Soy una chica regordeta. Lo llevo siendo desde que era chica de verdad, pero con la edad ha ido a más. De hecho solía ser grandota, pero que te salgan las tetas la primera de tu clase tiene un efecto colateral molesto, la pubertad también implica dejar de crecer. Así que me quedé bajita y regordeta, un barrilete, que solía decir mi padre.

Nunca he tenido problemas para ligar, siempre se me ha dado bastante bien, en parte porque siempre he estado en grupos de chicos y en parte porque soy muy maja; una chica muy simpática, que se suele decir. Pero no es de eso de lo que hablo.

No le tenía mucho cariño a mi imagen corporal, siempre he intentado adelgazar con más bien poco éxito. Mis tetas, envidia de mis amigas y objeto de babeo de mis amigos, me parecían demasiado caídas, fofas, feas. Y mi culo, respingón por herencia genética, me parecía un ente horrible que ocultar. No había nada que me contentara del todo.

Parece ser que para tener una buena autoestima tienes que cuidarte, o al menos esa es la impresión que me queda a mí. No fumar, no beber, hacer yoga, y ya si eso puedes reconciliarte con tu cuerpo, solo después de intentar hacer de él un templo y que ese templo salga fuera de los estándares. No es mi caso. Fumo como una carretera, bebo como una hija de la gran puta, como poco y mal, tengo un problema de adicción a la cafeína (en forma de cocacola y burn sobre todo) y el único deporte que ha llegado a gustarme ha sido el rugby, aunque me dejé una rodilla en el proceso. Mi cuerpo no es un templo, en todo caso es más bien mi destartalada autocaravana que me lleva a donde quiero ir.

Ahí va mi cuerpo, el pobre

Ahí va mi cuerpo, el pobre

Y entonces me di cuenta, aunque no fue de golpe. Me paso la vida dejando la cocacola porque es una empresa maligna que mata sindicalistas en México, no me compro ropa nueva porque las empresas textiles trabajan con niños esclavos, aunque eso implique ir con ropa dos tallas más grandes o de hace siete temporadas, y no como carne porque la industria cárnica es cruel, y mientras tanto, me sigo castigando a mi misma porque mi no-templo no es como debería ser. ¿En serio? Me niego, ya no quiero jugar más.

Así que me voy a querer y me quiero por la misma razón por la que hago la mitad de mi vida, por política. Las farmacéuticas, las empresas de estética, las textiles, no tienen nada que opinar en mi cuerpo. Mi cuerpo es mío y me deja hacer lo que quiero. Es genial adaptándose a los cambios horarios y muy flexible, lleva genial todos los piercings y tatuajes que me da por hacerme, y se puede pasar 12 horas en un autobús sin quejarse. Aguanta las resacas mejor que la mayoría, y se protege bastante bien, a veces no sé ni cómo, de ETSs, infecciones y déficits nutricionales. Así que voy a quererle, aunque lo siga maltratando, y me aguantará hasta que aguante. Pero contará con todo mi cariño en el proceso.

Clara García