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    La noche ciega

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    Una noche más buscaba placer. En particular alguien que me proporcionase uno o dos orgasmos. Entre toda esa fauna me quedé mirando su perfil sin saber muy bien por qué: Carlos. 40 años.
    A pesar de no ver muy bien su rostro decidí mandarle un guiño. No habrían pasado ni dos minutos cuando me contestó:
    -Hola, me llamo Carlos.
    -Me llamo Benjamín y solo busco sexo.
    Lo aclaro porque siempre te encuentras al típico que luego dice que es muy tarde y pretende quedarse a dormir. Detesto las excusas tan poco trabajadas. La siguiente respuesta fue más rápida aún:
    -No te preocupes. Voy y vuelvo en taxi.
     ¿En taxi? Volví a sentir curiosidad.
    -Así que en taxi. ¿Estás muy cachondo, no?
    -Bastante. ¿Fumas?
    -Bastante.
    -¿Hierba?
    -Desde luego.
    -Estupendo.
    -Soy solo activo.
    -No importa- le contesté. – Yo versátil y disfrutón. Me adapto a todo. Soy como un geranio, aguanto desde tierras húmedas hasta pedregales.
    -¡Qué gracioso eres! Pues si quieres pásame dirección y llamo a un taxi. Llego en 15 minutos.
    -Perfecto.
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    Que bien suena. La noche promete. Ojalá folle bien.
    -¿A qué te dedicas? – Me pregunta curioso.
    -¿Qué más da? – Respondo algo seco.
    Siempre que alguien me pregunta eso me dan ganas de contestar:
    -Soy mamporrero
    Sólo para ver la cara que se le queda.
    En este caso me hubiera mandado un emoticono. Vaya usted a saber cual.
    -Soy actor y me llamo Benjamín.
    No suelo decir ni mi nombre, ni mi profesión, ni nada que no tenga que ver con lo que va a pasar dentro de 15 minutos. Sencillamente no me interesa. Pero el tal Carlos se presentaba amable y hablamos de varias cosas mientras esperaba el famoso taxi.
    -Ya estoy cerca. Creo que llego en cinco minutos. Espérame en el portal.
    -Si, claro. Yo también lo prefiero. Así no tienes que tocar el timbre. Tengo vecinos muy cotillas.
    -No es por eso. Es que soy ciego. 
    Tras una larga pausa en la que incluso me mandó un emoticono, contesté :
    -¿Qué? ¿Cómo?
    Podía ser una mala pasada del diccionario pero me dio por preguntar:
    -¿De qué estas ciego?
    -De que va a ser…
    Supuse que se refería a que llevaría fumando, bebiendo o las dos cosas desde las cuatro de la tarde.
    -Este es el típico “hetero curioso” que ha salido de comida con los amigos, ahora está hasta la gorra, se ha puesto cachondo y querrá que le coman el rabo. Por eso dice que está ciego. Así luego se sentirá menos culpable esta noche cuando vuelva a casa con su novia o con su mujer.
    De pronto contestó aclarando la situación:
    – No, no. No estoy ciego de fumar. Es que soy invidente. Ciego.
    Entonces hubo una pausa más larga.
    -Te lo tenía que haber dicho al principio pero pensé que te rayarías. Por eso quería hablar un rato contigo primero y ver cómo eras de personalidad.
    Yo mientras seguía en silencio. Me turba quedarme sin palabras. Sin argumento.
    -No te preocupes. Si quieres le digo al taxista que de la vuelta. No pasa nada. Pero pensé que un actor y alguien como tú no tendría prejuicios.
    Creo que la palabra prejuicios la deje atrás con mi virginidad. Ambas desaparecieron y se hundieron como un petrolero viejo.
    -No tengo prejuicios. No me gusta que digas eso porque no me conoces.
    -Era lo que pretendía hablando contigo.
    -Pues ven a casa. Será mi primera vez con un ciego. Yo soy artista y no tengo esa clase de prejuicios. No voy a rechazarte por eso. Es más, ahora me has despertado mucha más curiosidad. Muchísima. Toda. Es por eso y sólo por eso que estaba en silencio.
    Salí a la calle y justo llegaba el taxi.
    La puerta se abrió y apareció Carlos.
    Echó mano a uno de sus bolsillos y sacó su bastón desplegable. Yo me acerqué y en el momento que tomé contacto físico con él ya sabía que esa noche sería especial.
    Y así fue. Follamos como animales. Me encantaba que me palpara con sus manos descubriendo mi rostro, mi cuerpo, mi sexo….Me besaba como los enamorados y hasta a veces, esa mirada “rota” me parecía brillar. 
    -¿Siempre has sido ciego?
    -Siempre.
    Aquel siempre despertó en mi un sentimiento de ternura infinito.
    -Qué pena entonces que no puedas ver lo bello que eres.
    -Tú también eres muy bello.
    -¿Y cómo puedes saber eso?
    -Porque yo te veo con otros ojos. Por tu voz. Por las cosas que has compartido conmigo los 15 minutos antes de que viniera. Por abrirte. Por demostrar lo que eres y no rechazarme.
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    -No podría haberlo hecho. Por eso te dije que vinieras y ahora no me arrepiento.
    -Espero que nos volvamos a ver – me dijo en tono irónico haciendo chistes sobre la ceguera.
    -Me encantará verte actuar un día. Seguro que eres un gran actor.
    -Eso pretendo.
    -Yo estoy convencido.
    -Gracias.
    -De nada, guapo.
    -Me dijiste que habías hecho teatro. Es que todo esto me ha recordado a una obra de teatro de un autor que me encanta, Buero Vallejo.
    Antes de que yo terminase de hablar, me interrumpió con el título de la misma.
    -En la ardiente oscuridad. Sí, yo hice el personaje de Ignacio.
    -Entonces recordarás ese monólogo final tan bonito con el que concluye la obra- le dije.
    -Por supuesto. Dice así: 
    Y ahora las estrellas brillan en todo su esplendor y los videntes gozan de ese espectáculo maravilloso. Esos mundos lejanísimos están ahí. Tras los cristales. Al alcance de nuestra vista. ¡Si la tuviéramos!

    Benjamín López

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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