Sex & Love

Follodrama: cuando me potaron en mis partes

Antes de nada, debo decir que soy pésimo ligando. Cuando me gusta una chica, me da pánico intentar algo porque pienso que me va a rechazar, así que espero a que ella intente algo para soltarme. Entiéndase “que intente algo” como que se ponga un cartel luminoso en la cara en el que diga “TRONCO, QUE ME MOLAS. ¿TIENES HORCHATA EN LAS VENAS O QUÉ?”. Sí, sé que es lo más cortarrollos del mundo, pero qué se le va a hacer, me cuesta ver las señales.  

Hace un par de meses salí con el grupo de amigos de la facultad. Me dio toda la bajona porque uno se acaba de casar, otra está embarazada, otro acaba de hipotecarse, y mientras tanto yo me compro calzoncillos de marca “Dulce&Camino” porque el presupuesto no me da para más. Compuesto y sin novia, y encima en un piso roñoso de Madrid con un casero que me quiere subir cien euros el alquiler o me echa.

A las 12 de la noche empecé a replantearme mi vida, como cuando te duchas y te sientes Aristóteles filosofando mientras te entra jabón en los ojos, pero versión millennial. ¿Cómo se arregla esto? Pues con chupitos. Mi mejor amiga de la facultad notó mi bajona y empezó a invitarme a tequila como si no hubiera un mañana. Conclusión: iba tan borracho que parecía que hablaba en checo. 

El caso es que de repente, en la lejanía, veo a una chica preciosa mirándome. Por dentro yo quería acercarme cantando la intro de Pasión de Gavilanes en plan “¿Quién es esa mujer que me mira y me desnuda?“, pero mi timidez me jugó una mala pasada y me quedé paralizado. El destino me quiso dar una alegría, porque ella se acercó y empezó a hablarme.

No sé qué narices vio en mí, pero parece ser que le molé, así que a los cinco minutos tenía su lengua en mi cuello y estaba más palote que el mástil de una bandera.

Yo – ¿Quieres ir a mi casa?

Ella – O vamos a tu casa o te follo en el baño.

Imaginad mi cara por favor. Yo estaba como si me acabasen de regalar un seguro de vida, como si me acabasen de anular la permanencia del móvil, como si me acabasen de renovar el contrato en el trabajo. No daba saltos porque con la cantidad de tequila que llevaba en vena corría el riesgo de echar a volar.

Total, que fuimos para mi casa pegándonos todo el filetazo por el camino. Abandoné a mis amigos de la facultad, pero uno no liga todos los días y yo llevaba sin mojar el churro meses.

Llegamos a mi pisito y le hice el tour de rigor. Que si este es el salón, que si mira que cocina tan bonita, que si… Y cuando me quise dar cuenta se acababa de quitar el vestido. La llevé a mi habitación y le comí el coño con todo el esmero que me permitía el alcohol en sangre hasta que se corrió. En ese momento, la muchacha me tumbó y bajó a mis partes nobles. Total, que mientras me estaba comiendo el fuet, oigo un ruido, para ser más exacto una arcada. No le dí importancia, cosas que pasan. El problema es que de repente noté liquidillo por ahí… Y claro, yo no me había corrido, así que o la chavala me había echado un escupitajo del tamaño del Ebro o me acababa de potar en el rabo. Por desgracia, fue la segunda opción.

Imaginaos mi cara de trauma cuando encendí la lucecita de la mesilla y vi como la muchacha seguía comiéndomela pese a haberme vomitado en el rabo.

Yo – ¿Estás bien? Pero para, mujer. ¿Necesitas agua? Vamos al baño.

Ella – No, no. Que te la quiero seguir comiendo. Si esto es todo vino.

E igual que vino la erección se fue, porque eso sería calimocho, pero olía a muerte y destrucción.

Yo – De verdad que no hace falta que sigas, que te encuentras mal. Si quieres quedarte a dormir no hay problema.

Os juro por lo más sagrado que le pedí que parase con buena intención, pero se ofendió muchísimo y me dijo que quién me creía yo para rechazar a una mujer así. Se marchó de mi casa y con la polla potada le seguí por el pasillo intentando explicarle que no es que no quisiese, sino que me daba palo seguir cuando acababan de vomitarme en el nardo. Dio igual, ella se marchó y yo me di una ducha, cambié las sábanas y fregué el pasillo.

Autor: Mauro González

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