nochevieja amor
Amor & Polvos

De cómo las campanadas me trajeron al amor de mi vida

Me mudé a Alemania hace apenas dos años, amargada por los trabajos precarios y por unos padres empeñados en que me uniese a la empresa familiar. Quería tomar las riendas de mi vida como muchas mujeres de casi treinta sin depender de nadie. No voy a decir que mi adaptación haya sido complicada, tengo amigos, grandes compañeros de trabajo y un país que me encanta todavía por descubrir.

También he vivido mis primeros idilios con los chicos germanos. Que una vez que una se maneja un poco con el idioma todo es más fácil, y aunque no buscaba nada estable en ese momento, sí que he dado con algún vikingo encantador con ganas de conquistarme (y yo a él, para qué nos vamos a engañar).

Conocí a Hans en un bar mientras yo veía con unos amigos un partido de fútbol de la liga española. Suelo pasar siempre bastante desapercibida ya que ni soy despampanante ni voy hiper arreglada, pero el bueno de Hans algo debió ver en mí porque sin darnos cuenta pronto empezamos a hablar como si no fuésemos dos desconocidos. Después de un par de citas de lo más light, cervecita y charla, empecé a pensar que ambos habíamos perdido el interés romántico de nuestra relación, ya que siempre hablábamos más como amigos que como dos seres tonteando.

Llamadme rara, pero llegué a dudar de las intenciones de mi nuevo amigo alemán, quizás acostumbrada a tantísimos chicos que van a saco en esto del ligoteo. El caso es que Hans no era así, ni enviaba mensajes subidos de tono, ni era romántico, ni siquiera intentaba un acercamiento físico conmigo. Yo perdí la esperanza y seguí a lo mío con otros muchachos del lugar, mientras continuaba quedando con él para tomar unas jarras de cerveza y echarnos unas risas de lo más fraternal.

Lo cierto es que jamás le pregunté sobre sus líos de faldas (o de pantalones). Tampoco él mostraba el menor interés en con quién había estado o estaba yo en ese momento. Todo era muy raro en ese sentido, aunque por otro lado me reconfortaba el hecho de poder conocer a chico en un bar y que no fuese a saco a meterme en su cama.

Vale, no voy a mentir, todo esto también llegó a frustrarme en algún momento. Una no es de piedra y Hans digamos que es… todo un teutón. No soy de esas que va por la vida refrotándose con sus amigos, pero con él era diferente. El enigma de cómo o por qué se había acercado a hablarme el primer día, el no saber cómo terminaría todo aquello, no conocer muchos de los aspectos de su vida… Él me atraía, y yo ya no sabía si como un amigo o como un hombre que me empotrara.

¿Os lo he dicho ya? Pues sí.

 

El caso es que volé a España para disfrutar de unos días de vacaciones en Navidad. Llevaba sin ver a mi familia, ¿cuánto?, ¿cuatro meses?. Nunca fui una chica navideña. Tampoco puedo decir que odiase con todas mis fueras esta época del año, jamás (al menos desde que soy adulta) se ha despertado en mí ese espíritu de felicidad y emoción durante estas fechas. Pero el hecho de estar fuera tanto tiempo, me hizo entender muchas cosas, y empecé a valorar mucho más el tiempo con los míos.

Regresar a mis calles, poder abrazar a mis amigos, visitar antiguos bares de los que tenían que sacarme a empujones… Era feliz hasta tal punto que pronto tuve la impresión de que mi vida en Alemania era como un sueño que se había quedado en standby mientras yo estaba en España.

Mis amigos españoles estaban al tanto de todas mis novedades y no fueron pocos los que me comían la cabeza con el pobre de Hans. “Ese chico no es amigo tuyo, te quiere empotrar, sutilmente pero empotrar”, “pues yo creo que es gay y solo busca una amiga”, “a lo mejor quiere aprender español de gratis y no se atreve a decírtelo”… Y así un sinfín de perlitas maravillosas que lo único que conseguían era que no dejase de pensar en él ni un solo día.

Llegó Nochebuena y con ella los muchísimos mensajes de felicitación y buenos deseos. En mi Whatsapp se acumulaban saludos desde el otro lado del continente, con fotografías de colegas del curro en el mercado de Navidad bebiendo Glühwein (vino caliente navideño), españoles pasando sus primeras fiestas en Alemania y en general muchas cosas bonitas de gente que me esperaba allí para mi regreso. Sí, de muchos de ellos pero no de todos, porque cuando pude centrarme y repasar los mensajes me di cuenta de que Hans no estaba entre ellos.

