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    Los chicos sí lloran

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    Nada más nacer, nos etiquetan. Azul o rosa. Las chicas, a las que se ha decidido anclar en un mundo rosa, se les enseñará a ser delicadas, a ser maternales y frágiles. Jugarán con muñecas y se comportarán como señoritas.  Y a ellas, su destino les pedirá ser guapas y perfectas. A los niños, elegidos para un mundo azul, también se les dirá cómo comportarse. Para ellos está destinado ser más brutos jugando, Micromachines el día de Reyes y hacer que sueñen con ser fuertes y grandes.

    Para el mundo de rosa, habrá más mimos, más delicadeza y se arroparán los llantos. Para el mundo azul, los abrazos serán menos frecuentes, y los lloriqueos estarán mal vistos. Todo para que aprendan a ser fuertes.

    Las niñas tendrán el “no seas marimacho”, frente al “no seas una nenaza” con el que convivirán los niños.

    Las niñas, frágiles y delicadas. Los niños, grandes y fuertes.

    Pero esas niñas de mundo rosa también son fuertes, se ensucian y sueñan con ser héroes. Y esos niños, de habitaciones azules llenas de coches, también se caen y  lloran. Y sí, deben hacerlo.

    Porque el mundo debe estar lleno de personas que lloren y, a la vez (y también por ello), sean fuertes. Personas que puedan ensuciarse jugando sin miramientos y, a la vez, querer un abrazo. Que las niñas jueguen sin miedo a marcharse y que los niños pidan un beso.

    Porque esos niños y niñas serán hombres y mujeres. Y deben ser fuertes y sensibles. Grandes y que sollozan buscando un abrazo.

    Nos hemos acostumbrado a que los hombres no lloran, se guardan dentro de ellos la rabia, la frustración. Niños, adolescentes y adultos que han crecido y crecen coaccionados para no llorar, para no pedir un abrazo, para no expresar lo que sienten. Para no ser ellos. “Los chicos no lloran”, pero sí, sí lloran. Lloran en silencio. Llanto callado o llanto en soledad. Porque no se les permite de otra forma.

    Algunos hombres me han dicho que, muchas veces, no se han podido expresar como ellos querían porque acto seguido tienen el maricón, el nenaza (sí, el utilizar el “como una niña” da para hablar. Y mucho), el llorica… Y lo esconden bajo aparente indiferencia, frialdad… Así siempre.

    ¿Cómo cambiarlo? ¿Cómo cambiar un mundo que pide que las mujeres seamos frágiles y que los hombres nunca salgan de su coraza, que no decaigan? ¿Cómo lo cambiamos? Siendo nosotros los que cambiemos, que nos mostremos. Que no tengamos miedo de ser como somos. Que digamos a los hombres que estén a nuestro lado que sí, que los chicos también lloran. Que deben hacerlo.

    Hay que mostrarlo al mundo.

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    Y esto pasa en todas las facetas. Nuestros amigos, nuestra pareja, en la calle, compañeros… Y también en la ficción que consumimos. En series, en películas, no estamos acostumbrados a verlo. Pero hace poco, vi un ejemplo de todo lo contrario. De un pequeño cambio que se nos mostraba. Fue en la segunda temporada de Stranger Things. Nos mostró a chicos y chicas valientes, que se enfrentan a monstruos y aventuras. (No entremos a habar sobre la serie en sí, ni tramas, ni personajes femeninos… Ahora pensemos en otro detalle). Valiente y que también son sensibles, que lloran y lo hacen ahí, delante de una cámara, mostrando a ese personaje sintiendo al mundo. (SPOILER) Sobre todo, pienso en un momento concreto. En el último capítulo vemos a Dustin llorar y sufrir. Un adolescente llorando y sensible. Y no, no llora por miedo a un Demogorgon. Ahí se vio lo valiente que es. Llora porque es adolescente, porque está en un baile solo, porque una chica le ha rechazado. Llora como todos lo hemos hecho (Todos hemos sido Dustin). Pero esta vez, esta serie, nos lo muestra. Estoy segura que chicos adolescentes lo han visto y se han identificado con él. A él también le pasa. Ellos también lloran, sólo que no lo pueden decir.

    Y, además de a Dustin, tenemos a Will, con la delicadeza que siempre dicen que le  diferencia de los demás, Bill y al terrible secreto que calla y no lo muestra, no llora; y sí, al gran colega de Dustin esta temporada: Steve, el rey desbancado. A Steve, su chica le ha dejado. A él, el que era el mejor y líder, por Jonathan (sí, el chico sensible y diferente). Y ahí está Steve, él también sufre y también lo pasa mal. Como a todos nos ha pasado. Y nos pasa.

    Porque somos personas. No podemos dividirnos en azul o rosa.

    No podemos olvidarlo. Los niños y niñas que están en este mundo serán los adultos dentro de unos años. Por eso quiero niñas escalando o jugando con muñecas, lo que ellas quieran. Y soñando con ser bomberas, astronautas o bailarinas. Y quiero ver a niños que no tengan miedo a llorar, a jugar al balón, a cantar canciones o a jugar a cocinar. Que sueñen con ser héroes, cocineros o doctores. Da igual. Que no tengan miedo a llorar, a reír, a sentir y a mostrarlo.

    Niños y niñas que sueñen con ser felices. Y los sueños no se dividen en azul ni en rosa.

    Imágenes: Stranger Things – Netflix

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Mireia Clavero

    De pequeña quería ser trapecista. Ahora me lanzo al vacío contando historias. De vocación, cuentista. De corazón, teatrera. Me gusta lo rarito, lo hortera y los chistes malos.

    

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