Querido diario

SOS: Ser la única mamá de la pandilla

El reloj biológico se pone en marcha en cualquier momento de tu vida. Casi sin avisar, puedes pasar de aborrecer la idea de tener hijos a desear ser madre cuanto antes. La biología es así, tiene sus propios ciclos y nosotros solo somos un cuerpo en el que llevarlos a cabo.

Así que si eres de esas madres a cuyas amigas todavía no les ha sonado el cuco de la concepción (o directamente es que no le va a sonar), comprenderás perfectamente mis palabras. Porque, amigas, ¡qué complicado es ser la única mamá de la pandilla!

El día que les cuentas a todas que estás embarazada todo es una fiesta, de pronto pasas de ser una más a ser “LA MAMI”. Y seamos sinceras, ese apodo lo mola todo los primeros días, pero cuando la barriga te llega a China, tus tobillos son como dos peces globo y un pequeño ser no deja de patearte la vejiga… que una colega te llame “mami” es peor que un insulto.

Pero es inevitable, y lo quieras o no muchos de los temas de conversación súper trascendentales importantísimos de los que hablan tus amigas pasan a ser pormenores que no logras entender. Y ya no solo eso, sino que tu mayor preocupación, véase si todo irá bien durante el parto, es para ellas una minucia a la que responden “claaaaro mujer, si hoy en día con la epidural no te enteras de nada”.

¡Cómo se nota que ellas no van a expulsar un bebé por la vagina de forma inminente!

Es así, porque en muchas ocasiones aunque traten de empatizar contigo se les va a hacer muy difícil. ¿Cómo entender que ahora estás triste y preocupada cuando en diez minutos eres la diosa de la alegría? Y todo esto si hablamos de la etapa de gestación, porque cuando llega el churumbel la cosa no mejora.

De repente tu peque tiene una decena de tías que juran, perjuran y requetejuran que van a malcriar a la criatura. Pero siento traer malas noticias, solo un bajo porcentaje de esas llamadas tías se mantendrán ahí con vosotros. Suena trágico, lo sé, pero es una realidad como un templo de grande. No preguntéis motivos, pero en toda pandilla habrá quien no se adapte al hecho de que haya un bebé entre vosotras y se las ingenie para desaparecer en cada quedada.

Las primeras veces te martirizas culpándote porque quizás a esa chica, una de tus amigas de toda la vida, le pueda agobiar la presencia de un bebé. Pero pasados los meses cuando ves que las excusas dejan de darse y que directamente omite tus invitaciones, le das viento fresco.

Por no hablar de lo irónico que es mantener una conversación vía chat sobre ropa interior sexy con un sacaleches conectado a los pezones. Evidentemente una amistad no se forja a base de charlas triviales sobre citas y ligoteos, pero al final lentamente vas desconectando y se hace muy complicado seguir el hilo de todo lo que les ocurre a tus amigas.

“No te comenté nada porque sabía que estabas muy liada con el peque”, “salimos de compras pero como dijiste que te agobia ir de tiendas con el carro no te avisamos”, “fuimos de vinos el pasado sábado, no os llamamos porque con el crío imaginamos que no querríais trasnochar”.

Visto el panorama muchas optamos por unirnos a grupos de maternidad surgidos sobre todo de actividades programadas. Yoga con bebés, natación para recién nacidos… Es que una se ve rodeada de otras madres y es como regresar al hogar. Los temas de diálogo son los que realmente quieres escuchar, ellas te entienden cuando hablas de crisis de lactancia y también cuando tu retoño se pone a llorar sin motivo aparente.

Antes de que te des cuenta ya tienes en tu Whatsapp el grupito de “Las mamás de Pilates”, y el quedar con otras chicas y sus churumbeles empieza a ser mejor plan que unas cañitas en una terraza con el frío que hace (a ver si se me va a resfriar el peque).

De vez en cuando miras el móvil y añoras los cotilleos de la pandilla, ¿qué pasa? ¿qué por tener un hijo no me voy a interesar por el último ligue de mi amiga? El problema se focaliza en que hasta ellas mismas dan por hecho que tus prioridades ahora son otras, es como si hubieras subido de golpe diez escalones en la pirámide de la madurez. Así que, en un alarde de valentía, decides proponer una cenita de chicas como las de antaño. Sin hombres, sin bebés, sin pañales y con mucho vino.

Hace más de un año que no te subes a unos taconazos, que no vas a una fiesta y muchísimo menos que tu cuerpo no prueba el alcohol. Así que esa cena de confraternización con la pandilla termina siendo “la noche en la que la mami acabó vomitándole encima a un camarero”. Que cuando al fin amaneces te da hasta vergüenza mirar a la cara a tu retoño, ¿y a este le voy a decir yo que la bebida no es buena?

Por si el remordimiento de conciencia no fuera suficiente, os invito a todas a pasar una resaca cuidando de un crío de quince meses. Fetén. En el culmen del malestar que un bebé se ponga a gritar y a llorar es como visitar el infierno en vida, no digo más.

Y tus colegas felices, porque “¡qué bien verte divertirte como antes!”. Que tú respondes con un guiño-guiño pero realmente lo que estás pensando es en las ganas que tienes de una clase de pilates para poner en su sitio un cuerpo mancillado por unos tacones.

Por lo tanto, optas por un cambio de planes. A partir de ahora animarás a tus colegas a unirse a esto de tener descendencia. Que cuando seáis mayoría veréis cómo cambia el cuento…

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