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  • Querido diario

    Estoy hasta el toto de ser la amiga psicóloga

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    Amiga psicóloga: dícese de la pringada que siempre está ahí para escuchar las movidas de la peña porque da unos consejos muy cojonudos pero que cuando necesita que escuchen sus rayadas se queda con una mano delante y otra detrás.

    Esa soy yo. La amiga psicóloga o la pringada de turno, no sé muy bien como definirlo, pero lo que si tengo claro es que –como diría la Pantoja– hoy quiero confesarme… Estoy hasta el santo coño.

    Mira, si quieres psicoterapia para contar tus dramas dímelo, que yo te digo precios y te escucho de buena gana, pero no me vengas con milongas de que soy una super amiga de la hostia porque NO SOMOS AMIGOS, soy tu psicóloga by the face. El problema es que yo lo permito porque doy la mano y me cogen el brazo, y a lo mejor tendría que echar más picardía a la vida y ponerme a buscar a médicos que alardeen de ello en su biografía de Instagram porque así me ahorraría unos meses de espera y un par de quebraderos de cabeza cuando me encuentre un lunar nuevo, pero no me sale porque soy decente.

    Eso sí, no os confundáis, que a mí me viene cualquier amigo jodido y si nos tenemos que pasar la noche entera hablando de sus movidas cerveza en mano pues lo hacemos, y si se pasa un mes contándome únicamente sus dramas con el novio me parece FENOMENAL, porque por muy pánfila que parezca sé diferenciar a la gente geta de la gente que está pasando una mala racha y necesita desahogarse 24/7. Eso es lo curioso de los amigos psicólogos, que vemos venir el percal a lo lejos pero la hostia nos la llevamos igualmente. El problema lo tienen esos personajes que se quedaron a medio camino entre el Neandertal y el Homo sapiens, que SOLO te hablan para contarte sus rayadas y ya puedes decirles que te has caído por las escaleras y te has roto el brazo porque ni de coña se van a interesar por ti.

    Lo bueno es que se les ve el plumero muy rápido. Al principio van de súper amigos de la muerte, como ese ligue en Tinder que te decía que eras la mujer de su vida pero que se fue a Moscú dejándote con la sopa fría y el coño inquieto. Fingen cierta preocupación, se interesan por tus gustos y te piropean un poquito porque habéis congeniado de putísima madre, pero al par de semanas empiezan a asomar la patita por debajo de la puerta. Se nota a kilómetros que son más egoístas que Ross Geller -lo cual ya es mucho decir-, y pintan su vida como un cúmulo de personas malísimas y casualidades desafortunadas. En cambio, ellos son la crème de la crème. Buenos, divertidos, inteligentes y carismáticos, y tú te preguntas “joder, tan maravilloso no será si tiene que contarle sus movidas a una persona que acaba de conocer”. AHÍ ESTÁ LA CUESTIÓN. No tienen amigos porque han acabado huyendo, no tienen pareja porque salir con ellos roza la tortura y hasta su familia está hasta el nabo.

    Pese a todo, los diez primeros dramas te tocan la patata. Pones cara de circunstancias mientras te cuenta lo malo que es el mundo con él y le das tus mejores consejos, que le sirven durante un par de días hasta que alguna nueva fatalidad acontece en su vida. Tú le preguntas qué tal y te contesta un párrafo eterno, pero jamás encontrarás un “¿y tú?” en la conversación. Haz la prueba e invéntate una fatalidad terrible para ver si reacciona porque será cómo quien oye llover, que ni siente ni padece ante las circunstancias de los demás. Es solo “yo, yo y yo”, “mis dramas, el mundo es malo, qué mal lo paso, qué mal me tratan y yo”. Y tú y yo y nosotros, que de buenos somos tontos, aguantamos hasta que el camino se bifurca en dos: o bien le cantas las cuarenta y entras automáticamente en la lista de villanos que han pasado por su vida sin pena ni gloria o bien se le solucionan sus problemas milagrosamente y hace chas y se aleja de tu lado forever and ever. Miremos el lado positivo y es que sea como sea acaba desapareciendo de tu vida, porque no nos engañemos, bastante tenemos con aguantar nuestros propios dramas como para cargar sobre nuestros hombros con los problemas de los gilipollas que pululan por el mundo.

    Los milagritos a Lourdes, las urgencias al hospital y los problemas al psicólogo (pero pagando, que para eso he estudiado la carrera).

    @ManriMandarina

    Imagen de portada: Cómo conocí a vuestra madre

    Gifs: Blancabrona

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Marina Pinilla

    Psicóloga por amor al arte y a la ciencia, no necesariamente en ese orden. 🗨️ [email protected]

    

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