Cultura

Casados a primera vista o cómo intentar cambiar a tu pareja

No sé vosotras pero estoy enganchaíta a Casados a Primera Vista desde la primera edición. En la de este año hay varias parejas que me encantan y entre ellas está la de Gabriel y Dámaris. Él es un sevillano que estudió Historia del Arte y ahora tiene un gimnasio, para y por el que vive. Ella es una algecireña muy risueña y amante de los caballos que trabaja como dependienta. Ambos conectaron desde el primer momento y tuvieron una bonita luna de miel en Sicilia.

Desde el primer momento Gabriel dejó clara su obsesión por la comida y la necesidad de comer cada poco tiempo. Dámaris lo respetó desde el principio. Hasta ahí todo perfecto. El problema viene cuando empiezan la convivencia en Sevilla.

Todo fue poner un pie en la capital andaluza y empezar con el tema dieta/gimnasio. Ahí es donde me has fallado, Gabriel. A ver, Dámaris acepta que tu lleves esa vida, que para ti todo gire en torno a mantener tu físico pero no quieras que la de ella sea igual. De hecho, a mí me parece de lo más respetable y valorable tu decisión. Quieres algo y vas a por ello hasta el final pero no quieras que los demás sean igual y mucho menos tu pareja. Porque además de eso va el amor, de respetar lo que tu pareja es/quiere y no buscar cambiarla. Si la chiquilla no se niega a ir al gimnasio, de hecho dice que suele hacerlo. Ella lo que no quiere es comer siempre arroz con atún o pollo. Arroz blanco encima… ¿Hay algo más triste? ¡Échale una mijita de algo, hombre!

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Dámaris comiendo arroz

Va, ahora en serio, que me parece estupendo que el se esfuerce tanto y tenga esa capacidad de sacrificio pero que esa ha sido SU elección. Y precisamente por conllevar ese sacrificio no es algo que se le pueda imponer a nadie, mucho menos a una pareja. Dámaris, que tiene alma gordibuena, no tiene el objetivo de ser una tía fibrosa y ella prefiere disfrutar de la vida con una tapita y una cerveza por delante. El arroz en blanco le amarga, igual que me amargaría a mí, vamos.

Por eso, Gaby, deja que ella le eche unas gambitas al arroz y se coma su tostaíta por las mañanas, que luego va a ir al gimnasio a entrenar un poco, pero sobre todo a estar contigo. No le impongas nada, cariño, que para imponer ya teníamos a nuestras madres.

Marta L. Caro

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