Y digo rebelión porque prácticamente sufrí un motín (más) por parte de mi cuerpo, y sin tan siquiera sentir los avisos típicos que preceden a estas cosas. No tengo muy claro cómo empezó todo, pero lo cierto es que un día me desperté y mi espejo me informó de que mi pecho había decidido un par de cositas que afectarían de alguna manera a nuestra relación:

  • El divorcio: Yo, que de joven había tenido un entreteto prieto, arrejuntado, con serios problemas para distinguir un pecho de su compañero, de repente BUUM, se separa. Y cuando digo que se separa no quiero decir un poquito, algo que dejara entrar el aire y evitara la gotita de sudor propia de todo canalillo unido, no. Mis tetas ya no se dicen buenos días ni en Navidad.

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  • La restructuración del volumen: porque llamarlo pérdida de peso es mentir se mire del perfil que se mire. Pero lo cierto es que mi cuerpo ha decidido que, pudiendo almacenar grasa en otras zonas, es una chorrada hacerlo en las tetas. Y se han quedado desnutridas, faltas de robustosidad, venidas a menos. Vamos, que mis pedazo de tetas ahora me entran en la mano, y eso en sus mejores días.

Como comprenderéis, la única opción que me quedaba después de esto pasaba por tiendas de ropa interior, tardes luchando en los probadores y una tarjeta de crédito llorando en la cartera. Hasta que apareció la idea: “¿y si paso de llevar sujetador?”.

De la vergüenza de los primeros días, en los que pensaba que todo quisqui se daba cuenta que iba sin sujetador por la calle (con lo mal que está eso de vestir y vivir como a una le dé la gana); juzgándome de guarrilla a mis espaldas, llegó la liberación al darme cuenta que a nadie le importa un pimiento si mis niñas se movían libres o enjauladas.

Bueno, a casi nadie.

Como ya [email protected] sabemos, existe un género de personas a las que yo suelo llamar “aburridos sin vida propia” o “gilipollas”, dependiendo de la prisa que tenga por [email protected] a la mierda, que tienden a meterse más de lo humanamente permisible en la vida de los demás. Pues bien, gracias a estas personas me he encontrado respondiendo a cuestiones que nunca en la vida me hubiera imaginado que tendría que contestar. Aquí os dejo el top 5 de las mejores estupideces escuchadas desde que renuncié al sujetador:

  1. “¿Y no tienes miedo a que se te caiga el pecho?”: miedo le tengo a fin de mes, a un holocausto nuclear o al tribunal de mi tesis, pero a que mi pecho se caiga pues no. Cierto es que no es lo que más me ilusiona en este mundo, pero si tiene que pasar pasará, con o sin sujetador. Hasta donde yo sé, la mayoría de las mujeres usan y han usado sujetador y sus tetas han acabado en el suelo por factores diversos no siempre relacionados con la sujeción que les daban a sus lolas. Así que tranquilidad.
  2. “Es poco profesional y nada elegante”: esta tiene tela. A ver, pensemos las cosas un poquito: ¿qué tiene que ver la sujeción de mis tetas con el desarrollo de mi trabajo? ¿Si un chico va sin calzoncillos un día a trabajar también se lo considera poco profesional? ¿el hecho de no llevar sujetador me incapacita para entender que hay situaciones y contextos distintos? Eso por un lado. En cuanto a que no es nada elegante, me remito a cualquier pasarela del último año en las que se han visto más tetas libres de las que estábamos preparados para presenciar.
  3. “¿Y no te molesta el bamboleo?”: pues mira, si me molestara volvería a usar sujetador. Porque renunciar al sujetador no hace que ya jamás de los jamases pueda volver a usarlo. Y sí, es muy cierto que habrá personas para las que esto sea el gran impedimento a la hora de dejar de llevar sujetador. Entiendo que no todos los tamaños de pecho son igual de cómodos para llevarlas libres. PERO por favor, soy una persona capaz de decidir por sí misma que le parece mejor para ella, y en mi caso no sólo no es molesto, sino que cuando me acostumbré, el que no exista ese bamboleo es tan artificial que llega a resultar molesto.giphy (3)
  4. “¿No te da vergüenza que se te marquen los pezones?”: una de esas cosas imperdonables de mi cuerpo es que tiene pezones. Sé que sería mejor si hubiera nacido con las tetas lisas de la Barbie, pero ya no tiene remedio. No, no me da vergüenza que se me marquen los pezones porque tengo pezones, están ahí y en ocasiones sienten la necesidad de manifestarse. Como los que las chicas con sujetador. Como los de los chicos con sujetador. Como los de los chicos sin sujetador. Como los de los gatos. Como los de todo mamífero. Lo que me daría vergüenza sería avergonzarme de algo tan normal como es un pezón.
  5. “La ropa te queda rara”: esto sólo es cierto a medias. Hay ropa que queda mejor sin sujetador. Pero la que queda rara cuando vas libre de ataduras es porque no está hecha para un cuerpo tal cual, sino con remiendos. Y ese es el auténtico problema.

Pero a pesar de todo esto, lo cierto es que ha sido una gran experiencia. Cuando todos estos cambios en mi cuerpo comenzaron, los complejos llegaron con ellos. Pero conseguí darle la vuelta a la tortilla y, en lugar de deprimirme y sentirme culpable porque mi cuerpo ya no era como 5 años atrás, aprendí a ser más fuerte gracias a ello. Aprendí a querer a esa nueva yo que me mira desde el espejo cada mañana, a comprender que los cambios de mi cuerpo son lo que lo hacen fascinante, y a que nadie me puede quitar eso, por mucho que se empeñen. Esto no quiere decir que todos los días sea igual de fácil hacerle frente a los miedos, ni que esos complejos hayan volado de mi mente para siempre. Simplemente he decidido que ya no son algo importante, algo determinante en mi vida

Así que con o sin sujetador, con o sin tripa, con o sin tacones, con o sin maquillaje, quiérete. Quiérete mucho y quiérete fuerte. Esa es la gran rebelión.

Patricia Olmo