Sex & Love

Follodrama: cada uno en su casa y Dios en la de todos

Yo no sé si la gente va al cielo con Dios o si nos reencarnamos en ovejas, lo que sí que sé es que San Pedro, después de lo que pasó ha puesto un cartel gigante prohibiéndome el acceso.

Resulta que no es que sea yo la hija del demonio, simplemente que lo de las iglesias y lo de los curas pues como que no me va mucho; aunque prometo que he pedido perdón por lo que ocurrió más de 5438 veces. Quizá vosotras penséis que no es para tanto, pero yo creo que la situación que ahora os voy a contar es lo más bochornoso y lamentable que me va a pasar en la vida. Sí, me atrevo a decirlo. Pongo la mano en el fuego y no me quemo. Es más, han pasado 10 años y aunque no me han salido estigmas, tampoco he vuelto a liarla tan parda.

¿Sabéis esa expresión de: cada uno en su casa y Dios en la de todos? Pues qué bien me habría venido a mí recordarla ese 12 de enero, viernes, de 2007.

Os cuento. Yo he pasado toda mi vida en un colegio de monjas. Cuando digo colegio me refiero desde los 3 a los 18 años; bachillerato incluido. Los coles de monjas ya no eran como antiguamente, estábamos todos juntos y revueltos y había niños. Niños y niñas que convivían felices pero a los que llega un punto en el que les pica la cola y el chochetín y claro… la lían petarda.

Pues bien, resulta que ese 12 de enero, una de las monjas más longevas que han existido sobre la faz de la tierra decidió que ya estaba bien de rezar rosarios y pasó a mejor vida. Vaya que la pobre señora se murió y claro, como vivían allí en el cole (la parte de arriba era convento) pues todos fuimos partícipes del drama que se montó.

Cuando digo todos, digo todos, toditos todos; incluidos mi crush y yo. Sí, por aquel entonces también existían los crush o lo que viene a ser el muchacho que te mandaba notitas en clase y por el que se te caían las bragas cada vez que salía a la pizarra.

Fueron 24 horas de silencio sepulcral por los pasillos, de velatorio, de monjas llorando y de curas que entraban y salían de allí a dar el pésame. La vida se paró, las clases continuaron pero de los recreos y las horas de ocio mejor no hablamos. Las monjas y los profesores vivían por y para lo que acaba de suceder y a nosotros nos tenían un poquito abandonados y oye, eso que nos llevábamos.

He de decir que yo a esa monja no la había visto en la vida y eso que llevaba allí toda mi vida; por lo visto llevaba malita en la cama mucho tiempo y todo el mundo decía que “por fin había descansado”.

Si juntamos ese pequeño detalle de que yo por esa señora lo único que podría llegar a sentir era curiosidad, que los profesores pasaban de nosotros y que nuestras hormonas saltaban como los piojos… apaga y vámonos.

No hace falta decir que yo soy una persona respetuosa y que este post no quiere herir la sensibilidad de nadie, más bien poner en evidencia que las hormonas a los 17 años pueden jugarte una mala pasada. Creo que con 28 no se me ocurriría hacerlo. (Sí, solo creo)

Llegó la misa del funeral y se lío la de Dios es Cristo, nunca mejor dicho.

Hubo gente que se escaqueó e hizo pellas, otros se fueron a los baños a fumar y mi crush y yo no tuvimos mejor idea que la de darnos el lote y lo que no es el lote mientras todos estaban ocupados en sus quehaceres. El plan era perfecto, allí estaba todo el mundo pendiente de rezarle a la monja de cuerpo presente y nadie se iba a acercar al baño que había detrás de la iglesia del cole. Teníamos una hora para ponernos cachondones y para que la virgen se nos apareciese en forma de orgasmo.

Pero allí lo único que apareció fue el cura.

Como os lo cuento.

El mismísimo cura que estaba dando misa.

Que se había puesto malo, que le había dado un retortijón y no se podía aguantar las ganas decía.

Os juro que jamás se me olvidará la cara que puso aquel señor cuando abrió la puerta y nos encontró en plena faena. Tenía la cola de mi crush entre mis pechos y estaba jugando con la puntita de mi lengua en su capullo. Una estampa inolvidable para mi y para el cura que se cayó redondo en aquel momento. Se le quitaron las ganas de vomitar y hacer caca en un segundito, mano de santo amigos y amigas.

A ver qué narices hacíamos ahora con un cura medio muerto en el suelo, la cola de mi crush fuera y mis bragas como los ojos del Guadiana, pensando en esconderse pero empapadas.

Poco tardó en aparecer el monaguillo que venía en búsqueda del cura claro. Y allí se encontró el percal de dos muchachos (vestidos ya) echándole agua en la nuca al párroco. Un poco sospechoso era, para qué nos vamos a engañar. A ver qué leñe hacíamos nosotros ahí.

No tuvieron que investigar mucho porque gracias a Dios el cura a los dos minutos se despertó. Dos minutos que a mi me parecieron horas porque os juro que pensé que la había palmado. Y claro está, contó absolutamente todo lo que había visto aunque se ahorró los detalles más escabrosos.

Y claro está: nos echaron, claro que nos echaron. Una semana a cada uno. Aquello era la ofensa más ofensa del mundo mundial. Estábamos profanando aquel lugar según le dijo la directora a mis padres y eso era pecado mortal, máximo y absoluto.

Si algún día me caso lo haré por lo civil, ese día prometí que jamás iba a abrir la boca en una iglesia a no ser que fuera para rezar el padre nuestro, pero nada de: puedes besar a la novia, que luego todo se sabe.

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