Siendo niña gorda, adolescente gorda y chica gorda, sabía lo que me encontraría en el espejo cada mañana: el careto lleno de pecas, unas tetas enormes y caídas, el pelo enmarañado que parece que esta noche se ha montado su propia fiesta…y así hasta el infinito.

Al ligar poco (o nada), tu yo adolescente, tiene muchísimo más tiempo libre cuando se echan novio todas tus amigas, y comienzan a interesarte cosas como el cambio climático, la poesía de Lorca y la cantidad de lugares del mundo que vas a recorrer con tu mochila cuando tengas un poco de pasta. Empiezas a preocuparte un poco menos por tus enormes muslos, y te preocupas un poco más por la gente que vive en la calle, tu ansiedad se traduce en ganas de picotear, pero además también picoteas en la cultura; el cine europeo, los libros de Julio Verne y los cuadros de Dalí. Miras el espejo, una gran panza, una barriga comodiosmanda, te preocupa, pero no te frenas al comer hidratos por la noche, como no te frenas a las experiencias nuevas que enriquecen tu alma.

Alzas los brazos y cuelga por ellos tu carne, tus kilos de más, pero no son más importante que tus ganas de vivir, que tu interés por aprender nuevos idiomas. No puedes eliminar las tallas de tu pantalón, pero también creces como persona, y poco a poco lo que eliminas son tus sueños por cumplir, ves la Mona Lisa, duermes en la playa, besas bajo las estrellas, bailas bajo la lluvia, y cada vez que cumples uno, tres o cuatro sueños nuevos más se añaden a tu lista.

De repente llega el día en que la madurez te sorprende y después de lavarte la cara esa mañana, miras a esa mujer de más de treinta tacos y piensas:

-Joder, qué bien que estoy.

Y es verdad, eres la misma, pero pareces distinta, al fin el espejo refleja lo guapa que eres por dentro y esos ojitos al fin lo ven. Te peinas con tu coleta de siempre, te pones tus pendientes de la suerte y sales a seguir viviendo. La cajera del súper te mira y te dice que estás preciosa hoy, vas a tomar un café con tu tía:

-¿Has adelgazado?

-Ni de coña, casi no me he podido abrochar el vaquero. Pero, joder, que me he visto superguapa.

Y luego son tus [email protected], y te das cuenta que quizás no eres como dicta el mundo, pero tampoco era así Frida khalo, ni los elefantes de Dalí, ni el Langui, ni el desierto del Sáhara, ni Leo Messi, ni Beethoven, ni los delfines rosa chicle del Orinoco, pero su belleza reside eprecisamente en su diferencia, se salen de lo que dicen las normas: ¿que los diseñadores de preciosos, incómodos y carísimos vestidos dicen que la talla 36 es el modelo a seguir? Pues tengo una 42 o una 54, mientras siga viendo estupenda a la chica del espejo, a pastar los cánones de belleza

Autor: Estefanía Doñate