Como buena amiga fui yo la que escribí esperando, al menos, una respuesta por su parte. “Frohe Weihnachten, Hans!” (Feliz Navidad!). Así de escueta fui. Dejé el teléfono en mi bolso y continué disfrutando de mi familia intentando desconectar, aunque sí un pelín indignada de que no fuera él el que escribiese primero (lo sé, es una tontería de adolescente, pero qué le voy a hacer).

Ya de madrugada volví a coger el móvil para descubrir que Hans, mi enigmático amigo, no había respondido a mi mensaje. “Este chico es más raro que un perro verde, cuando vuelva a Alemania le van a dar mucho”. Y así pasaron los días, intentando no sacar conclusiones precipitadas y mi yo más catastrófico llegándose a imaginar a un Hans accidentado o vete tú a saber cómo.

Fuera como fuera, y en una de las noches previas a Nochevieja, salí con unas amigas a celebrar lo que nosotras hacemos llamar “la previa”. Vamos, que como en fin de año no hay quien disfrute de la noche, servidoras hacen grupete para salir de fiesta sin multitudes. En pleno apogeo de mi pedo navideño le solté a mi mejor amiga toda mi rallada mental con Hans, y ella que también iba muy fina, me recomendó que sin dudarlo le escribiese otro mensaje en ese mismo momento (¡ideaca!).

Y allí estaba yo, con mis veintimuchos, intentando ir de digna, y redactando en un perfecto español que Hans iba a tener que descifrar:

Mira coleg, m parece muy ml que pases d mi d sta manera, ni respnds a mi mnsaj, con tda la chapa q nos damos mutuament. Pues a mi n m ves más l pelo, q yo los amigs los quiero d los buens.

Y así, como quien no quiere la cosa, a modo de cierre añadí un muy poco sutil:

Joder, t quiero”.

Creo que me pasé los dos siguientes días arrancándome uno a uno cada pelo de mi cabeza. Rezando porque mi magnífica prosa hubiese sido lo suficientemente ilegible como para que Hans no la hubiera entendido. Y es que, para bien o para mal, él no respondía. O al menos no lo hizo hasta pasados unos días en los que pude leer:

Perdona, he estado un poco ocupado, ya te contaré. Nos vemos pronto.

Hans escribiéndome en español un mensaje que parecía sacado de un libro de frases hechas. Tiré la toalla y seguí adelante con mis vacaciones españolas, esto ya no lo arreglaba nadie.

Ya en Nochevieja como novedad ese año decidimos acercarnos a la Puerta del Sol para tomar las uvas. Aquello era un hervidero de gente y de muchísimo ruido, pero no sé por qué en mi cabeza resonaba la nostalgia de aquella canción de Mecano “entre gritos y pitos los españolitos, enormes bajitos, hacemos por una vez algo a la vez”. Sin duda estaba contagiada por el espíritu de la Navidad y ya no había salida.

Para que toda la familia pudiera localizarnos, dimos indicaciones del lugar exacto en el que nos encontrábamos. Y entre cotillón, música y unas copas de champán esperamos a que empezaran las campanadas. En medio de todo el mogollón y el ruido de pronto sentí que mi móvil vibraba, para cuando lo tuve en la mano la llamada ya había terminado… Hans. Mi estómago se retorció y empecé a sentirme terrible. Pero en ese momento era imposible que hablásemos por teléfono así que le envié un mensaje felicitándole el año nuevo y prometiéndole noticias al día siguiente.

Minutos más tarde el móvil volvió a vibrar… Hans. ¿Qué está pasando? Y en el centro de toda mi incertidumbre el carrillón empezó a sonar, ¡había llegado la hora!. En mi cabeza seguía cantando Mecano, y ahora también bailaba Hans, y en mis manos las uvas esperaban para darme toda la suerte del mundo.

Que la quinta es la una, y la sexta es la dos”… De repente, sentí que alguien tocaba mis hombros apoyando sus manos sobre mi, una persona alta sin duda. Me giré indignada y dispuesta a reclamar un poco de espacio personal cuando lo vi… ¡Hans!. Me miró sonriente y chapurreó en un terrible español: “Feliz Año Nuevo, ¡Joder, te quiero!”.

Como comprenderéis, no terminé las uvas, aunque parece que la suerte la he tenido igualmente. Resulta que mi querido alemán no era ni un raro, ni gay, ni tenía objetivo oscuros conmigo, sino que le cuesta lanzarse en esto del amor. Viajó a España asesorado por mis amigos, me encontró en medio de la multitud y desde entonces no nos hemos soltado. Empezamos el año con un beso inesperado y a partir de ese día esta es mi pequeña gran historia.

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