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    Follodrama: un polvo a ciegas y la camisa negra de Juanes

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    De esto que conectas con un tío a través de una app de ligar, y lo haces de forma brutal. Del whatsapp pasamos a las llamadas telefónicas en el mismo día y la intensidad se palpaba en cada palabra. Nos contamos vida y milagros y tardamos unas horas en empezar a cerdear.

    Aunque vivimos en la misma ciudad, se dio la casualidad de que yo estaba pasando unos días con mi familia en Extremadura, así que tuvimos que posponer el encuentro para mi vuelta a la capital y seguir con nuestras conversaciones que dulcificaban la espera.

    Como os comentaba, el feeling era muy bestia. Llevábamos solo unos días hablando y ya parecía que nos conocíamos de toda la vida. Me cautivó con su forma de hablar, su voz grave y sus ideas claras. No sabía a donde me iba a llevar aquello, pero solo pensar en conocerle en persona me hacía el chichi Pepsi Cola. 

    El caso es que los días pasaban y nuestras conversaciones eran cada vez más cochinas. Comenzamos a fantasear con nuestros futuros encuentros y a planear el primero como si de una boda se tratase. Pero no, nada de cosas cursis, nosotros lo que queríamos era un encuentro loco y pasional. Me propuso una locura y acepté.

    Quedamos directamente en mi casa ya que ese fin de semana yo estaba sola. Me llamó cuando se estaba acercando hacia mi casa para que yo pudiera verle por la ventana y comprobar que era él, y que no me había engañado con las fotos. Cuando lo vi bajar la calle se me aceleró el corazón a tope. Primero porque era aún más guapo que en las fotos, y segundo, por la locura que estaba a punto de cometer…

    Llamó al telefonillo y le abrí. Dejé la puerta de casa abierta mientras corrí hacia mi habitación, me arrodillé sobre la cama y me vendé los ojos. Eso fue lo que pactamos. Que yo le esperaría con los ojos cerrados y se la chuparía hasta el orgasmo. Solo entonces, una vez se hubiera corrido, él me quitaría la venda de los ojos.

    Y sí, así lo hicimos.

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    Después me tocó a mi y que él cumpliera su parte del trato. Recuerdo su mirada azul al quitarme la venda y su media sonrisa. Fue extraño y natural a la vez.

    Después de un polvo loco, la cosa se puso moñas. Supongo que liberamos las bestias y nos acomodamos. Me preparó la cena, bebimos vino y charlamos durante horas.

    Hasta aquí todo perfecto. Entonces se me ocurrió sacar mi lado bromista y hacerle un par de coñas sobre la camisa que llevaba. No recuerdo bien, pero creo que le canté ‘La camisa negra’ de Juanes, vamos, una chorrada. Se levantó del sofá, me pegó dos chillidos y se fue de mi casa dando un portazo diciendo que ‘a buenas horas iba una niñata a reírse de él’.

    Os podéis imaginar mi cara. Al día siguiente me escribió para decirme que necesitaba unos días para saber si quería volver a verme. No os creáis que pidió perdón por la escenita ni se justificó. Pretendía que yo suplicase clemencia y le insistiera, pero ya estoy mayorcita para ese tipo de juegos de sometimiento. Le bloqueé y adiós muy buenas.

    Me quedo con la parte tórrida del asunto que aún recuerdo cuando me pongo tontita y que probablemente no volveré a repetir. Que me quiten lo bailao.

    Anónimo.

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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