de lluvia nos convertimos en la víctima perfecta para sufrir un atropello.

    Las gotitas de agua se posan en los cristales de tus gafas y vas por la vida sin ver un pijo, los coches te pitan y las señoras mayores se chocan contigo. Si sobrevives a un día de lluvia con gafas da gracias al niño Jesús.

    • Besar a alguien con gafas es como representar una tira cómica.

    Si te limitas a besar la mejilla o el cuello de la otra persona nada tiene porque salir mal, pero como os empecéis a enrollar se masca la tragedia. Prepárate para oír «clac, clac, clac» hasta que decidas mandar las gafas a tomar por culo.

    • El inventor de las gafas no pensó en las mujeres que nos depilamos las piernas con cuchilla en la ducha.

    Con los años aprendemos de memoria nuestra rutina de baño. A pesar de la miopía sabemos perfectamente dónde está nuestro champú y somos capaces de reconocer la esponja por su color, pero cada vez que nos depilamos las piernas en la ducha acaban pasando dos cosas, hay más sangre que en una película de Tarantino y nos dejamos pelos sin quitar.

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    • Acabas perdiendo la funda y el trapito para limpiarlas.

    Los dos primeros días con gafas nuevas llevas la funda y el trapito a juego a todas partes pero reconócelo, siempre acaban en un cajón protegidos por nuestras bragas viejas.

    • Nunca están donde las dejaste.

    Nos volvemos unos reyes del drama cada mañana si no encontramos las gafas en la mesilla y los demás se ríen de nuestra coreografía digna de musical cuando las buscamos. Al final acabamos llamando a nuestra madre porque «a que va ella y las encuentra».

    A pesar de todos esos momentos en los que alguien te ha dicho «seguro que te tocaste mucho de pequeño» y te cagas en tu genética, llevar gafas tiene una gran ventaja, lo mucho que mola ligar con ellas puestas.

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    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Marina Pinilla

    Escribo sobre psicología por amor al arte y a la ciencia, no necesariamente en ese orden. 🗨️ Marinapinillaperez@hotmail.com

    

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