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Follodrama: el sonámbulo y la caca

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Cuenta la leyenda que antes de volverme una loca de los gatos, yo salía con hombres, pero empezaron a pasar cosas raras como la que os voy a contar a continuación, y se me quitaron las ganas de seguir probando.

Conocí a Pedro (nombre ficticio para proteger la identidad del susodicho) el último año de carrera. Por casualidades de la vida nos tocó sentarnos juntos en una optativa, y entre unas cosas y otras, acabamos prestándonos más atención el uno al otro que al libro. Suspendimos la primera convocatoria, pero nos hicimos inseparables.

Cuando acabamos la carrera yo fui a Madrid a hacer unas prácticas, y con el tiempo nos fuimos distanciando. Durante ese año siempre tuve la espinita de lo que podría haber pasado, así que cuando volví en Navidad y me invitaron a la fiesta de un amigo en común de la facultad, no me lo pensé y acepté.

Los astros se alinearon y Pedro fue a la fiesta. Nos dimos un abrazo nada más vernos y acabamos hablando durante toda la noche. La gente se empezó a marchar y yo me negué a quedarme otra vez con la duda, así que me lancé y él me siguió el rollo.

¿Veis cuando os hacéis muchas expectativas pero luego os lleváis un chasco? Eso me pasó. No me gustaba nada como besaba. Parecía un pájaro dando de comer a sus crías. El caso es que llevaba tanto tiempo deseando enrollarme con él que decidí ignorar la ley universal del sexo: si besa mal, follará peor.

Fuimos a su casa y yo no sé si los nervios nos jugaron una mala pasada, pero todo parecía artificial. No había química ni para quitarnos la ropa.

Entre otras lindezas, recuerdo que Pedro confundió mi coño con una pared y su rabo con un clavo, porque estando yo más seca que la mojama, empezó a hacer presión sin lograr meterme ni la punta. Al final consiguió entrar, y me echó el típico polvo quinceañero de 5 minutos a modo conejito Duracell.

Me ofreció quedarme a dormir y como mi casa estaba en la otra punta de la cuidad, acepte. Si me hubiera marchado, habría recordado la noche como aquella en la que se me cayó un mito, pero el destino es muy hijoputa y quería darme una lección.

Él se quedó roquefort al momento, pero yo no lograba dormirme ni contando ovejas. Media hora. Una hora. Una hora y media. Dos horas… Nada, que no me dormía. Y cuando estaba a punto de tirarme por la ventana, Pedro se despertó.

Vi que se incorporaba en la cama, y decidí hacerme la dormida con el rabillo del ojo abierto. Se puso de pie y se quitó los pantalones. Yo pensé: “este quiere echar otro polvo conejero… Por encima de mi cadáver.” Se empezó a quitar los calzoncillos confirmando mi teoría, pero me di cuenta de que tenía el cuerpo muy rígido y la mirada algo perdida.

Oye, ¿qué haces?”, pregunté.

No hubo respuesta.

Hostia, a ver si va a ser sonámbulo…”  Todo empezó a cuadrar en mi mente.

El caso es que mi querido amigo desnudo se puso de cuclillas en su lado de la cama y empezó a oler a mierda.

NO PUEDE SER”, pensé.

El olor a mierda se intensificó. Yo siempre he sido una mujer curiosa, así que me asomé por debajo de la cama para ver si lo que pensaba que estaba pasando era en realidad lo que estaba pasando.

Efectivamente. Pedro acababa de cagar en la alfombra e inmediatamente después se metió en la cama sin limpiarse el culo, como si nada hubiese pasado.

Sobra decir que si de por si me costaba dormir, con el ambientador a mierda, la cosa se complicó aún más.

¿Y yo que hago ahora? ¿Le despierto y le digo que recoja sus cacas? ¿Me piro sin más? ¿Busco en su mesilla bolsas reciclables para tirar la mierda?”

Un sinfín de ideas aparecieron por mi mente, pero escogí la que me pareció más lógica y menos humillante. Cogí mi móvil, puse el número oculto y llamé a Pedro ocultando mis manos debajo de las sábanas. Cuando vi que se despertó, colgué y seguí fingiendo que estaba dormida.

Se ve que el chico olió el pastel y se puso a limpiarlo con toda la calma, como si no fuera la primera vez que pasaba.

Yo no pegué ojo en toda la noche, y aprendí que es mejor no hacerse expectativas con un tío porque es probable que la cague (o que se cague, no sé que es peor).

Autora: La Mierdófoba

 

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