Corría el año 2019 y yo estaba en proceso de separación, inmersa en mi valle de lágrimas. Cuando a mi hijo le tocaba dormir con mi ex-marido, me dedicaba a rumiar sobre mi desdichada existencia mientras devoraba una cena «liviana» a base de proteínas, hortalizas y alimentos generadores de endorfinas -es decir, hamburguesa con patatas, y de postre, media tarrina de helado-. Solía también vaciar una botella de vino y ver películas chorra que no requiriesen atención, dado que era incapaz de concentrarme en algo que no fuese dar vueltas en bucle a mis pensamientos autodestructivos. Mis amigas me animaban a salir, pero yo prefería seguir rebozándome en mi desgracia, cual escarabajo pelotero.
En una de estas noches, mientras me sonaba la nariz y maldecía el matrimonio, observé de reojo como la pantalla de mi móvil se iluminaba con una notificación. El corazón me dio un vuelco cuando deslicé hacia abajo y leí:
- ¿Qué tal, Sara? Sé que hace casi diez años que no hablamos, pero me he enterado de tu separación. Quería saber si estás bien.
Se trataba de Mario, el chico que me hizo suspirar a tiempo completo durante mis años universitarios. Mi eterno “crush” o dicho en lenguaje millenial -no voy a hacerme la moderna ahora- “mi amor platónico”.
Durante toda la carrera fuimos amigos íntimos, amistad que, en ocasiones, se veía aderezada por un sutil coqueteo y espolvoreada con insinuaciones sexuales. Sin embargo, entre nosotros nunca llegó a pasar nada. Después de graduarnos, mantuvimos la amistad durante unos años. Seguimos quedando de vez en cuando, poniéndonos al día con llamadas telefónicas y enviándonos tarjetas de felicitación por nuestros cumpleaños.
Con el transcurrir de la vida, las llamadas se fueron espaciando, los cafés se fueron enfriando y las tarjetas de cumpleaños pasaron de moda. De una manera natural, Mario y yo perdimos el contacto.
Contesté al whatssap, intentando parecer fresca e ingeniosa. Mi respuesta dio lugar a una charla nocturna de horas, cargada de anécdotas, bromas y confidencias.
Le interrogué sobre su vida y me contó que convivía con su pareja. Me sentó como un tiro, pero me repuse. Tampoco tenía yo el chichi para farolillos, me conformaba con recuperar su amistad.
En los días siguientes, se sucedieron un sinfín de conversaciones que cada vez fueron volviéndose más íntimas. Manteníamos auténticas batallas dialécticas, nuestra retórica era como un partido de tenis. Yo le vacilaba, él contraatacaba, yo la rebotaba, él me la devolvía. Me suponían un estímulo a nivel mental, tenía que desplegar toda mi psique para poder mantener el nivel de nuestras charlas cargadas de humor, sarcasmo y sensualidad.
Todo mi alrededor percibió mi cambio, mi ánimo había mejorado notablemente.
Finalmente, Mario propuso quedar. Puso las cartas sobre la mesa y fue claro respecto a lo que quería hacer conmigo. Acepté. En ese momento me apetecía pensar en mí, no en la desconocida novia a la que prefería no poner identidad para no sentir culpa.
Vivimos en ciudades distintas, así que acordamos reservar un hotel en un punto intermedio. Eligió la fecha conforme a una búsqueda que hizo en internet, en la que averiguó que se impartía un curso relacionado con su profesión y fingió inscribirse. Llegó a realizar la falsa ficha de inscripción delante de su novia, para dar credibilidad a su historia. Me hizo saber que yo tendría que llegar sola al hotel y registrarme, pues él no pensaba dar su nombre. Planificaba todo con precisión de cirujano, era extremadamente metódico, controlaba cada detalle para evitar ser cazado. Parecía un profesional en la materia.
Llegó el día. Poco después de llegar al hotel, recibí un mensaje en el que me indicaba que llegaría tarde y que cenase sin él. Primer mazazo. Yo había imaginado que compartiríamos cena, vino y charla dentro de la habitación.
Más tarde de lo acordado, Mario hizo acto de presencia. Apenas cruzamos palabra y ya empezó a devorarme. En mi cabeza, íbamos a pasar una noche especial, no contaba con ese atropello, esa falta de preámbulos. El polvo fue decepcionante. Además, se tomó la licencia de decirme que tenía los pezones raros y que me había imaginado más “fiera” en la cama. Le repliqué con desagrado que me parecía que veía demasiadas películas porno. Me revolvió el pelo entre risas, y me dijo que no me enfadara.
Pero lo peor aún estaba por llegar. Me pidió que me ocultase porque iba a hacer videollamada de buenas noches con su novia. Ojiplática, observé el espectáculo. Se puso el pijama, se metió en la cama y tuve que oír como la llamaba “cari” y le explicaba que se iba a dormir para estar lúcido en el curso. Se despidió con un “Te quiero, mañana dormimos juntitos”. Yo esperaba sentada en la taza del WC, con la puerta entreabierta, asistiendo a tan lamentable representación.
En ese momento me hizo click la cabeza. Me pareció patético él y me parecí patética yo. Así que lo planté, cogí mi coche y me marché.
No comulgo con la infidelidad, me parece una deslealtad, pero puedo llegar a entender que una persona cometa un error, un desliz fortuito del que luego se arrepienta. Lo que me cuesta comprender es que alguien pueda planearlo todo con premeditación y alevosía, al punto de montar una performance teatral. Este affaire me hizo perder durante un tiempo la fe en el ser humano. Asumo que no estoy exenta de culpa, participé de ello y no sé por qué lo hice. Como he explicado al inicio, no es excusa, pero mi estado emocional estaba cogido con pinzas.
Al menos esta historia me sirvió para salir del agujero. Lo siento por la chica que sigue viviendo engañada y no tiene ni idea del miserable con el que comparte su vida, pero, a nivel personal, esta fue mi historia de transición, y a partir de ahí vinieron otras, sin cuernos mediante, mucho más enriquecedoras.

