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  • Vida sana

    Cómo afrontar el principio de una dieta

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    Ponerse a dieta parece tan sencillo como decir “el lunes empiezo”. Pero tiene que haber algo más que la intención para comenzar una dieta con éxito, porque si yo me parase a contar todos los lunes que me he despertado sabiendo que ese día no iba a comer pechugas de pollo rebozadas y con patatas fritas se me acaban muy pronto los dedos de la mano.

    Hace ya cuatro años mi vida dio un giro que yo, en aquel momento, consideré dramático. Eso hizo que también comenzase a engordar dramáticamente. Al principio no quería verlo, luego no sabía cómo pararlo y para cuando quise ponerme de verdad ya era demasiado tarde. Esa subida de peso me había afectado a nivel psicológico y tuve que ponerme en manos de profesionales que me aconsejaron que, debido a mi situación, lo mejor sería un cambio de hábitos, no un régimen.

    Me aferré rápidamente a su consejo porque, en el fondo de mi corazón, no me sentía con fuerzas para llevar una dieta. Me sentía fracasada, sentía que había perdido el control, y otro pequeño fracaso, como podía ser el empezar una dieta con ganas y mandarla a la mierda en menos de una semana, podía acabar en una depresión.

    Casi un año después, y por primera vez en estos cuatro años, me siento preparada. Me he propuesto un objetivo realista, sé lo que tengo que hacer y quiero sacar fuerzas de donde sea para conseguir dar este primer pasito, que si bien no va a solucionar mi problema de sobrepeso, me devolverá la confianza para afrontar mi situación de una manera definitiva.

    strong enough

    El primer día en una dieta es el más sencillo. Lo coges con tantas ganas que hasta disfrutas de tu plato de acelgas y estás tan entretenida pensando en lo bien que lo has hecho que ni te da por pensar en el hambre que tienes. El segundo, simplemente es más de lo mismo. Si lo has hecho un día, lo puedes hacer dos. Pero el tercero se complica: una amiga te llama para salir a tomar un café, y el amable camarero te pone tu café solo con hielo y sacarina con una hermosa galleta. El cuarto día sales de fiesta con tus amigos y casi no te importa pasarte toda la noche a aguas. El quinto te pasas la mañana entera en la calle haciendo papeleos y, cuando por fin puedes parar, lo que menos te apetece es cocinar: te parece mucho más fácil pedirte un pincho de tortilla en un bar cualquiera. Y el sexto ya estás harta y te das cuenta de que te estás engañando a ti misma, de que tienes hambre, y de que estás de mala leche. El séptimo te pesas y descubres que, después de una semana de sacrificios, solo has adelgazado cuatrocientos gramos. ¿Realmente merece la pena?

    No, claro que no merece la pena hacer una dieta a trompicones e intentando meterla en tu vida con calzador. Lo mejor es disfrutar del proceso. Aunque parezca mentira, ahora mismo sí que me creo que se pueda disfrutar de estar a dieta. En vez de pensar en las cosas que voy a tener que dejar de hacer (evita el tapeo, reduce las copas, olvídate de las palomitas en el cine, se acabó el pinchito de media mañana), voy a centrar mi atención y a explotar aquellas que me parecen más atrayentes: probar nuevas recetas, aprovechar el tiempo que dedicaré al deporte para escuchar a mis grupos de música favoritos, cambiar mi rutina (para no caer en el pinchito mañanero fuera de casa), y, lo mejor de todo: AHORRAR.

    raining money

    Para que una dieta tenga éxito, además el esfuerzo que se presupone, ha de conllevar un cambio de vida. Imagina que en vez de una dieta, comienzas un nuevo trabajo. Ese nuevo trabajo traerá consigo los madrugones, un cambio en tus horas de comer, el sacrificio de alguna noche de fiesta… pero también tendrás la oportunidad de aprender cosas nuevas, conocer a otras personas, plantearte nuevas metas y ganar algún dinerillo.

    Del mismo modo que no podrías afrontar un nuevo trabajo manteniendo la rutina que llevabas cuando estabas en paro, o en un trabajo anterior, cuando comienzas una dieta no puedes pretender que todo siga igual. Si todo sigue igual, tu peso también va a seguir igual. Una dieta no es solo un papel lleno de alimentos que parecen de todo menos deliciosos. Una dieta es un nuevo trabajo, y necesitas dedicarle parte de tu tiempo para obtener beneficios. 

    Si estás dispuesto a comenzar una dieta, además de seguir los consejos que el profesional que te supervise te recomiende, yo te sugeriría solamente tres cosas que te ayudarán a motivarte:

    • Cómprate una hucha: la copa que no te vas a tomar, la chocolatina que no te vas a comprar, la pizza que no vas a pedir… cada vez que hagas un pequeño sacrificio mete un poquito de dinero en tu hucha, hucha que absolutamente nadie tiene derecho a tocar y que guardará el dinero de tus caprichos. ¿Qué te parecería poder comprarte un vestido nuevo cada quince días? ¿O estrenar zapatos todos los meses? ¿Y una sesión de spa para relajarte del estrés de tu día a día? Piensa en lo que más te apetezca, elige una fecha en tu calendario y escribe en ella el capricho que te vas a regalar. Como empezar es lo que más cuesta, te recomiendo que al principio abras la hucha cada semana, por ejemplo, aunque tus caprichos tengan que ser más baratos. Yo empezaré con una noche de cine a la semana.
    • Planifica tus comidas: una buena costumbre para llevar con éxito una dieta es la planificación, dejar lo menos posible a la improvisación, y evitar así la tentación. Tómate cinco minutos al día para planificar qué vas a comer mañana. Quizás sería bueno escribirlo en una libreta… “por si se te olvida”. También es una buena manera de que tu dietista/nutricionista lleve un control de lo que estás comiendo.
    • Escoge tu día especial: no creo que exista algo peor para una dieta que la monotonía. Comer todos los días una ensalada, cenar día sí día no pescado blanco… aunque haya mil maneras de preparar una comida y tengamos en favoritos cien páginas de recetas sanas, la vida no puede ir de comer solamente hojas de lechuga. Para que nuestro paladar no se olvide de nuestras comidas favoritas, elige un día a la semana para convertirlo en tu día especial. Ese día (y solo ese día) podrás disfrutar de un fruto prohibido. Por ejemplo, un día a la semana puedes comprarte un helado, desayunar una napolitana o acompañar tu filetito a la plancha con unas patatas fritas. Aunque parezca mentira, este engaño es tan bueno para tu mente como para tu cuerpo. A tu mente la ayudará evitando la ansiedad que puede producir el saber que existen ciertas cosas que tienes que eliminar, y a tu cuerpo le va a recordar que siguen existiendo los alimentos que ha dejado de procesar, para que no se acostumbre a sobrevivir sin “excesitos”, que luego llega tu cumpleaños, te comes un trozo de tarta, y lo almacena directamente por si no le vuelves a dar grasas en otros cinco meses.

    Yo comencé mi dieta ayer. Tengo muy claro lo que quiero y lo que tengo que hacer. Mi hucha va a pagarme unos cuantos masajitos y mi día especial será el lunes, que bastante duro es ya un lunes como para levantarse sabiendo que no voy a poder desayunar un maravilloso cruasán.

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    Sobre el Autor

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    Soy gorda por parte de padre, de madre, de abuela materna y de abuela paterna. Ha habido cocidos completos que me han hecho más feliz que muchas personas. Autora de "Perra de Satán, kilo arriba, kilo abajo", novela en la que cuento mi relación de amor con la tarta de tres chocolates.

    

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