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  • Querido diario

    Los gordos, más que una dieta, necesitamos sanar el alma

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    Desde que tengo uso de razón he tenido sobrepeso, tanto es así, que he llegado a sospechar que quizás en el único momento diferente, fue al nacer. Fui una bebé prematura de ocho meses y dos hermosos kilos y medio.

    La familia de mi papá es una familia de macro obesos. Quien no está brutalmente gordo, ha luchado incesantemente con su genética para estar en su peso, pues cabe recalcar que otras de las grandes herencias han sido el buen apetito, el amor a la comida y las fiestas, y un gran libro lleno de deliciosas recetas.

    Uno pensaría que en una casa llenas de bypass gástricos, reemplazos de cadera y pretextos para comer, hubieran ya normalizado la obesidad, o aprendido a erradicarla, pero ni una, ni otra.

    Cuando eres una niña, no estás segura de qué pasa, pero sabes que algo anda mal. A tu mamá le toma trabajo encontrar ropa de tu talla (recalquemos que esta es una niñez de los noventa), y cerca de los nueve años, olvídate ya de la ropa para niños, que de esas para ti no hay.

    La primera vez que hice dieta fue a los once años. Me agarró un poco de sorpresa, tanto como el ritual de depilarse el bigote. Son esas cosas que no sabías que estaban ahí, pero ahora que alguien lo ha señalado no puedes dejar de verlas.

    La verdad es que si a mi me preguntan, el peor momento es la adolescencia, tus amigas usan bikinis, la misma ropa pequeña llena de colores brillantes, tienen los primeros coqueteos y relaciones casi infantiles, pero tu sabes que de esas para ti no hay. Te vuelves ajena, y en todo ese tiempo tus pares no son tus pares, porque no entiendes nada de sus experiencias. Y en ese momento se acerca una voz adulta, que con la mejor intención clava una idea de la que nunca sabes si te podrás deshacer: “Si bajaras de peso, podrías tener eso y más.”.

    A falta de la ilusión de novios, faldas y besos, te regalan una nueva, “la felicidad sólo está a unos kilos de distancia”, y el problema con las ilusiones, es cuan llenas de desilusiones están.

    Entonces amigos, es así como empiezan los juegos del hambre, que tiene entre mis pruebas favoritas los comentarios no solicitados, ese que escuchaste fue solo el primero, prepárate a escuchar a extraños a hablar del tamaño de tu culo, de lo triste que es que tu hermosa cara este acompañada de ESE cuerpo, de cómo no puede ser que no tengas un poquito de voluntad.

    Discúlpenme que sea directa, pero nadie sabe más de voluntad y sacrificio que un gordo,  muchos no hemos logrado llegar a sus estándares, ni sabremos si será así, pero DIOS MIO, no conozco un solo gordo que no lo haya intentado.

    La realidad es que a veces ya no puedes más, te sientes cansado, triste, derrotado, y te sientes culpable, y te quejas y lloras, pero esto es tu culpa, ¿COMPASIÓN?, de esa para ti no hay, tú hiciste esto.

    Pero no se preocupen, no somos víctimas, al menos no las suyas.

    Para todo gordo el verdadero reto será dejar de ser su peor enemigo, cuestionarse todas esas cosas que alguien más te dijo y que ya crees como verdades, romper la idea de que la vida daría una vida de 360 ° sin esos kilos de más, recuperar tu valor como persona, aprender que lo que cuenta es lo de adentro, pero también lo de fuera. Que aunque nunca lo has creído te mereces todo eso que deseas, que aunque quieras bajar de peso, eso no significa que quien eres ahora está mal

    ¿Y los kilos? Los kilos son cosa fácil a comparación de lo demás.

    Rosa María Pérez Patrón

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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