Me acabo de mudar y todavía estoy en ese proceso de conocer a los vecinos. En mi antigua comunidad, siempre fui la vecina “maja”, esa que da la bienvenida con cupcakes a los nuevos residentes y que, si ve tu bolsa de basura en la puerta, la baja sin problema. Incluso llegué a convertirme en el pequeño supermercado del edificio, salvando recetas con sal, huevos o un cartón de leche para el niño que siempre parecía quedarse sin desayunar. Nunca me molestó, al contrario, me encantaba sentir que podía ayudar.

Sin embargo, en mi nueva residencia, las cosas son diferentes. Aquí hay un vecino que, aunque también pide cosas, sus solicitudes no son del todo… comunes. Y eso me tiene un poco desconcertada.
Un vecino con peticiones poco comunes
Vamos a llamarlo Octavio. Es un señor viudo, de unos ochenta años, que vive puerta con puerta conmigo. Desde el primer momento, cuando llegué con mi primera caja de mudanza, me generó mucha ternura. Se interesó por mí y por mi familia, pero de una manera que iba más allá de las típicas preguntas cotillas de vecino curioso. Parecía genuinamente preocupado por nuestro cambio y bienestar.
Octavio, achacado por un sinfín de males que apenas le permiten salir de casa, despertó mi lado más empático. Un día, en un gesto de amabilidad, me ofrecí a hacerle algún recado. Lo que no sabía es que ese pequeño favor sería solo el comienzo. Desde entonces, cada vez que me ve salir a la calle, tiene preparada una lista de peticiones… y, digamos, no son precisamente convencionales.

Velas negras y fotos de desconocidos: lo más extravagante
Una de las primeras veces, además de pedirme agua y su medicación de Sintrom, me pidió una lata de comida para gatos. Como buena amante de los animales, no pude evitar preguntarle por su mascota, ya que aún no había tenido el gusto de conocerla. Spoiler: no tenía gato. Me miró con toda la naturalidad del mundo y me explicó que no quería la comida, solo necesitaba la lata vacía. Decidí no seguir haciendo preguntas.
Poco después, vino con nuevas peticiones, cada cual más peculiar: una piedra lisa y plana, “de la calle, nada comprado”, y un trozo de tela roja. A pesar de mi curiosidad creciente, seguí sin cuestionarlo demasiado… hasta el día en que me pidió un par de velas negras, “de esas que se usan para decorar”. No pude contenerme y le pregunté en tono de broma: “¿Quién decora con velas negras, Octavio? ¿Es usted la bruja Lola?”. Esta vez, el que no quiso contestar fue él.
Por si a alguien le interesa, en Flying Tiger Copenhagen venden velas negras. Lo descubrí porque, sí, terminé comprándoselas. ¿Qué haría con ellas? Prefiero no saberlo.

Me ha pedido cosas de lo más variopintas: una cuerda, un botón de camisa, y hasta una bufanda vieja. “No importa que esté rota, pero tiene que ser de lana”, especificó. Hasta hace poco, pensé que su solicitud más extraña había sido un mapa viejo de la ciudad, algo que conseguí rebuscando en un anticuario.
Pero entonces llegó su petición más surrealista: una foto de un desconocido. Sí, una foto cualquiera de alguien porque “necesitaba una cara distinta”. Ahí es donde tuve que poner el límite. Por primera vez, no fui capaz de cumplir con su encargo. Era demasiado raro, incluso para él. Y sinceramente, el simple hecho de imaginar para qué podría necesitar algo así me puso los pelos de punta. Muy siniestro.
Un misterio encerrado detrás de su puerta
No sé para qué quiere todas esas cosas. Es un hombre extremadamente solitario, de esos a los que nunca ves recibir visitas ni salir más allá de lo estrictamente necesario. Nadie entra ni sale de su casa, y él tampoco parece tener familiares cercanos a los que visite.

Jamás he entrado a su casa, ni él a la mía. Todas nuestras interacciones ocurren en la escalera: conversaciones rápidas, amables, pero siempre dejando una sensación de misterio en el aire. ¿Qué hace con periódicos viejos, piedras lisas y hojas «bonitas»? No puedo evitar pensar que hay algo más detrás de sus peticiones, algo que quizás nunca llegue a entender. La respuesta permanece encerrada detrás de esa puerta que nunca se abre para nadie. Y, sinceramente, parte de mí prefiere que siga siendo un misterio.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.