No todo el mundo sabe lo difícil que es avanzar cuando vives acomplejado.

Hay días en que levantarte de la cama y mirarte al espejo supone hundirte completamente. No te gusta lo que ves, esa persona que se refleja en el cristal no se te parece, la cara, el pelo, el cuerpo o la actitud misma no significan nada para quién tú quieres ser de verdad. Para lo que necesitas demostrar. Para quién eres en realidad bajo toda esa capa de imperfecciones que ves todos los días.

Cuando no te gustas, todos los logros pierden brillo. Los éxitos y cosas buenas del día a día se opacan. En uno de esos momentos, cuando la desesperación puede más que todas las ganas que le eches a las cosas, coges entre los dedos todas tus imperfecciones, tus sobrantes y faltantes, y te analizas con una crueldad que pocas personas serían capaces de comprender. Te estudias como a un objeto inanimado que no merece más que críticas y ataques.

Odias lo que ves. A ti. A eso.

 


Y te cansas. Porque estás esforzándote PARA NADA. Te sientes como una inútil pérdida de tiempo, cada sacrificio, cada día y cada hora invertidos en lograr hacer de ti lo que quieres cae en saco roto. Y no te engañan las palabras de amigos y conocidos. No estás bien. No lo estás consiguiendo. No has avanzado. No estás más cerca de gustarte y aceptarte de lo que estabas hace un año. O dos. O diez.

Porque no ves que hayas conseguido nada. Porque solo sientes frustración.

Vivir la vida con complejos es como tener una enfermedad cuya cura depende de la fuerza y resistencia de quien los sufre. Y esa fuerza y voluntad tiende a ser esquiva y frágil, como una flor a la que se puede pisar y encerrar en un puño hasta que no le queda aire para respirar y termina por ahogarse.

Todos tenemos complejos que nos parecen el fin del mundo y otras personas quizá nunca lleguen a comprender. Quien convive día a día con un cuerpo que no le gusta, unas proporciones con las que no se siente cómoda, un tono de voz, carácter o apariencia que quisiera cambiar y no puede, debe luchar doblemente duro para salir a la calle y tener la cabeza alta. Para sentirse persona digna y merecedora de un trato respetuoso como el de todos los demás.

No todos lo días son buenos.

No siempre nos sentimos bien al vestirnos y mirarnos a nosotros mismos. No es sencillo enfrentarse a la gente con la cabeza alta cuando debemos hacer ejercicios de voluntad para que gestos o palabras dejen de afectarnos. Para que una simple mirada no nos duela en el fondo del alma y cree una herida que quizá, nunca se cierre.

Convivir con las inseguridades es como llevar una mochila llena de piedras. A veces, las fuerzas fallan y lo único que deseamos es llorar y rogar que desaparezcan. Otro días, cargamos en nuestros hombros ese peso y andamos haciendo malabares con él, confiados, seguros, sintiéndonos firmes en nosotros mismos.

Ésta es nuestra guerra. La de todos y cada uno de nosotros, elijamos compartirlo o no. Seamos capaces de enmascararlo con fortaleza y actitud o lloremos escondidos en una esquina llena de oscuridad. Peleamos por convencernos a nosotros mismos de que podemos querernos tal y como somos. De que cada paso dado es uno menos en el camino de la aceptación y respeto hacia nuestra propia persona.

Nosotros tenemos la última palabra para aceptarnos, y también tenemos las herramientas para destruirnos. Quienes vivimos en la balanza de los complejos no damos ningún día bueno por sentado ni tampoco bajamos la guardia. Elegir potenciar todo lo que brilla en nuestro interior es nuestra lucha.

Y la peleamos cada minuto. Hasta el final.