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    Me gusta ser una zorra

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    El término inglés “bitch” fue durante mucho tiempo una palabra peyorativa, usada para atacar a las mujeres. Podría establecerse una comparación con el término “puta”, palabra que aún hoy en día se sigue usando en castellano de manera despectiva contra aquellas mujeres que “no cumplen con lo que se espera (un hombre espera/la sociedad espera) de ellas”. Pero en los últimos años y desde que el feminismo comenzase a coger más fuerza, la palabra “bitch” les ha hecho un rebota rebota y en tu culo explota a todos los machistas que querían hacer daño a las mujeres desde el lenguaje. El feminismo y otros movimientos que defendían a grupos marginales, sobre todo LGTB, han conseguido despojar la negatividad de este apelativo y convertirlo en la coletilla de moda.

    En nuestro idioma no tenemos casos tan claros de subversión del lenguaje, aunque… no será porque aquí no intentaron hacer algo parecido. En el año 1983, el grupo musical Vulpess (“Vulpes” es una palabra latina que significa “zorra”, como hembra del zorro), revolucionaban España con su canción Me gusta ser una zorra.

    Y es que, sinceramente, ¿a quién no le gusta ser una zorra?

    A mí me gusta ser una zorra porque me encanta hacer lo que yo quiera cuando yo quiera y no hacer lo que no quiero cuando no quiero. En el terreno del amor, ya que la canción arranca por ahí, me gusta probar con unos, con otros, enamorarme de uno, desenamorarme de otro, echarme un follamigo o pasarme una temporada asexual perdida. Y si le tengo que decir a alguien “mira, imbécil, que te den por culo”, se lo digo, porque no me voy a quedar callada cuando alguien quiera aprovecharse de mí o me chantajee con mierdas.

    Me gusta ser una zorra porque no me dejo engañar por nadie, no permito que me tomen el pelo o me hagan de menos por ser mujer. Soy una zorra porque ya me las sé todas y tengo muy buen ojo para detectar a todos aquellos que me tratan como a una presa de caza, y porque me río en la cara de toda la gente que se cree que soy tonta o que me voy a quedar callada cuando me suelten una machirulez.

    Disfruto muchísimo siendo una zorra en el sexo: hablo del tema con total naturalidad, comparto mis problemas y mis preocupaciones con mis amigos, y también mis buenas experiencias. Me gusta aprender sobre el tema, y no tengo miedo a probar cosas nuevas. Me masturbo, sé lo que me gusta, y se lo digo a mis parejas, del mismo modo que me intereso por lo que le gusta a ellos y trato de complacerles.

    Estoy hecha toda una zorra porque estoy orgullosa de mi cuerpo y me gusta lucirlo. Me he hecho fotos desnuda, he mandado fotos desnuda, he subido a las redes sociales fotos desnuda. Y lo peor de todo, sin necesidad de “ir provocando”, solo por el puro gusto de ver y compartir mi cuerpazo.

    Y, sobre todo, me encanta ser una zorra cuando soy una egoísta. Cuando me pongo a mí antes que a los demás, cuando miro por mis intereses y lucho por lo que quiero para mí. Cuando paso de amistades tóxicas y les digo “byeeeeeeeeeeee” a todos los que intentan hundirme.

    Sé que mi intento por revalorizar el término “zorra” caerá en saco roto, pero me quedo más tranquila si cada vez que os insulten, antes de disgustaros, os paráis a pensar por qué lo están haciendo, si porque habéis sido realmente más malas que el veneno o porque habéis sido unas auténticas zorras.

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    ¡Vivan las zorras! 

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    Soy gorda por parte de padre, de madre, de abuela materna y de abuela paterna. Ha habido cocidos completos que me han hecho más feliz que muchas personas. Autora de "Perra de Satán, kilo arriba, kilo abajo", novela en la que cuento mi relación de amor con la tarta de tres chocolates.

    

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