Querido diario

Mis peores recuerdos sobre bullying tienen como protagonista a mi profesora

Es una mierda que sea así, pero es la realidad: me siento afortunada porque no sufrí (mucho) bullying durante mi infancia y adolescencia. Me siento afortunada. Porque a veces llegas a pensar que tener una etapa escolar normal, ni ultrafeliz como si fueras la jefa de las animadoras, pero tampoco infernal por ser el centro de todas las burlas, es algo extraordinario. Porque pasarlo un poco mal en el colegio o el instituto se había asumido como lo normal, “es algo por lo que tienes que pasar, así te harás fuerte”, “son cosas de niños”… y todas esas frases de mierda que trataban de normalizar una situación que nadie merece sufrir: el acoso escolar.

Yo no creo que sufriera acoso escolar. Porque creo que hay una diferencia entre que un compañero de clase un día puntual se ría de ti y entre que ese mismo compañero haciéndote la vida imposible, riéndose de ti todos los días y a todas horas, insultándote y descargando su ira o su frustración contra ti. De mí se rieron, claro: seguramente por gorda, porque iba mal peinada (siempre he ido mal peinada, peinarme es algo que me da muchísima pereza), porque la clase de gimnasia se me daba fatal… Pero nunca me amargaron la existencia. Nunca me hicieron bullying.

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Sin embargo, sí que recuerdo una etapa bastante difícil para mí, una etapa en la que entró en juego una nueva persona. Empezábamos segundo de la ESO y teníamos una nueva tutora. Una profesora mayor a la que, al parecer, habían puesto sobre aviso de que en mi clase había un grupito de cuatro o cinco chicos que había que tener muy controlados porque eran los típicos que empezaban a decir gilipolleces y no te dejaban dar clase. Así que ella, desde el primer día, ya se presentó ante nosotros con una actitud bastante dura, rollo “no os voy a pasar ni una”.

Como teníamos unos 13 o 14 años, las tutorías de ese curso se volvieron más interesantes: era la primera vez que hablábamos de esas cosas malísimas que los adultos nos presentan como si fueran el mismísimo demonio y que, por ese mismo motivo, a los adolescentes les interesan tanto: las primeras veces que sales por la noche, las malas compañías, el alcohol, el tabaco, las relaciones casi-sexuales…

Pues un día nos pusimos a hablar del tabaco, y vete tú a saber por qué, ese grupito de graciosetes tuvo a bien decir en alto y delante de toda la clase: “pues nosotros hemos visto a Menganita y a Fulanita fumar”. Y dio la casualidad de que Menganita se asustó muchísimo porque, al parecer, sí que había empezado a fumar, y se le vio el plumero de lejísimos, así que cuando yo, que era Fulanita, dije que no, que eso era mentira, ya nadie me creyó.

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No voy a excusar a una profesora que me abrió las puertas al peor curso de mi vida, pero ahora puedo entender que si tú misma estás acojonada porque tienes ante ti a un grupo de veintiocho adolescentes de lo más revueltos que están a punto de romper su inocencia y entrar de lleno al mundo adulto sin la madurez intelectual que se le presupone a los adultos y unos chicos te dicen que han visto a dos chicas fumando, pues te lo crees.

Lo que jamás entenderé es por qué creyó a ciegas a esos chicos y a mí no. Por qué, aunque se reunió conmigo en privado para darme la charla de los peligros de fumar y yo le repetí una y mil veces que no había fumado, siguió sin creerme. Por qué me cogió manía porque era indomable, era una rebelde, era incorregible, y por qué perdió toda la confianza que podría haber tenido en mí y empezó a culparme de todo lo malo que pasaba en su clase.

Ella estaría acojonada, pero yo lo estaba más. Yo estaba acostumbrada a confiar en mis profesores, la verdad, y gracias a esta señora entré en la vida adulta de cabeza, sí, pero no a través del tabaco, sino a través del miedo y del dolor que me producían sus ataques, y de la soledad. Porque me sentía sola. Nadie se iba a aliar conmigo para ir en contra de una profesora. Y mientras, ella, siguió acusándome de cosas que yo no hice, porque desconfiaba de mí y eso hacía que me tuviera todavía más controlada y me riñese constantemente, y, lo peor de todo, porque como yo nunca cedí, me tachó de TODO.

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En su momento lo pasé muy mal, tanto que todavía lo recuerdo como una etapa triste que repercutió en muchos aspectos de mi vida. Me convirtió en una persona insegura y cerrada, cuando yo nunca había sido así. Pero ahora le encuentro sentido. Esa profesora me enseñó, sin ella pretenderlo, lo que iba a ser mi vida de ahí en adelante. Me entrenó para el futuro. Me preparó para una vida en la que, si eres una mujer firme, segura de ti misma, convencida de lo que quieres y lo que no, que sabes poner límites y enfrentarte a las personas, vas a ser tachada de cualquier cosa. Vas a recibir una lista interminable de apelativos como loca, pasota, rebelde, mala, fresca, descarada, irrespetuosa, sinvergüenza, descarriada… cuyo único objetivo será hacerte cada vez más pequeñita hasta que seas manejable.

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