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  • Querido diario

    Me encantan mis tetas, pero siempre me han traído problemas

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    ¡Ay, las tetas! Eternas fuentes de placer y fantasías, igual que de dolores de espalda y complejos, muchos complejos.

    Por suerte, yo a mis tetas las quiero y las mimo (cuando las llamo “monstruos” es porque son enooooormes, no porque sean feas), aunque desde bien pequeñita hemos tenido una relación de amor-odio.

    Yo fui una niña muy prematura. Tanto en desarrollo psicológico (de esto quizás hablo otro día) como físico. Y me refiero a prematura de verdad. Con cinco-seis años se me empezaron a marcar las tetitas (y no por estar gorda, de hecho de pequeña era un espárrago) y con siete empecé con tops y sujetadores para niñas. Con nueve me bajó la regla.

    Los niños son crueles. Con esta afirmación ya podéis imaginar hacia dónde pueden ir los tiros. Y efectivamente, me pasé la primaria muerta de vergüenza y acomplejadísima por ser “la de las tetas grandes”.

    Cuando iba a natación en segundo de primaria, el vestuario era horrible, pues tenía más pecho que muchas niñas de sexto. Si a eso le sumamos que empezaba a tener vello púbico… Vamos que era un show. Cada martes era el centro de atención de niñas y monitoras y al poco tiempo me borré por la angustia que me causaba. Aunque luego hice gimnasia rítmica, que era más de lo mismo. Allí no tenía tanta vergüenza, porque las niñas eran de mi edad y las conocía de siempre, pero por otra parte ellas se propasaban más (la confianza da asco) con sus comentarios.

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    En las clases corrientes, era aún peor. Cuando no llevábamos la bata porque era algún evento o ya terminaba el curso, me pasaba el día con el cuello de la camiseta en la boca, para que así se me levantara hasta arriba y no se viesen las “protuberancias”. A veces, cuando íbamos en manga corta, me sacaba el sujetador en el lavabo y lo guardaba en la mochila, para que no se me vieran los tirantes o se transparentara por detrás. Y supongo que mil y una virguerías que no recuerdo ya, pero que hacían que cada día me sintiese expuesta.

    Porque, como he dicho, los niños son crueles. Y conmigo lo eran. Tuve que soportar que durante años, los niños de mi clase (y a veces de otros cursos) quisieran tocarme las tetas y como corrían más que yo, siempre lo lograban. Especialmente recuerdo un casal de verano, en que un niño se pasó todo el mes de julio tocándomelas, intentando chuparlas y haciendo comentarios. Yo tenía diez años entonces. Con las niñas no sabría decir si era peor, porque no eran tan descaradas, pero se notaban sus miradas y sus cuchicheos. Unos angelitos, vaya. Y no hablemos de cuando me bajó la regla, que fue la noticia más importante del 2005. Quise mantenerlo en secreto, pero ni siquiera los profesores me ayudaban. Me preguntaban delante de todos si ya me había ido a cambiar la compresa en la hora del patio… Y todos mirando y riendo. Qué vergüenza, en serio.

    En secundaria (o la ESO), pasé de ser el bicho raro de las tetas y la regla, a, simplemente, la tetona de primero A. Como ya empezaban a despertar las hormonas, chicos de todos los cursos (de dentro y fuera del colegio) se me insinuaban y me decían todo tipo de obscenidades. Siempre en la intimidad, claro, no fuera a ser que alguien supiera que les gustaba. Por si no ha quedado claro del todo, siempre he estado bastante marginada a causa de mis peculiaridades físicas, así que era algo que se llevaba en secreto.

    Pero, ¿sabéis lo peor de todo? Que ese acoso que recibí en la ESO… me gustó. Porque habían pasado de las burlas a los elogios. Lo que antes les hacía gracia, ahora les gustaba. Yo les gustaba. Así que empecé desde muy jovencita a llevar escotazos que me hacían sentir poderosa. Curiosidad: tengo un lunar en cada pecho, a la misma altura. Si la camiseta tapaba los lunares quería decir que no era suficientemente escotada.

    Cada viernes, salía con mi amiga a rondar por el barrio, evidentemente de punta en blanco (o sea, de escote en blanco) y contábamos entre risas los chicos que me miraban las tetas y nos lanzaban piropos. Supongo que era una forma de sentirme bien conmigo misma. Aunque estuviese totalmente deshumanizada. Porque había dejado de ser yo para ser “la de las tetas grandes”.

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    Empecé con mi actual novio cuando yo tenía catorce y él quince. Tuvimos más de una pelea porque los chicos de nuestro curso siempre le hacían comentarios de “te has cogido una tetona, eh” o le comían la cabeza con gilipolleces como “¿y cómo dejas que lleve esos escotes?” (No vamos a entrar en ese tema, éramos jovencísimos y no sabíamos cómo se llevaba una relación seria). Aun sabiendo que mi novio me quería mucho por lo que era, no dejé de llevar escotes de vértigo en los siguientes años, porque ya me había acostumbrado a que mis tetas fueran mi personalidad, mi marca de identidad.

    Actualmente: Mi talla de sujetador es la 95-F. Tengo las tetas más grandes que nunca, pero yo también estoy más gorda de lo que nunca he estado, así que a ojos de la sociedad no soy un “pibón” como lo era con catorce-quince años (podéis pensar “pero con esa edad una no es un pibón, es una niña…” ay, queridas, si supieseis la de pederastas encubiertos que me he encontrado…).

    Ahora me ven como una tetona, porque lo soy, pero ya no me miran con esas ansias como hace años. Supongo que las gordas no gustan. De hecho, hace unos días estrené un precioso vestido con bastante escote y noté todas las miradas de asco y desaprobación que me lanzaban por la calle. Me dolió, la verdad. Toda mi vida, por A o por B, he odiado mi cuerpo, y es justamente ahora, cuando estoy gorda, cuando se supone que más debería odiarme (eso no lo digo yo, eh), que es cuando me doy cuenta de que me quiero. De que soy guapa y tengo cuerpazo, pero también soy buena persona. Que adoro mi cuerpo, pero no voy a dejar que decida por mí ni que le saque el puesto a mi dignidad, como llevo toda la vida haciendo. Es entonces cuando vienen los desprecios. Porque claro, qué es eso de estar gorda y llevar un vestido de princesa. Qué es eso de no ir tapada hasta arriba, o al menos pidiendo perdón por tener que enseñar tales monstruosidades.

    Así que básicamente, mis “tetapas” han sido:

    1. -Mira, tiene tetas, qué raro, vamos a tocárselas, jiji, jaja, qué asco tiene la regla.
    2. -Joder, qué buena está, me encantaría comerle las tetas. Pero se lo digo en secreto, no sea que se piensen todos que me gusta la friki.
    3. -Mira la gorda que se cree guapa con ese escote, debería darle vergüenza y taparse, que no todo el mundo puede lucir cuerpo tan alegremente.

    Conclusión a la que he llegado: Mis tetas son preciosas y la gente es asquerosa e hipócrita.

    -Lily Bell

    PD: En la siguiente foto, una servidora probándose el vestido que provocó que llegase a casa hecha una mierda:

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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