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Querido diario

Que no, mamá, que no quiero disimular

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A estas alturas del partido, está claro que en esta sociedad se lleva el disimulo y, en ello, las mujeres somos las reinas. Somos las magas, las ilusionistas definitivas.  Como dijo una vez Arquímedes, “dale a una mujer un cinturón, y creará una cintura de avispa donde no la hay” (o algo así). Las fajas-pantalón, los bodies estratégicamente diseñados para ser invisibles, los tangas de tiro alto (prenda que nunca entenderé), los sujetadores push-up que te hacen parecer Pamela Anderson en un abrir y cerrar de ojos… Hay una odisea de artilugios diseñados para que nosotras, las mujeres, obremos nuestra magia con ellos y modifiquemos nuestro cuerpo.

En esto, mi madre es una experta. “Si te pones una parta de arriba ancha (pero no mucho), y una falda lápiz o unos pitillos, pareces más esbelta”,  “ay, con tacones te va a hacer mucho más delgada”, “tranquila, yo te dejo uno de mis bodies para que no se te marque la tripa”, y así una y otra vez.

Al principio de mi adolescencia, como toda chica de quince años, seguía estas reglas como si fueran la biblia, pero luego pasó una cosa que me cambió la vida: La universidad. Cuando me fui de casa, a mis dieciocho añitos, pasé por un época chunga (entendiendo “época chunga” como “depresión y ansiedad”) que me llevaron a pasar de una talla 42, a una 44/46. 20 kilos más. OH.DIOS. MÍO.  Si antes pensaba que estaba gorda, esto era el culmen de la gordura. “Y esto, ¿cómo se disimula?, ¿cómo se hace magia con esto?, ¿cómo puedo no parecer gorda?”, me preguntaba todos los días.

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Pero un día, así, sin más, lo entendí todo. Esto no se disimula, esto es lo que soy. Y no debería sentirme avergonzada por ello. De hecho, ¡qué coño!, ¿por qué no debería exhibirme al mundo? Peso 90 kilos, sé que tengo que cuidarme (que ya veo a los haters acechando la sección de comentarios), pero, ¿por qué tengo que disimular que estoy gorda OBLIGATORIAMENTE? No es como si la gente no lo supiera.

Aquí empezó el drama con el mundo (oh, qué gran novedad).

Primero tuve que trabajar mi confianza porque yo, como cualquier otra, soy mi peor enemiga. Empecé a amar mis curvas y a sentirme lo suficientemente cómoda y segura de mí misma como para enseñarlas (cosa en la que sigo trabajando todos los días). Empecé a comprarme la típica ropa que me encantaba pero que oh, no era para mí: ese vestido ceñido con el escotazo del siglo, ese crop-top que dejaba entrever mis lorcitas post-tetiles, esos mom jeans que “me hacían parecer más ancha de lo que ya era”… En general, verdaderas atrocidades para el cuerpo de una gorda. Pero no solo eso, sino que cogí todas las incómodas fajas (incluso el tanga de tiro alto), sujetadores-corsé y bodies opresores, y los guardé en lo más profundo del cajón de mi ropa interior. See you never, suckers.

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Aun así, el reto real era mi madre. Era como intentar convencer al papa de que a lo mejor Dios no existe, como decirle a Maribel Verdú que no hace falta que enseñe las tetas en todas sus películas. Ella seguía sus normas, su orden vital, y yo era la antisistema suprema. Iba marcando lorzas, llevando combinaciones de ropa que “no eran para mí”, llamando la atención. No paraba de repetirme lo típico: que tenía que marcar más mi figura, que esa ropa me hacía parecer más grande, que por qué no probaba a ponerme algo más… ¿normal? Con lo que no contaba era con que yo ya lo sabía. Sabía del arte del disimulo, pero, simplemente había decidido que eso no era para mí. Lo aceptaba, lo respetaba, pero prefería llevar las tetas por la cintura y una sudadera dos tallas más anchas si eso era lo que realmente me hacía feliz.

Al final, como siempre, el disimulo se reduce a algo que, como casi todo en esta vida, se tiene que respetar, pero no imponer. Nosotras somos las que decidimos si queremos llevar un body negro debajo del vestido, o marcar lorzas all around the world. No es una ley, no es un deber. Es simplemente una preferencia.  Y no sé vosotras, pero yo estoy un poco harta ya de que me eduquen en solo una de las mil posibilidades que hay de vivir, vestir y pensar.

A la mierda ya, señores.

Candela Trejo



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