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  • Sex & Love

    No eres la persona que yo esperé, pero eres la persona que necesitaba

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    Me dijeron que cuando uno cumple treinta y tantos hay ciertas verdades indiscutibles de la vida:

    • Bajar de peso cuesta MUCHO
    • La opinión del resto nos importa tres pimientos
    • Uno ya tiene claro lo que quiere en la vida y lo que no.

    Y yo pensé que lo tenía claro. Claro clarísimo cristalino. Pero llegaste tú.

    No esperé conocerte como te conocí. No esperé gustarte ni que me gustases. ¿Nos gustamos, acaso, desde el primer día? No esperé que la conversación fluyese como si nos conociésemos de toda la vida, como si nos quisiésemos, ni esperé irme a dormir esa noche con esa sonrisa tarada que nos sale a todos cuando recordamos algo que nos ha hecho tilín. No esperé que a la mañana siguiente aparecieses en mi cabeza, de cuando en cuando, durante momentos aleatorios: preparando el café, tendiendo la cama, Atención, estación en curva. Al salir tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén. Esta es tu parada de metro, según me dijiste ayer.

    Pero cómo puede ser. Si no te pareces en nada a la imagen que yo tengo en mi cabeza de lo que yo quiero. Venga. Chau.

    Pero de chau, nada.

    No esperé encontrarme contigo de cuando en cuando ni que la rapidez de lo nuestro fuese a una velocidad que no tenía nada que ver con mis impulsos. Esperé, quizá, el hacernos amigos, pero no esperé los chats eternos, ni los chistes privados, ni el decepcionarme un poco cuando alguna mañana no estabas en línea, qué estarás haciendo, dónde andarás. No esperé echarte de menos ni un poquito, ni que al cerrar los ojos ante otros labios de otras gentes, me imaginase que no fuesen ellos sino que fueses tú. Esperé, eso sí, las noches de pelis y sofá en plan colegueo, las despedidas con dos besos, avísame cuando llegues a casa, qué bueno tener un amichi como tú.

    No esperé ese beso.
    No esperé que fuese perfecto, pero lo fue.

    Pero fue lo único, tío, porque por dios, no esperé las discusiones, ni los berrinches, ni las negociaciones un día sí y al otro también. No esperé tener que ceder, ni aguantarme, ni comprender que tú venías de un planeta completamente distinto al mío, con tus manías y tus costumbres. No esperé tener que aprender a sobrellevarlo. No esperé crecer y dejar los egoísmos aparte. No esperé que me provocases tanta rabia y tanta ternura a la vez.

    No eres ni de cerca la persona que esperaba. Si comparo mentalmente todo eso que esperaba con todo eso que eres, no hay una sola coincidencia. Pero, ¿sabes algo? No me imagino con nadie más, y es que he entendido al fin la letra esa de los Rolling, en la que dicen que uno no siempre tiene aquello que quiere, pero que tiene lo que necesita. Porque eres el que me hace reír. El que me aconseja y consuela. A quien quiero mimar, con quien quiero vivir aunque nos queramos matar. Cuya opinión me importa: ¿Cómo no me va a importar? Si es la tuya.

    Me preguntan si contigo veo un futuro. No lo sé, no tengo una bola de cristal. Lo único que sé es que hoy me gusta mandarte whatsapps y preguntarte “¿Qué tal estás?”, deseando que me respondas “bien, pero estaría mejor contigo” y tú deseando que yo conteste “pues vente enseguida, que estoy preparando macarrones”.

    Y coger kilos y alegría juntos, porque la única verdad indiscutible de los treinta y tantos es que bajar de peso cuesta MUCHO.

    Pero no hay ninguna otra certeza más.

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Mariella Villanueva

    (Lima, 1980) Escribo porque me permite abrir una puerta o cerrarla para siempre. Escribo porque es más barato que ir al psiquiatra. Escribo porque no sé, y quiero saber. Escribo para perder los escrúpulos y gritar cosas que yo nunca gritaría. Escribo porque cuando escribo miento y cuando miento, digo la verdad. Escribo porque escribir es una forma de nostalgia. Escribo porque no sé hacer nada más.

    

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