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    Follodrama: el camarero pintor

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    Uno de mis follodramas guays para contar fue el que me sucedió cuando tenía 20 años.

    Resulta que yo estaba muy triste. Mucho gente, en serio, mucho. Hay que entenderme. Mi novio, con el que vivía me había dejado por la hermana de su mejor amigo (sí, true love) a la que, OJO AL DATO, conoció a través de la de XBOX que, DIOS, QUE PENA DOY, le regalé yo. Total, con toda la depresión del mundo por verme engañada a través de una videoconsola que me costó la friolera de 300 euros, me puse mis tacones, mi ropa de romper cuello, me maquillé divina de la muerte y me fui con una amiga de fiesta. La típica amiga. Ya sabéis… esa que cree que todos tus problemas se solucionan con un ligero movimiento de brazo… así que, a empinar el codo.

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    Nos fuimos a un bar a beber cerveza como si no hubiese un mañana y, el camarero estaba para pedirle cervezas aunque no fueses a bebértelas. Tremendo. Chicas, chicos, creedme, tremendo. Vi la luz cuando vi que me sonreía. Pensé: ésta es la mía. Que le den por donde amargan los pepinos al idiota que no sabe valorarme. No me voy a enamorar de este tío, pero como me siga al baño, le demuestro lo genial que se me da besar a la gente (sí, joder, con el subidón de la birra… todos creemos que se nos da todo genial).

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    Así que, toda contenta, me levanté de mi asiento y me fui al baño. Le miré. Me miró. Y… OH MY GOD! Me siguió. Entró en el baño y nos besamos con más pasión que en “Cincuenta sombras de Grey”. Me agaché (¡lo estaba dando todo!) y cuando se la comí como 2 minutos me levanté y le dije, si quieres más, estaré en tal sitio. Ya sabes dónde encontrarme. Y me fui. Vaya que si me fui.

    Y… apareció. Normal. ¿Qué tío se resiste a acabar la fiesta sin el menor esfuerzo? Vale, ha sonado súper sexista. Disculpadme. Yo también pierdo el culo cuando me prometen sexo del bueno. Bien, entremos en materia. El chico aparece. Nos damos cuatro besos tontos en la discoteca y me dice de ir a su casa. Y, sí. Fui.

    Cuando llegamos se puso a follarme en mil posturas pero siempre acababa con su dedo metido en mi culo. En serio, qué agobio. No es que sea reacia al sexo anal, es que… era muy pesado. Parecía que lo único que le daba gusto era hurgarme la puerta trasera. En ese momento, con su dedo metido en mi culo y buscando mi orgasmo, (por tratar de sacarle partido), vi en su mesita una libreta con su vida escrita en verso, con números, con dibujos pintados por un niño de cuatro años… y pensé, mira, es padre, qué mono. Y cuando terminamos me dice: mira, mi libreta, apunto mis pensamientos y dibujo cosas estupendas que se me pasan por la cabeza. Era muy chungo. Tenía un culo dibujado con un dedo dentro. ¡LO JURO! Renuncié a una buena ducha y me fui a casa, porque por muy bueno que estuviese, me imaginaba con un tío que dibuja manos metidas dentro de culos y me dio un no sé qué que, qué se yo.

    Laura López

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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