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  • Sex & Love

    Conocí los verdaderos entresijos del sexo la noche que me acosté con dos personas a la vez

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    Yo, de puertas para afuera soy de faldas hasta las rodillas, de domingos de misa y del misionero como única postura a practicar, pero… de puertas para adentro ya es otra historia. Que sí me subo un poquito el vestido, que si desabrocho tres botones de la camisa, que si unos labios rojos…. Y por qué no, un salto del tigre muy de vez en cuando para animar el cotarro.

    Vamos, que siempre he sido esa chica tímida de mirada perdida con cara de buena, pero que, en realidad, ha roto un plato, dos, la cubertería entera, y, hasta se ha comido la mantelería a bocaos.

    Mis amigas siempre se han creído que soy una maquina sexual y, comparada con ellas, yo también lo creía, hasta que descubrí que hacerlo a cuatro patas o pintarte las uñas mientras haces el pino puente era lo más tradicional del kamasutra.

    Conocí los verdaderos entresijos del sexo el día o la noche que me acosté con dos personas a la vez. Vale, dicho así suena muy fino. Que hice un trío vamos.

    El chico en cuestión, así sin más, apareció una tarde de calurosa de junio cuando, mi ser aburrido y soltero decidió meterse por no sé cuántas veces ya, a esa fatídica aplicación para ligar llamada Tinder. Sabía, por experiencias anteriores, que de ahí solo sacaría engendros rarunos que le huelen los pies, que solo hablan de sí mismos o que son más vírgenes que María, pero… también existe la posibilidad de encontrar uno aparentemente normal, ¿no? Mi vena ingenua se lo creyó durante un mes, pero lo cierto es que lo más normal que hay ahí soy yo y eso que soy más rara que el perro verde del anuncio de Ikea.

    Empezamos mal la presentación, discusión al canto por temas musicales. Lo mejor para una primera toma de contacto. Pasaron los días y dejamos de hablar. Hasta que de repente, la luz rosa de la bombillita de mi móvil se iluminó y pum: apareció su nombre en mi pantalla. Volvimos a empezar de cero, sin discusiones… Un “qué tal estás”, “no soy tan borde”, “me interesa conocerte”, etc. Vamos, lo que debería haberme dicho unos días antes.

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    Poco después de eso, quedamos por primera vez. Me recogió en una rotonda, me subí en su coche, sonaba Carlos Sadness (el motivo por el cual discutimos) y nos bebimos unas cuantas cervezas. Me besó. Le besé. Y pensé, “bien, bonica, bien. La cosa va genial. ¿Qué podría fallar ahora?”, pensé. “Verás, es que, tengo novia.” Mi cara fue un poema y en mi mente empezó a resonar fuertemente “Danger, danger. Sal de ahí cagando ostias.” “Pero tenemos una relación abierta.” “Mierda, otra más, menuda suerte tienes hija mía”, pensé yo. Pero qué coño, me importó un pimiento. La soltera era yo y yo no estaba haciendo nada malo.

    Al día siguiente hablamos. Y al otro. Y al otro. Hasta que no sé cómo ni por qué terminé aceptando una invitación a tomar un par de cervezas una noche cualquiera de julio con él y su novia. Estaba nerviosa, mucho. Y sin quererlo ni beberlo volví a aceptar la propuesta indecente de ir a “un lugar más tranquilo para hablar.”

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    Casi a ciegas me metí en el coche y llegamos a este tipo de hoteles donde el coche se mete por un túnel y de repente apareces en una habitación para ti sola. Si la situación fuera con el hombre de mi vida habría sido hasta bonito, pero… no. ¡Era con una pareja extrañísima que me había cogido como conejillo de indias! Y lo hicimos como conejos, sí. Y me gustó, sí. Y fue mi primera experiencia sexual después de meses y meses de abstinencia. Y ese siete de julio lo recuerdo como si fuera ayer, no por lo extravagante, sino porque coincidió con la fecha de cumpleaños de mi madre. ¡Ay, mamita, si tú supieras…!

    Yo me sentí una jodida reina. Que si besos por aquí, que si caricias por allá, que si vamos a probar cosas nuevas… Yo me dejaba hacer, me dejaba llevar, hasta que perdí la vergüenza y terminé comiéndole la boca (solo la boca) a su novia. No sé cuántas horas estuvimos dale que te pego, pero perdí la noción del tiempo. Cuando cogí el móvil para mirar la hora eran casi las cinco de la mañana, y yo, hice amago de coger mis cosas, en plan: “Me lleváis a casa, ¿no?” Pero no. Lo más raro de la noche no fue el trío en cuestión, fue dormir los tres juntos en una habitación blanca de hotel y abrazados. No pude pegar ojo. Y no por los nervios de la situación sino porque me estaba meando y me daba vergüenza levantarme al baño. Tonta de mí.

    Pero si creíais que la cosa iba a terminar así, la lleváis clara. Lo más extraño y sorprendente sucedió al día siguiente. ¿Polvo mañanero? ¿Desayuno en la cama viendo los dibujitos? ¿Discusiones? ¿Triángulos amorosos?

    Hagan sus apuestas porque esta historia continuará.

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    Sara Olivas

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    Este post está escrito por un colaborador puntual de WeLoversize. Si tienes algo interesante que contarle al mundo, puedes enviarnos tu textos y propuestas a [email protected]

    

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