Casi. Casi. Casi. Sí, pero no. Harta. Muy harta. Más bien hasta el coño.

Estoy cansada de escuchar constantemente la palabra “casi”. Parece que últimamente nada es de nuestro agrado, nada nos gusta del todo y nada es perfecto para nadie. No. Yo creo que lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a tener tanto donde elegir que no nos paramos a mirar los detalles. Estoy hablando de ropa, de trabajos, de situaciones, de relaciones y sobre todo de personas. Hablo de que ahora es tan fácil darle a un corazón verde en Tinder que cuando conocemos a alguien, si algún aspecto no nos resulta cien por cien satisfactorio nos vamos a nuestra app de moda favorita y nos buscamos a otra persona.

Yo debo ser una especie de Diosa del Olimpo porque siempre soy una de las mejores personas que han conocido en su vida, guapa, inteligente, divertida, generosa, sexy, valiente, luchadora y un largo etc. JA.

Según estos atributos debo ser perfecta, o CASI. Porque no, porque a pesar de todas estas palabras tan bonitas al parecer nunca es suficiente.

Después de darle muchas vueltas a la cabeza e intentar entender por qué ocurre esto, por qué me ocurre esto, llego a la conclusión de que vivimos acostumbrados a lo sencillo, a lo fácil, y que nos hacemos popó encima cuando tenemos ante nosotros algo en lo que tenemos que invertir más esfuerzo y tiempo. Nos morimos de miedo cuando no controlamos la situación y en lugar de afrontarla, la cambiamos por otra, y así en bucle y hasta el infinito y más allá.

No nos damos cuenta de la tremenda suerte que tenemos al poder estar tan sumamente conectados, de las barreras que hemos roto y de las posibilidades que esto nos otorga, sin embargo, en lugar de aprovecharlo lo usamos para desconectarnos. Conocemos a tantas personas que nunca llegamos a conocerlas de verdad.

A veces entre tanto barullo damos con alguien que nos llena y por el temor a perder nuestra falsa libertad lo dejamos pasar, porque si hemos encontrado a una ¿por qué no vamos a encontrar a más? Y seguimos lanzando corazones verdes en la red.

A los que, por suerte, nos han roto el corazón alguna vez, sabemos lo que es echar de menos esas manías horribles y esas tonterías que nos sacaban de quicio. Digo por suerte porque eso que echamos de menos son defectos, son defectos únicos de cada persona, como las huellas dactilares, algo que nos distingue de los demás y que pueden llegar a ser jodidamente preciosos, aunque sólo nos demos cuenta después. Poder apreciar esos detalles nos sigue haciendo humanos. Es justo por estos defectos por lo que, ahora, pasamos a otra cosa mariposa, y la verdad, qué pena.

Nadie nos pone una pistola en la cabecita para compartirnos con alguien que nos gusta, si al final no sale bien nos vamos, y adiós. Somos nosotros mismos los que nos construimos muros, murallas chinas más bien, que nos alejan de los demás.

Luego nos preguntamos por qué el mundo se está volviendo loco y quizá lo que no vemos es que deberíamos dejarnos llevar más e inyectarle un chute de adrenalina al corazón, que si nos hacemos daño siguen existiendo las tiritas para curarnos y los helados de chocolate para reconfortarnos.

Loreto Lafora