Me pongo a pensar y supongo que mi historia empezó mucho más antes de lo que creo recordar. Siento que necesito contarla, que necesito compartir todo lo que he vivido y estoy viviendo.

Siempre fui una niña a la que le encantaba comer. Disfrutaba de cada comida, cada plato. A la vez, el médico siempre le decía a mis padres que estaba por encima del peso que me tocaría, pero nada importante. Yo era una niña feliz.

Llegó la adolescencia y todo se complicó. Cambio al instituto, dejar de hacer deporte (que nunca me había gustado), inseguridades y miedos hicieron que empezara a comer más y más. Tres años después me planté en el número más alto que vio mi báscula. Nunca me sentí a gusto con mi cuerpo, pero yo me quería.

Tomé la decisión de ir a una nutricionista por salud: tenía 15 años y toda la vida por delante, y necesitaba un cambio radical.

Con cuatro años de dieta variada y controlada, poco a poco fui bajando de peso. En ese tiempo me quité treinta kilos. No fue nada fácil, pero volví a hacer deporte (y lo más importante, a que me gustara) y tuve mucho apoyo de las personas más importantes para mí. Llegué a bajar muchos kilos y no me sentía bien. Le pedí a la nutricionista algún cambio para terminar de bajar, y, después de perder algunos, ella me dijo que ya estaba, que mi proceso había terminado. Pero yo seguía sin verme ni sentirme bien.

A la vez, ese mismo año empecé mi primera relación seria. Una relación tormentosa, llena de discusiones, reproches y valores no compartidos hicieron aparecer mis mayores monstruos: la obsesión con adelgazar y la ansiedad.

Quería seguir bajando de peso, así que seguía haciendo la dieta estrictamente, pero la ansiedad hacía que en mis momentos de debilidad fuera a la nevera y comiera sin parar. Y luego me sentía infinitamente culpable. Y luego tenía más ansiedad. Y a eso súmale que soy una persona muy exigente conmigo misma.

Nunca pensé en vomitar, nunca se me pasó ni una sola vez por la cabeza. Pero en esos momentos, mi forma de poder compensar todo lo que comía era haciendo deporte. Y era círculo que no tenía salida.

Pasaron los dos años siguientes y yo me acostumbré a vivir así. Una relación que no me hacía feliz, presión en los estudios, mi auto exigencia, comer sin parar y hacer ejercicio para compensar. Me pongo a pensar y recuerdo que me parecía normal, era mi día a día.

Todo esto sólo lo compartía con mi madre, mi gran confidente, mi gran tesoro. Ella me daba consejos, me ayudaba y me daba la seguridad para salir hacia delante y entender que esto sólo era temporal. Poco a poco iba a mejor, dejaba de comer tanto y lo tenía mucho más controlado. Además me adelgacé unos quilos más, pero seguía sin sentirme bien.

Pero un maldito septiembre del 2013 se cruzó en nuestras vidas. Mi madre, la persona más importante de mi vida, tenía cáncer. No podía creerlo. Ella y yo siempre habíamos tenido un vínculo especial, algo mágico, algo que con palabras se queda corto.

Los primeros meses pude seguir más o menos igual. Ella, mi luchadora, hacía que todo fuese fácil. Siempre con una sonrisa, la que me daba la tranquilidad que todo iría bien.

Pero 10 meses después, un maldito (también) 25 de Julio, mi padre me vino a buscar del trabajo y en el coche me dijo lo que yo nunca me había imaginado oír: se había hecho metástasis, y no había cura. Sólo recordándolo puedo sentir como mi cabeza dejó de estar allí, cómo sentía que eso era un sueño y que me iba a despertar, cómo las lágrimas caían y mi corazón se hacía pequeño.

Mi mundo se derrumbó. Y todo se aceleró. Empecé a comer más y más, a hacer más dieta y a hacer más deporte, y algunos días hasta saltarme comidas. No entendía lo que me pasaba, cada día me proponía superarlo, hacer algo, cambiar, y no podía, y me frustraba más.

Sabía que no tenía anorexia (porque comía), ni tampoco bulimia (porque no vomitaba), así que me puse a buscar, y encontré lo que a día de hoy está dejando de ser mi lucha: el trastorno por atracón.

Ahora podía ponerle nombre a lo que me pasaba, pero no podía hacer nada por remediarlo. Mi madre cada vez estaba peor, yo me imaginaba que todo iba bien, que ella podría con todo, que viviría muchos años, y eso hacía que me focalizara y me obsesionara más con los atracones.

