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Dejad de celebrar mierdas porque YO NO SÉ HACER REGALOS

Para la mayoría de la gente el día más feliz de su vida suele ser el día que se casaron, el día que tuvieron un hijo, el día que pisaron por fin Nueva York o el día que conocieron a David Bustamante. Para mí no. Para empezar, no podría elegir solo uno, aunque tengo recuerdos de algunas cosas que para mí fueron tan importantes que nunca las olvidaré. Por ejemplo, el día que mi amiga Lucía propuso en nuestro grupo de amigos que dejásemos de hacernos regalos de cumpleaños, que era un rollo tener que elegir regalo y era mucho mejor celebrarlo solo con chupitos. Por muchos años que pasen sé que jamás olvidaré las palabras de mi amiga porque no podría estar más de acuerdo con ella.

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¿De qué coño sirve hacer regalos en un mundo en el que existe Amazon? Tenemos de todo, y cuando no tenemos algo, lo tenemos realmente fácil para conseguirlo. Sin embargo, hacer regalos parece estar más de moda que nunca. Aunque esos regalos sean un «pongo» más, una puta mierda que pongo aquí porque es que no sé ni donde ponerlo. Y hala. A acumular polvo.

Sí, esta es mi deprimente idea del regalo, no me escondo. Seguramente sea porque tuve una infancia muy difícil en lo que a regalos se refiere. Yo no sé por qué coño me pasé varios cumpleaños y Navidades de mi vida recibiendo por parte de mis abuelas, tías abuelas y otras viejas familiares, regalos como juegos de sábanas, juegos de toallas, juegos de té… ¡Yo me hubiera conformado con un juego de la oca! Pero no. Así que ilusión cero al abrir los paquetes. Me destrozaron tanto el área reciberegalos de mi corazón que llegué a volverme inmune a los presentes.

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Reconozco que después de declararme anti-regalos me pasé varios años de mi vida de lo más feliz y cómoda con mi norma de «no voy a regalar nada a nadie si no quiero hacerlo de verdad». Sin embargo, a mis treinta años, cuando las manías de una ya deberían estar más que fijadas, me encuentro con que yo no sé qué coño estoy haciendo con mi vida pero cada dos por tres me veo metida en un lío de tener que hacerle un regalo a alguien.

Que si una se casa, que si la otra se embaraza, que si ya ha parido, que si esta se va de España y le vamos a hacer un regalo de despedida, que si la otra vuelve repatriada y vamos a hacerle una fiesta sorpresa con regalo de bienvenida, que si estos dos se van a vivir juntos, que si la otra se va a vivir sola, que si un amigo invisible, que si una encontró trabajo, que si la otra encontró a Wally en un puto libro para niños… ¡yo qué sé ya!

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Me da la sensación de que hoy en día cualquier excusa es buena para comprar «un detallito», detallito que a muchas personas les parece de lo más imprescindible porque resulta que hay gente que disfruta haciendo regalos, y siempre saben perfectamente lo que deben regalar. Pero a mí, hacer regalos es algo que me saca totalmente de mis casillas. Me lo tomo como una verdadera putada. No me genera ninguna ilusión, ¡solo me genera ansiedad! Es que si tengo que hacer un regalo por obligación… ¡no sé ni por dónde empezar!

«Regálale algo que le guste». Hostia tía gracias. Si no llega a ser por ti… es que ni se me había pasado por la cabeza regalarle algo que le pudiera gustar. Estaba pensando en llevarle un ramo de cardos secos. «Regálale algo relacionado con sus aficiones» Pues tampoco lo había pensado, gracias. Pensaba comprarle un libro sobre ganchillo porque sé que le flipa el running. «Regálale una experiencia». Pa experiencia, la que me está regalando ella a mí sin saberlo, que estoy a punto de llorar frente a la pantalla del ordenador porque lo único que se me ocurre es googlear «regalos para una amiga» y solo me salen tazas de mierda en las que poder estampar una foto.

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Finalmente, y después de haber gastado más tiempo que dinero, consigo algo que creo que le gustará. Y cuando creo que lo peor ya ha pasado, llega el momento de dárselo. No puedo evitar sentirme ridícula cada vez que entrego un regalo, porque dentro de mí siempre hay una vocecilla hijaputa que dice «bah, no le va a gustar, le tenías que haber comprado otra cosa, mejor». Menos mal que, nos guste o no lo que nos regalan, somos lo suficientemente falsas como para decir «¡ay me encanta, muchas gracias!» (yo, al menos, me he visto muchas veces en esta de sonrisas fingidas. ¡Que me regalaban sábanas con quince años, joder!) aunque estemos pensando «esto va directo al trastero, eso si no lo vuelvo a envolver y se lo coloco a otra amiga en el próximo amigo invisible».

Así que llegados a este punto me entenderéis si os digo que, si ahora mismo me encontrase una lámpara mágica y se me apareciera un genio todopoderoso, mi primer deseo sería que TODO EL MUNDO DEJASE DE CELEBRAR CUALQUIER COSA PARA QUE ME DEJE DE VER YO EN LA OBLIGACIÓN DE COMPRAR REGALOS. Porque yo no digo que no quiera regalar nadie a nada nunca en mi vida, digo que odio a muerte sentir la obligación de regalarle algo a una persona que me importa no cuando a mí me apetezca, sino cuando la situación lo requiera.

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