Sí, suena surrealista pero es que es la cosa más chunga que me ha pasado en la vida. Lees estas historias en foros o por el boca a boca porque le pasó a una amiga de una amiga, y tú te quedas flipando pensando que es una exageración y que algo así no le pasa a nadie, pero créeme, le pasa.

Yo llevaba con Manu casi 2 años. Nos conocimos en Tinder cuando apenas se usaba, y aunque todo el mundo decía que en esa aplicación solo encontrabas gente que quería un polvo yo encontré el amor. Al principio todo era perfecto, como en casi todas las parejas. La confianza era brutal, nos lo pasabamos genial, las horas se hacían cortas y el sexo no tenía descripción de lo bueno que era. No sé si todo lo bueno se acaba o yo estoy gafada, pero las cosas empezaron a decaer.

Él ya no me prestaba la misma atención que antes, cuando salíamos parecíamos dos extraños viendo la vida pasar sin tema de conversación y el sexo, cada vez menos frecuente, se volvió monótono y aburrido. Lo lógico habría sido dejarlo, porque estaba más que claro que no nos llenabamos el uno al otro, pero yo estaba locamente enamorada de él e intenté sacarlo a flote.

Por supuesto cometí errores, como todos, pero no os imaginais el agotamiento mental que supone tirar de una relación tú sola cuando la otra persona no hace nada. Era como si él quisiese ver hasta cuando aguantaba yo porque le asustaba dejarme… No le encuentro otra explicación.

Con esta crisis llegaron las sospechas. Mi autoestima estaba por los suelos, así que inevitablemente pensaba que él estaba así de apático porque había otra mujer, concretamente una compañera del trabajo con la que tenía muy buen rollo. Como soy de esas personas que prefieren hablar las cosas, le pregunté y él lo negó por activa y por pasiva.

Una noche salimos con unos amigos. Hacía tanto que no ibamos juntos de fiesta que para mí fue una de las mejores noches de los últimos meses, pero se volvió gris… Esa noche yo apenas bebí, pero él se pilló un pedo terrible. Cuando Manu bebía solía hablar en sueños, no sé por qué. Alguna vez le había pasado sin beber, pero solo palabras incomprensibles. En cambio, cuando había alcohol de por medio soltaba verdaderos monólogos.

Llegamos a su casa y él se metió en la cama. Yo fui al baño a desmaquillarme y me entretuve un poquito. Total, que cuando fui a la habitación él estaba dormido. Me puse el pijama, me metí en la cama y cuando ya estaba medio dormida él empezó a hablar.

«Joder… Ufffff… Madre mía, Julia, qué bien me comes. Esto no me lo hace Miriam…»

Yo era Miriam y Julia era su compañera de trabajo. Sí, podía tratarse de un sueño caliente sin más, una fantasía, pero me puse tan nerviosa que cometí un error (o no, según se mire): le miré el móvil. Tenía contraseña y yo no sé si fue inspiración divina o qué, pero se me iluminó la bombilla y probé con el día de su cumpleaños. ¡Bingo!

Como imaginaréis, la conversación con Julia era más que de compañeros de trabajo. Había fotos de ambos desnudos, mensajes horribles, comentarios feísimos sobre mí, de todo. 

Yo me puse a llorar y como sabía que estando él borrachísimo no podríamos discutir, me fui a casa de una amiga. Por suerte no vivíamos juntos ni teníamos nada que nos atase, pero el golpe fue terrible y yo tardé mucho en volver a confiar en un hombre. No sólo me engañaba con ella, sino que llevaba haciendolo practicamente desde que empezamos. ¿Fui una tonta por no dejarlo con él antes? 

Los nombres de esta historia han sido cambiados para respetar mi intimidad.