Todo el día pensaba en ello. Me empecé a pesar mucho, muchas veces al día. Pensaba que comería o que no, luego tenía atracones y luego pensaba en cuanto ejercicio hacer, y así pasaban los días.

De golpe todo fue a más: aparecieron los atracones nocturnos. Recuerdo levantarme a las tres de la mañana y querer comerme toda la nevera. Sabía que no era hambre, era mi ansiedad que hablaba y pedía a gritos algo, y yo no sabía que más hacer para calmarla. Me engordé ocho kilos.

A la vez, intentaba disfrutar de cada segundo con ella, la única que sabía todo lo que me ocurría, y que me decía que todo iba a pasar. Que yo podría con todo.

Y ella se fue. Y fue el golpe más duro y doloroso que me han dado en mi vida. Pensaba que no podría vivir sin ella, que no podría superarlo, que nada tenía sentido.

Pero poco a poco, como todo en la vida, pasa. Los primeros meses fueron MUY duros. Y decidí hacer el paso más valiente que había dado hasta el momento: pedir ayuda. Se lo conté a mi padre, a mi novio (que apareció en el peor momento, y suerte he tenido con él en todo el proceso) y a algunas de mis amigas. Justamente una de ellas trabaja en un centro donde hay una psicóloga con la creía que me entendería, y así fue y está siendo.

Ella me ha ayudado a entenderme, me ha dado tiempo, espacio, y todo va fluyendo poco a poco. En abril de este año desaparecieron los atracones. No fue por nada y fue por todo. No podría decir cuál es el motivo que hizo que dejara de suceder, y te podría decir las mil razones por las cuales ahora sé que no necesito hacerlo.

Estoy aprendiendo a escucharme y respetarme. A darme la oportunidad de estar mal, y también de estar bien. A entender que necesito quererme.

A veces he pensado que todo venía por la enfermedad de mi madre, y no (aunque hizo que todo fuese a peor). Todo viene porque nunca me he querido. Ni estando gorda, ni estando delgada. Siempre he pensado que podría mejorar, que podría ser como siempre he soñado.

Y ahora, aunque he perdido cuatro kilos y piense que aún me queda alguno, estoy empezando a quererme. Me miro al espejo y me empiezo a ver cosas buenas, y está ocurriendo algo mágico. Todo está empezando a ir mejor.

Hace un par de meses que también me está ayudando una nutricionista. Con ella ha  sido esencial ser sincera, abrirme. Ellas me están ayudando a ver la luz, a entender que no hace falta estar delgada para quererme, y que si yo escucho mi cuerpo y lo que necesito, todo irá bien.

Sé que me queda mucho camino, pero me siento orgullosa de poder decir que he llegado hasta aquí.

Con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos escribo todo esto con un solo motivo: que tú lo leas. Que tu, que estás pasando por lo mismo, sepas que se sale, que se puede, que te lo mereces, que puedes ser feliz. Yo hubiese dado lo que sea por leerlo en mis momentos más duros. Parece que quien está enganchado a los cigarros, por ejemplo, es algo normal, de lo que se puede hablar y no hay problema. Pero de estar enganchado a la comida nadie habla.

Nadie habla de emociones, de sentimientos, de culpa, de ansiedad. Yo he estado todo este tiempo sin contarlo, y aún ahora, hay personas muy importantes para mí que aún no lo saben, y por esto también lo escribo.

Y si tú, que estás al otro lado, estás pasando por esto, pide ayuda. Busca buenos profesionales que te puedan ayudar, y sobre todo, busca apoyo. Cuéntaselo a esas personas que sepas que no te van a juzgar, que te van a escuchar y te van a querer pase lo que pase. Para mí, esta ha sido la clave.

Después de escribir todo esto por primera vez en mi vida, me siento un poco más libre. Y también un poco más valiente. Porque como me dijo mi madre: “Núria, tu puedes, vivimos en el mundo de los valientes”.

Y sobre todo, estés pasando o no por esto, quiérete mucho. Estés con más o menos quilos, mírate al espejo y piensa en lo [email protected] que eres. Sé que si hubiese hecho esto mucho antes quizás no habría pasado por todo esto, pero estoy feliz de estarme dando esta segunda oportunidad.

Porque cuerpo sólo hay uno, y vida también. Y como los momentos malos ya vienen solos, intentemos disfrutar los buenos al máximo. Porque estás aquí y ahora, y te mereces ser feliz.

Núria Garrido.  

@nuria_ngn