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    Cómo terminé con mi follamigo para no salir herida

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    Llevaba seis meses quedando con mi follamigo cuando decidí terminar con él.

    Nos conocimos en Febrero por Tinder y desde la primera cita tuvimos una química súper bestia. Me flipó la manera en la que nos mirábamos a los ojos sin apartar la mirada, su sonrisa entre traviesa y desafiante, la forma en la que a cada rato buscaba rozarme las manos o las piernas. Demás está decir que terminamos esa noche quitándonos los abrigos en mi ascensor, él bajándome la falda apenas cerramos la puerta de mi piso, follando como desesperados en mi salón. Fue una noche increíble.

    A la mañana siguiente, fumándonos un piti asomados en la ventana de mi salón, hablamos sobre lo bien que nos lo habíamos pasado. Recuerdo la conversación palabra a palabra:
    –Ana, pero te acuerdas lo que hablamos antes de conocernos, ¿no?
    –¿El qué?
    –Que yo salgo con más chicas y que, por ahora, no quiero dejar de verlas. Eso no ha cambiado. Me encantaría seguirte viendo, pero no quiero ni engañarte ni hacerte perder tu tiempo: esto es lo que hay. Si te mola, guay.
    –Me molas tú.
    Apagamos los pitis y follamos contra la ventana. Hola, vecinos.

    A partir de ahí empezamos a vernos todas las semanas. A diferencia de todos los follamigos que yo había tenido antes (con los que hablaba de pascuas a ramos y básicamente quedábamos para tomarnos unas birras un par de horas, follar y luego hasta luego, hasta la próxima) él me escribía todas las mañanas para darme los buenos días y me contaba cosas de su vida, de sus amigos, de sus problemas. La sensación de que íbamos construyendo poco a poco una relación de intimidad y que yo era especial estaba ahí; sin embargo, cada vez que yo sentía que lo nuestro era algo más, él desaparecía un par de días o llegaba a casa con una marca de mordisco en algún lugar del cuerpo. Yo no podía reprocharle nada: él había sido sincero desde el día uno y se encargaba de recordármelo constantemente (quizá más de lo que yo hubiese preferido).

    Lo que me enganchó a él, definitivamente, fue el sexo. Nunca en mi vida me había entendido tan bien con alguien a nivel sexual desde la primera vez. Me decía constantemente que nunca había follado de esta manera con nadie, que nadie le ponía más que yo, que cuando se pajeaba siempre era pensando en mí y en lo que quería hacer conmigo. Hicimos cosas que yo jamás había hecho y probablemente no volveré a hacer con nadie, porque él me daba la confianza para atreverme y sentirme segura. Era el sexo más increíble que nadie pudiese imaginar, y de cierta manera me reforzaba el pensamiento de que yo era diferente, especial, por más que no fuésemos nada.  

    Hasta el día que lo vi en un bar con otra chica.

    Nosotros no salíamos de casa jamás: sobrevivíamos los findes juntos gracias a JustEat y Glovo y para ambos era perfecto. Pero aquí estaba él con una chica, de la mano, mirándose como se miran las parejitas enamoradas, él arreglado como jamás se había arreglado para verme a mí, riéndose de una manera íntima que yo jamás le había visto. Cruzamos miradas, le sonreí levantando mi vaso de tubo en un brindis incómodo y le pedí a mis amigos que nos cambiásemos de bar.

    Fue en ese momento que todo me cayó como un balde de agua fría. Yo no lo había pillado engañándome ni nada: lo había pillado haciendo lo que él ya me había dicho que hacía, pero verlo fue hacerlo real. Qué cierto aquel dicho de ojos que no ven, corazón que no siente… y qué mal me sentó verlo haciendo cosas que conmigo no hacía. En mi cabeza él quedaba con otras chicas pero nunca las miraba como me miraba a mí, y no hacía con ellas nada que conmigo no hiciese. En mi cabeza yo era su “relación” prioritaria y yo no me involucraba más para no pillarme, sintiéndome superior, por lo que verlo con ojos de pillado con otra chica me desestabilizó por completo. De pronto ya no me sentí nada: me sentí una distracción, una fuente de buen sexo, una cama cómoda y un lugar en el que pasar las noches aburridas entre semana.

    A los pocos días terminé la relación con él. No le di mayores explicaciones al respecto, porque decirle todo lo que me había dolido verle hubiera sido exponerme al completo y eso a él le hubiese dado un chute de autoestima creyéndose que me había dejado herida. Le mentí y le dije que había conocido a alguien y que íbamos en serio, y que nos teníamos que dejar de ver. Hubiera creído que le afectaría, que me diría que me echaría de menos, que de cierta forma le jodería el fin tan abrupto. Pero nada. Me dijo que lo entendía perfecto y que ojalá me fuese bien con el otro chico. Y nada, nada más.

    Hubiese podido seguir follándomelo: total, nuestra relación era eso, sexo, y estoy convencida de que no volveré a follar con nadie como follaba con él. Pero cuando lo vi con otra chica finalmente pude ver quién era él, quién era yo para él, y cómo eso no iba a cambiar. No sé vosotras con vuestros follamigos, pero lo dejé porque me dejé de sentir especial. O sentirse especial o vivir en la ignorancia, vamos: una de dos. No veo más escenarios. 

    Ana Anónima.

    Fuente de imagen destacada: “No strings attached”, Paramount

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    Imagen de perfil de Loversizers

    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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