Toda esta historia tan truculenta (muy apropiada para Halloween), empezó cuando en Tinder me salió un tío sin foto pero con una descripción tan maravillosa, que me hizo saltar mi regla de “nada de likes a gente potencialmente turbia”. ¿Qué podía esperar de un señor sin cara? Podía ser un asesino en serie, el frutero de mi barrio, mi primo el del pueblo… Pero oye, me dije “tira palante’” y palante’ que fui.

Al perfil sin cara le debí caer en gracia porque me devolvió el like y empezamos a hablar. Tras la conversación fría e impersonal de “¿Estudias o trabajas?” le pregunté que por qué no ponía su foto.

“Pues verás, es que soy un actor un poquito conocido y me da palo…”

Y obviamente mi curiosidad aumentó por encima de la estratosfera, pero el muchacho no me quiso decir quién era ni por qué era conocido. “Mejor que sea sorpresa…”, y yo me deje engatusar.

Hablamos durante semanas hasta que me dio su WhatsApp (en el que tampoco había una foto de su cara, sino de su mascota). La cosa fluía muy bien así que cuando mis ovarios estaban más hinchados que un globo aerostático le dije de quedar. ACEPTÓ.

Sinceramente yo me esperaba al típico famosillo que ha salido de extra en una película, pero se cree George Clooney, pero no señoras, era un actorazo español conocido como el que más. Y claro, cuando le vi la cara cuadró que me hubiese dicho de quedar en su casa y no en Gran Vía.  

Cenamos muy bien y hablamos de todo, porque el chaval era tan encantador como me lo había imaginado. Fue educado, divertido, inteligente y respetuoso, y a mí se me cayeron las bragas y le besé.

Nos estuvimos besando en el sofá de su casa durante casi una hora, metiéndonos mano inocentemente, pero sin llegar a nada más. Éramos como quinceañeros y yo estaba ya más salida que el pico de una plancha. Él lo debió notar y me llevó a su habitación. Entramos, nos desnudamos mutuamente, y empezamos a darle al tema.

Y en ese momento pasó lo que no quieres que te pase nunca, pero menos con un tío guapo, divertido y que te gusta: no sentí conexión sexual. A lo mejor otra tía en esas mismas circunstancias habría tenido ocho orgasmos, pero yo no sentía nada. Era todo incómodo, raro, malo… Como que íbamos descompensados. Fatal.

Me sentí tan presionada que hice lo que nunca debes hacer: fingí un orgasmo. Jamás de los jamases he fingido correrme, pero me sentí tan presionada con semejante tío entre mis piernas que no pude evitarlo, y creedme, me arrepiento.

Y nada, él terminó, yo merecí una nominación a los Goya, y me fui para mi casa. Seguimos hablando durante un tiempo, pero las cosas se enfriaron bastante. Aun así, cada vez que le veo en la tele o en el cine no puedo evitar dejar que se me escape una sonrisa. Ay… Todo lo que pudo ser y no fue. Incongruencias coñiles.

 

Anónimo