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  • Querido diario

    Se me da fatal parir

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    Hay dos cosas que se me dan fatal en la vida: conducir y parir. Lo primero hace cinco años que no lo hago. Lo segundo, solo cuatro meses.
    Mi bolsa se rompió la noche de San Juan, mientras intentaba desesperadamente dormir un poco. De repente, como en las pelis, note que un líquido se escurría por mis bragas y le dije a mi chico: “creo que he roto aguas… o me he meado.” Cogimos la maletita y bajamos a la calle a por un taxi. Las contracciones eran cada vez más fuertes y, para cuando entramos en urgencias, lo único que era capaz de hacer al tener una era gritar.
    Me llevaron a ginecología donde confirmaron que no me había meado, me hicieron desnudarme y me pusieron un camisón y UN PAÑAL.
    Como aún no estaba tan dilatada como para ponerme la epidural, me pasaron a una habitación. Andando. En pañales. Gritando de dolor. Entonces la enfermera me miró con sorpresa y me preguntó: “¿es que no fuiste a las clases de preparación al parto? Allí te enseñan a respirar.” Mire, sí, fui a esas clases de mierda pero ahora mismo no llevo los apuntes encima, ¿sabe? ¿Qué me va a hacer? ¿Me va a suspender? ¿Voy a repetir el parto hasta que apruebe? ¿Voy a parir en septiembre?
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    Después de varios gritos e improperios, conseguí que me pusiesen la epidural. Me llevaron a una sala y cuando me presentaron al anestesista solo fui capaz de decirle: “¡¡¡dale caña!!!”
    Oh, sí. La epidural. De repente el hombre que estaba inyectándome un catéter en la espalda se convirtió en Ryan Gosling y yo quería casarme con él y que me anestesiase el resto de mis días. De hecho, creo que se lo llegué a proponer.
    De ahí me llevaron a la sala de dilatación con mi chico, hasta que llegase el momento de empujar. Dormimos algunas horas (bendita medicina moderna) pero de repente noté algo. Volvía el dolor.
    La matrona me explicó que tenía que sentir las contracciones para poder empujar. Me inspeccionó los bajos y confirmó que era hora de empezar con los pujos. “Cuando notes que tienes una contracción, tú empuja como si quisieses… ir al baño”. Señora, tiene la mano metida en mi coño, creo que puede decir “cagar”.
    El problema era que el dolor lo sentía, pero de ombligo para abajo estaba totalmente inmovilizada, por lo que no sabía si empujaba o solo estaba haciendo el idiota.
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    Mi novio se puso a mi lado y me intentó animar. ERROR. Después de dos miradas asesinas y un par de “no me toques” entendió que no era a él a quien quería a mi lado. Quería médicos, joder. Gente con una carrera larguísima y acceso a drogas. Me recuerdo diciendo que no iba a ser capaz, que ideasen un plan B porque yo no lo sabía hacer mejor y ese bebé no tenía pinta de que fuese a salir.
    Y parece que tenía razón, porque finalmente me abrieron de par en par con unos fórceps y me pegaron un buen tajo para poder sacar al pequeño alien que llevaba dentro. Mi diminuto, peludo y perfecto alien.
    Así acabaron 10 horas de pánico, dolor y miedo. Todavía tengo pesadillas y, aun así, estoy convencida de que volveré a pasar por ello. Es como cuando nos rompen el corazón y nos decimos que nunca máis, pero un mes después nos abrimos un perfil en Tinder. Porque sabemos que lo mejor está por llegar. Y, qué coño, porque somos un poco masoquistas.

    Anónimo

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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