Sex & Love

Follodrama: los peligros de chingar a oscuras

Nos conocíamos desde hacía tan sólo tres meses, pero estábamos tan bien, que decidimos irnos de vacaciones juntos.

El primer día fue muy bonito. Llegamos a una playa que, si os dijera el nombre, os reiríais. Pero en ese momento, para mí fue como ir de vacaciones a la Isla de Pascua o algún otro lugar exótico. Ni siquiera se rompió el encanto al sacar de la fiambrera el pollo empanado y la lata de cerveza Steinburg, porque total, estábamos tan bien juntos, que lo demás no importaba.

Y es que todavía no he mencionado que él era un empotrador. Tampoco es que hubiéramos pasado muchas noches juntos, por circunstancias de la vida de aquel momento, pero cada vez que nos veíamos, caía un polvo, o dos, o tres. Y no polvos cualquiera, no. Eran polvos de empotrador, de esos de dejarte en las nubes, y además, como había amor, vomitando purpurina.

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Después del día en la playa fuimos al hotel a ducharnos, y luego, a cenar fuera. Después de la cena vinieron las copas, y como nos reíamos tanto, vinieron más copas, y cuando por fin decidimos irnos al hotel, caímos en la cama agotados y nos quedamos durmiendo. Pero a mitad de la noche, nos despertamos y nos pusimos a follar, sin encender la luz ni nada. A pesar de haber bebido, fue un polvo memorable. De los que nunca se olvidan. Además de ser un empotrador, se le daba muy bien recrearse en comer lo que le pusiera por delante como si fuera una fruta madura. Pero, sobre todo, no olvidaremos nunca la mañana siguiente.

Conforme iba entrando el sol por la ventana, empecé a sentir auténtico terror. Parecía que habíamos asesinado a alguien. Había manchas de sangre por todas partes: en las sábanas, en las paredes, en el suelo, en un espejo, hasta en los hierros del cabecero. Me había venido la regla por sorpresa.

Ooooops

Ooooops

A mi empotrador no se le ocurrió otra cosa que quitar las sábanas y echarlas encima de un armario. El colchón estaba también manchado, claro. Decidimos darle la vuelta… Pero por el otro lado también estaba manchado de sangre (aunque debo decir que, al menos, ésa no era mía…). La sangre de la pared pudimos limpiarla frotando con una toalla mojada, y la del cabecero también. Nos fuimos del hotel disimulando. No volvimos a follar en todos los días que estuvimos de viaje.

Yo pensé que ya nunca volvería a llamarme, pero como ya os he dicho, había mucho amor y mucha purpurina, y muchos años después, mi empotrador sigue a mi lado. Eso sí, ni hablar de follar con la regla.

Autora: BloodyMary

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