Querido diario

Gordos gordófobos: paradójico pero real

Una de las luchas particulares de Weloversize es demostrar (una y otra vez, prácticamente cada día) que la gordofobia existe. Más que nada porque todavía hay muchísima gente que cree que nos hemos inventado (nosotras, más concretamente) esta historia y que no tenemos ni un solo argumento que demuestre que en nuestra sociedad existe un medio irracional hacia las personas gordas, miedo irracional que ha generado una serie de prejuicios negativos hacia las personas gordas que se toman como reales. Como cuando en el siglo XIX se aceptaba con normalidad que un negro era inferior y por eso era lo normal esclavizarlo. O como cuando en el siglo XXI se intentan prohibir las manifestaciones públicas de la comunidad LGTB porque pervierten nuestra sociedad y a nuestros hijos.

Mucha gente cree que la gordofobia solo es una excusa más de los gordos para justificar sus kilos de más y no dejar de comer nevaditos. Desde Weloversize luchamos a diario para romper y desmontar estos estereotipos, (que no para invitar a todo el mundo a que sea tan obesas como nosotros), aunque sabemos que va a ser una lucha muuuy larga.

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Y lo peor es que, después de tanto tiempo, seguimos sin tener claro qué origina la gordofobia: si es el canon de belleza, si es la pérdida de privilegios de los delgados, si es una moda pasajera que ha surgido como respuesta a la evidente moda de lo curvy, si son los datos científicos que aseguran que la obesidad se expande como una epidemia, o si es la negación sistemática de que una persona gorda pueda estar al mismo nivel que yo. En cualquier caso, detrás de cada una de estas causas puede encontrarse una común: la no aceptación. Por lo que sea, la sociedad no está preparada y/o dispuesta para aceptarnos.

Pero, ¿qué pasa cuando esa no aceptación te afecta directamente? Es decir, cuando estás gordo y te odias por ello. Porque en tu cabeza han conseguido instalar todas esas ideas erróneas de que el gordo es inferior, el gordo es incapaz, el gordo es infeliz, el gordo no es válido, el gordo es perezoso, el gordo es un dejado, el gordo es peor. Lo que pasa es que te conviertes en un gordo gordófobo. Eres incapaz de aceptarte a ti mismo porque eres lo que odias, o porque odias lo que eres, y entonces te vuelves la persona más desequilibrada del mundo.

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Lo puedo decir así porque lo sé de primera mano. Yo también fui una gorda gordófoba. Cuando hace unos años empecé a engordar “sin motivo aparente” y sentí cómo perdía por completo el control de mi cuerpo y tenía que enfrentarme a una subida de talla tras otra sin saber cómo frenar todo aquello, me pillé el mayor enfado del planeta y, por supuesto, lo pagué conmigo misma. Porque me odiaba. En aquel momento no lo veía tan claro, por supuesto, pero ahora me doy cuenta. Me odiaba, me disgustaba aquello en lo que me había convertido, así que me lo prohibía todo: desde comprarme una prenda de ropa más ajustada hasta comer en público, pasando por convencerme a mí misma de que nada de piscina ni playa hasta que adelgazara ni, por supuesto, nada de chicos. Me construí una cárcel en la que, evidentemente, me sentía una mierda de persona, culpable de absolutamente todo lo malo que me estaba pasando.

Porque me empezaron a pasar un montón de cosas malas, claro, con una actitud tan prohibitiva, empecé a decepcionar a amigos y familiares, descuidaba mi trabajo, estaba siempre de mal humor y aprovechaba cualquier mínimo desliz de los que me rodeaban para desahogar toda la furia que sentía.

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Como yo fui uno de ellos, ahora puedo reconocerlos muy fácilmente, y lo peor es que están por todas partes. Gordos que se han sumado a la causa de que lo gordo es siempre sinónimo de malo y escriben en sus redes sociales cosas como “esta semana me he portado muy mal porque me he saltado la dieta” o “con esa barriga yo no me pondría un bikini”, por citar dos ejemplos muy simples y cotidianos.

Yo sí los acepto a ellos, porque he pasado por lo mismo y sé lo muchísimo que se sufre. Pero eso no quiere decir que vaya respetar ni uno solo de sus ataques, porque siempre son fruto del odio: del que se tienen a ellos mismos y del que nos tienen a las personas que hemos conseguido aceptarnos, que hacemos todo aquello que ellos no se atreven a hacer y que encima disfrutamos haciéndolo.

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