Amor & Polvos

Quedé con un tío de Tinder y no era como en las fotos

A veces creo que Dios o el universo me castigan por tener una vida sexualmente activa, y la última prueba de ello fue mi último Tinder sorpresa.

Yo tengo instalado Tinder en mi móvil y lo uso, lo uso muchísimo. Y veréis, no sólo lo uso para conocer gente y quedar, sino para una conversación rapidita, para tontear, para el sexting… Vaya, que me gusta disfrutar y no me corto ni un pelo.

Esta historia se remonta a un buen día en el que me entraron ganas de echar un polvo. Qué se la va a hacer, no os quiero engañar. Era sábado, estaba sola en casa, mis amigas tenían plan y me había visto todo Netflix. Además, no me quedaba vino y el 24 horas de mi calle estaba cerrado por reformas. Total, que en esta vorágine de drama abrí la aplicación y empecé a dar likes a los tíos monos hasta que uno me habló: Pepe.

Pepe estaba como un tren. Madre mía, cómo me puso con sólo ver sus fotos. A ver, igual para vosotras era un tío normal, pero tenía un atractivo diferente que me hizo el coño agua. Una mirada penetrante, una barba de dos días súper sexy, unas manos grandes… Uffff.

Hablamos, nos gustamos y le invité a venir a mi casa. Al principio le vi un poco reacio pero oye, que al chiquillo no pareció importarle mi atrevimiento y me dijo que sí, que en 30 minutos estaba ahí.

Cuando se lo conté a mis amigas se acojonaron muchísimo y me echaron la bronca por invitar a un desconocido a casa, pero después de leer historias en Internet sobre novios cabrones, infieles o crueles pensé que igual el peligro no estaba en Tinder precisamente. Además, no era la primera vez que quedaba con un tío de Tinder al que no conocía y de algo hay que morir.

Pasó una media hora y el muchacho todavía no había llegado. Otra media hora y nada. Y ya muerta del aburrimiento le escribí por la aplicación diciéndole que si se había arrepentido no pasana nada, pero que al menos me avisase. Su respuesta fue la siguiente:

“No… Si llevo media hora debajo de tu casa.”

Le pregunté que por qué y me dijo esto:

“Subo y te cuento. No te enfades.”

Salgo en pijama al descansillo y cuando se abre el ascensor… CHAN CHAN CHAN. Vosotras ya lo sabéis por el título, pero imaginad mi sorpresa cuando veo que no era el tío de las fotos.

Pepe era un chico muy bajito, sin pelo y de complexión muy delgada.

Me quedé bastante en shock, pero no por su físico, sino por el engaño. Me sentí tan confusa que le invité a pasar.

Entró, abrí un par de cervezas y le pregunté que por qué me había mentido (a mí y a medio Tinder) poniendo una foto de un tío que no era él. Me contó que era la foto de un amigo y que la había puesto porque se sentía muy acomplejado con su físico.

“A las chicas no les suelen gustar los tíos como yo… Y bueno, tampoco soy un as de la conversación.”

Y eso me jodió especialmente, primero porque todos tenemos nuestro público, y segundo porque cuando se estaba haciendo pasar por otro tío era un crack del ligoteo. ¿Por qué? Porque confiaba en “sí mismo”.

Acabamos hablando durante horas de nuestra autoestima, de nuestros complejos, de la vida, de los miedos que tenemos, de nuestras experiencias… Y os juro que jamás he sentido esa conexión con nadie.

Volvimos a quedar, y después de esa otras muchas veces. Y bueno, esta noche Pepe viene a mi casa a ver una película. Con esto os quiero animar a ser vosotros mismos SIEMPRE, porque lo importante no es gustar sin más, sino gustar por ser quién eres y quererte a ti mismo.

 

Anónimo

 

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