Sex & Love

Follodrama: yo solo quería probar el anal y casi acabo en el hospital

Hoy vengo a contaros una de las experiencias más vergonzosas de las que recuerdo en mi vida sexual.

Tendría yo veinte añitos como veinte soles, y andaba jugueteando con mi novio de entonces a ver si nos gustaba hacer tal y tal cosa en la cama, que el chiquillo era aplicado y parecía querer tachar todas las posturas y hábitos del kamasutra. Y, claro, cuando ya te has pasado el misionero, el perrito, el 69, la postura de la garza coja y el conejito de Duracell, llega la pregunta inevitable: “¿probamos el sexo anal?“. Ay. Pues claro que sí, picha. Sólo había un problema, y es que los culos, por definición, están fisiológicamente diseñados para albergar caca. No penes, CACA. Y me parecía un pelín cortarrollos estar en mitad del asunto y que el chico sacase el rabo como si hubiera mojado un churro en chocolate (salvo que os guste ese rollo, que es totalmente respetable).

Así que me puse a investigar, y me encontré con que todos los foros al respecto recomendaban comprarse un enema que te asegurase que tu cavidad anal fuese a quedar como los chorros (del oro). Claro, me dije. Qué maravilla. Y allá que me fui a la farmacia a por el enema que iba a garantizarme el sexo anal de mi vida.

“¿Para qué lo necesitas?”, me dijo la farmacéutica. Yo, con una sutileza digna de Mata Hari, respondí que era para mi abuela, que la señora iba durilla y necesitaba de ayudas para hacer de vientre. Ella me miró con cara de dudar seriamente de que los intestinos de mi familia estuvieran implicados en aquello, pero hija, era joven y me daba vergüenza admitir que yo lo que quería era que mi novio me enchufara el pito por donde amargan los pepinos. En cualquier caso, me dio un enema y yo salí de allí más contenta que unas castañuelas y llamé a mi novio para citarlo para El Acto .

El muchacho no se hizo de rogar, y allá que estábamos los dos en mi piso. Nos empezamos a liar, la cosa se iba calentando, y, antes de que llegara a mayores, le dije “espera que voy a probar”, y me metí al baño con mi adquisición.

Bueno, vaya cuadro.

Para empezar, sólo de leer las instrucciones me estaba poniendo tensa. ¿Sabéis qué postura hay que adoptar para ponerse un enema? Pues hay que tirarse al suelo, tumbada de lado y con una pierna flexionada (estoy 99% segura de haber recreado esa postura en algún momento). A continuación, te metes en el ogt el pitorro de la botellita (que venía ya llena de líquido), aprietas para que aquello salga, y esperas unos minutos. En esa postura innoble estaba yo, tirada por el suelo y pensando en el chaval que estaría en la cama lleno de ilusión y alegría, cuando me entró el apretón de mi vida. Pensé “bueno, será que me toca vaciar ya esto”, y me senté en el WC deseosa de acabar con todo aquello.

Cuál no sería mi sorpresa cuando noté que, lejos de echar el agüilla del enema y poco más, estaba cagando en forma de líquido absoluto. Una diarrea de las buenas, vaya. Y sin poderla controlar. Aquello salía, salía y salía, mi tripa dolía, y luego salía un poco más.

 

Aterrorizada y sin entender nada, empecé a leerme las instrucciones del enema (claro, a buenas horas), esperando encontrar respuestas a esa súbita descomposición acompañada de la pérdida del control de mis esfínteres. Y de pronto una línea saltó a mi vista: laxante por vía rectal. Disculpe, ¿qué? Sí, sí. Me acababa de meter por el culo un laxante por vía rectal, con mi novio  en la habitación contigua más caliente que el sobaco de un churrero y deseando meterme el choripán en el orificio exacto de mi cuerpo que ahora parecía el géiser de Tecozautla.

Empecé a cagarme (literalmente) en la farmacéutica, en su madre, en su padre, en su primo y en su perro Guantes. Tardé más de cuarenta minutos en acabar con aquello, y, cuando finalmente volví a la habitación, medio temblorosa, con las tripas rugiendo y sintiéndome como si me hubieran pegado una paliza, mi novio ya había empezado a sospechar que esa noche no iba a desatarse pasión alguna.

Cuando volvió a sacar el tema un tiempo después, casi le salto a la yugular (“en mi culo no entra nada más hasta que me recupere del trauma”), así que abandonó sus esperanzas y yo no tuve que volver a experimentar con mi ano. Luego cortamos y años después, con mi maromo actual, sí estoy pensando volver a intentarlo, pero esta vez será un enema vacío (curiosité: los venden por 2€ en aliexpress), lleno exclusivamente con agüita del grifo y nada más.

 

Carmen P.

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