Ah, ¿que no lo sabías? Pero si me ha faltado salir con una pancarta a la calle para anunciarlo.

¡ME HE REDUCIDO EL PECHO! ¡POR FIN!

Me pasa como cuando me gusta un chico y no puedo evitar sonreír tontamente a la nada sin darme cuenta; y es que no puedo estar más feliz.

Con tanto follón que os he dado hablando de tetas y de los inconvenientes de tenerlas grandes, he decidido que esto no iba a ser menos, y que por supuesto merecíais manteneros informadas de mis aventuras tetiles.

Al principio, como sabéis, todo eran dudas y miedos. Aunque sabía que más que por estética (que también) era por salud física y mental, ¡tomar la decisión de meterme a un quirófano me resultó complicadísimo! El caso es que después de consejos médicos varios, sugerencias de amigos y conocidos, dolores de espalda, de cabeza y problemas estomacales y respiratorios (motivos más que suficientes para plantearse seriamente una reducción), di el paso.

Sé que muchas chicas os estáis planteando esta opción, ya que me escribís preguntándome por mi estado de salud (muchas gracias a todas desde aquí) y porque también, al igual que yo hace unos meses, estáis envueltas en un mar de dudas. Así que con este post quiero, una vez más, ayudaros a despejar cualquier incertidumbre respecto al tema. Es por ello que mi intención es exclusivamente la de comentar el proceso por el que tuve que pasar y paso a día de hoy; por lo que voy a dejar claro que en ningún momento quiero convencer a nadie de nada, porque cada cuerpo es un mundo y porque puede que en mi caso la solución fuera pasar por el quirófano, pero en muchos otros hay otras soluciones antes que ésta tan drástica. Creedme que si hubiera podido perder pecho, por ejemplo, a base de dieta y ejercicio lo habría hecho (lo intenté, pero es que igualmente mi pecho no hacía más que crecer y hacerme la vida imposible).

Venga, empezamos.

Primero una visita al cirujano para evaluar bien el caso

El doctor Francisco Solesio fue el cirujano encargado de todo el procedimiento (un saludo desde aquí, por si me estás leyendo).

Tras comentarle el motivo de mi consulta y profundizar en todos los aspectos por los que había decidido dar el paso, me inspeccionó bien el pecho, me pesó, me midió y me hizo varias preguntas acerca de mi estado de salud en general. Tras comprobar que todos los datos coincidían con los establecidos oficialmente respecto a este tipo de intervenciones, me citó para el gran día: 24 de agosto de 2015.

Cuando me dio la fecha, durante una milésima de segundo mi yo interior, acojonado, gritaba ‘¡NOOOO!‘.

Control médico

No os creáis que a una la operan así como así.

Las semanas posteriores a la primera entrevista con el cirujano tuve que asistir a varias citas médicas para realizarme los siguientes análisis y revisiones:

  • Análisis de sangre (para posterior cita con el anestesista)
  • Mamografía
  • Ecografía (en el pecho)

Dado que los resultados fueron excelentes, el procedimiento seguía en marcha.

24 de Agosto del 2015, el gran día

Miedo, nervios, incertidumbre. Todo desapareció una vez efectuado el ingreso en el hospital.

Minutos antes de bajar al quirófano me duché con un jabón antiséptico y me enjuagué la boca con un preparado especial que las enfermeras me ofrecieron.

Una vez acostada en la camilla y con el gotero puesto, me trasladaron al lugar más frío de la faz de la Tierra en ese momento: el quirófano.

Ya desnuda, el cirujano (más majo que las pesetas) me pintarrajeó unas líneas en el pecho y acto seguido me invitó a tumbarme en la camilla del quirófano.

Mientras el equipo de enfermeras me hablaban y animaban con el proceso (muy cariñosas ellas), el anestesista entró en la sala, me inyectó una cosa fresquita (la anestesia, supongo), y me hizo respirar por una mascarilla. Y hasta aquí puedo escribir porque del resto del procedimiento, como es obvio, no me acuerdo de un pepino.

Cuando me desperté recuerdo que una de las enfermeras me cogió del brazo y me dijo – María, tranquila, ya estás operada -. La verdad es que el trato en todo momento fue estupendo.

Dicen que cuando te despiertas de una anestesia general, los primeros minutos dices tonterías. ¿Sabéis qué contesté yo? Durante la media hora que dura ‘el despertar‘ como lo llaman ellos (los minutos en los que te despiertan de la anestesia y van controlando las constantes vitales) no se me ocurrió otra cosa que decir:

– Tengo hambre.

¿Qué hora es? – Porque está claro que se me hacía tarde para ir a ningún sitio.

¿Dónde está el baño?

Así es amigas. La lógica de preguntar ‘qué tal la operación‘ ya si eso para otro día.

El caso es que cuando me quise dar cuenta ya estaba en la habitación, con mis padres y mi hermana esperándome desde las 8:00 de la mañana hasta las 13:30 de la tarde, que fue lo que duró el procedimiento.

La recuperación

Pasé una noche en el hospital y al día siguiente, tras la revisión del médico, me dieron el alta.

No os creáis que el proceso de recuperación es doloroso, nada que no se pueda soportar con calmantes de por medio. Eso sí, dormí como en mi vida lo había hecho. Durante una semana fui la Bella Durmiente las 24 horas del día. Sólo me levantaba (con ayuda por supuesto, porque la necesité para todo) para comer e ir al baño.

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‘Mamá, 5 horitas más por favor’.

Estos días los llevé lo mejor que pude porque el pecho me impedía hacer casi cualquier cosa (hasta mantener el móvil o un libro en alto me dolía y cansaba).

Los primeros días llevaba una venda hasta que fui a la primera revisión, me pusieron unas tiritas especiales con unas gasitas para evitar roces y el sujetador deportivo.

La cicatriz

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Tras quitar el tejido mamario sobrante, también hay que eliminar la piel necesaria hasta dejar el pecho en el lugar adecuado. Lo mismo pasa con el pezón, que realzan y recortan para dejarlo con un tamaño acorde al del seno.

La cicatriz resultante del proceso se puede ver alrededor de la areola y con forma de T invertida o ancla en el resto del pecho.

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Estoy escribiendo esto aún con el pecho enrollado en gasas, envuelto en el sujetador deportivo que os digo (que por cierto no me quito excepto para ducharme) y todavía sintiéndome algo débil y cansándome cada tres líneas escritas (es lo que tiene un postoperatorio), pero no me arrepiento de nada. Me siento muy feliz, me miro al espejo y soy otra. Me veo más delgada, me noto más ligera (la postura se me ha corregido automáticamente), mis pechos apuntan al cielo, y aunque de momento todavía no me haya dado tiempo a notar más beneficios de la intervención (básicamente porque todavía estoy cicatrizando y me duelen), sé que con el tiempo los notaré.

He pasado de tener una copa H a tener una copa C, y a día de hoy puedo decir que es lo mejor que he hecho en mi vida.

Cuando por fin esté recuperada del todo y pueda hacer vida normal vendré de nuevo a contaros mis batallitas y comentaros qué tal el cambio.

Si aún con esto tenéis alguna duda o necesitáis ayuda para cualquier cosa al respecto, podéis escribirme y poneros en contacto conmigo a través del correo [email protected]