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  • Sex & Love

    ¡Qué suerte tengo, que soy una tía supermadura!

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    Apenas llevo unas pocas semanas en mi nuevo trabajo. Somos un equipo de gente joven, con menos de treinta años la mayoría, y la verdad es que una de las cosas que más me ha gustado de empezar a trabajar aquí es el buen ambiente que hay. Además, me he sentido muy acogida desde el principio por el resto de mis compañeros.

    En mi nuevo equipo hay seis chicos, y claro, una es humana, y sin querer, se fija en sus compañeros. Además, tengo que decir que son preciosos e ideales. TODOS. Es un trabajo de publicidad y comunicación, así que todos tienen unos looks bastante modernos y van al trabajo hechos un pincel. Reconozco que el primer día me sentí un poco “inferior” porque yo me presenté con unos vaqueros y una camisa, que aunque era muy mona, pues no tenía nada de especial, pero ese es otro tema. La cosa es que en esta oficina somos todos guapísimos (me incluyo, que yo no seré tan moderna, pero también tengo lo mío) y eso ayuda bastante a que se te vayan todavía más los ojitos mientras trabajas.

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    Después de mi primera semana yo ya había elegido a mi compañero favorito. No solo es guapísimo (tiene unos ojazos que es que me muero cada vez que hablamos), sino que además es supercercano y muy atento y amable. Más de un día he salido de la ofi con el chirri derretío, un poco por estar todo el rato sentada en una silla mullidita, que se genera bien de sudor, y otro poco porque este chico cada día me gustaba más. Pero soy una mujer adulta y pienso como tal: llegar a un trabajo nuevo y enrollarte con un compañero nada más empezar no me parece la mejor carta de presentación. ¡Pero la atracción era tan real e inevitable…!

    Empecé a plantearme muy seriamente tirarle un poquito la caña a ver qué pasaba. Los sábados (sí, los sábados, porque mi trabajo mola pero trabajamos de lunes a sábado…) ellos tienen por costumbre tomar unas cervezas y copas después del trabajo y yo podía aprovechar uno de estos momentos informales fuera del trabajo para tantear al chaval.

    Sin embargo, la suerte quiso que el viernes anterior al primer sábado que yo pensaba unirme a ellos, me cruzase con mi compañero sexy por la calle y… me presentase a su novia. Total, que no quise perder más el tiempo y me dije: “pues mira hija, se acabó. La vida es así, no pasa nada, ya vendrá otro. Cero líos, y menos en un trabajo nuevo que te encanta.”

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    Pero el sábado salimos a tomar esas cervezas. Y él seguía estando supercercano y superamable conmigo. Al principio dudaba de si su personalidad sería así y ese sería su comportamiento normal con todo el mundo, pero según avanzaba la tarde yo veía cada vez más claro que él solo se comportaba así conmigo. Que solo hablaba conmigo, que me abrazaba a mí, y que solo a mí me pedía hacer vídeos chorras para su Instagram Stories.

    No lo podía evitar: su novia no se me quitaba de la cabeza. No me gusta mucho meterme en esos berenjenales y aunque yo no sería la que estaría actuando fatal en el caso de que llegase a pasar algo, me engañaría a mí misma si me dijera que su novia no me importaba una mierda y que allá él, que es el que tiene un compromiso. Así que tomé la decisión de no hacer nada. O sea, no tomar la iniciativa en nada e intentar seguir siendo simpática con él pero sin aprovechar cada oportunidad para tocarle un poco el brazo o reírme a carcajadas con sus chistes.

    ¡Decisión supermadura, sí señor! Me sentí muy orgullosa de mí misma por haber podido llegar a esa conclusión. Lo que pasa es que tomar la decisión fue la parte fácil, lo difícil fue aguantar todo lo que pasó después. Porque el tío seguía todo el rato junto a mí y pendiente de mí y haciendo mogollón de coñas y es que yo no podía parar de pensar que claramente él también quería algo conmigo.

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    Pero resistí como la mujer fuerte que soy… hasta el momento de despedirnos. Cuando nos dijimos adiós él me volvió a abrazar y me dio un montón de besos en la mejilla. Yo me tuve que reír (por no llorar, claro) y decirle que parecía una abuela y cuando le fui a devolver el beso (en la mejilla) tuvimos un momento de esos de juro ante Dios Todopoderoso que los dos queríamos besarnos en los labios, pero volví a sacar fuerzas de yo ya no sé dónde y seguí mi camino con mis morros hacia su otra mejilla. Le di un beso y me fui.

    ¡Olé tus cojones, guapa, qué bien lo has hecho! ¡A pesar del alcohol y de las miles de oportunidades has conseguido mantenerte firme en tu decisión para no buscarte marrones, como la tía supermadura que eres! Lo único… es que me fui a casa con el horcate más caliente que la fragua de Vulcano, así que, por muy bien que haya salido todo, no puedo parar de pensar MENUDA MIERDA, JODER.

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    Autora: Ana F. 

    Foto destacada: Amy Schumer para GQ

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    Imagen de perfil de Loversizers

    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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