Sex & Love

Tinder sorpresa: con el caramelito en la boca

Hola, os voy a contar mi follodrama más épico, mejor lo vamos a llamar folloapocalipsis. Vamos a remontar un año atrás cuando estaba en una época dónde mi ex novio, un guaperas, me había dejado porque según él se había dado cuenta que podía vivir sin mí. ¿Pero qué coño? No se trata de eso estar en pareja? Saber estar solo, pero escoger estar con quién quieres. Bueno volvamos al tema porqué eso fue otro drama.

Estaba en esa época en la que no le haces asco a nada, te subes el listón bien arriba y todo lo que pase por abajo, bienvenido sea. Así fue cuando conocí a un chico, alto, guapo, con planta, a simple vista un “ Jode-eeer como estás”. Eso era a simple vista porqué después estaba más hueco que un pozo sin fondo.

Cuando lo conocí tuve como un flechazo, a decir verdad , tampoco necesitaba que viniera un príncipe azul con unicornio a buscarme. Tenía la autoestima tan pisada y rota que todo me venía bien. Así que tuvimos una cita, y dos y tres y cuatro. Era una chico encantador, me venía a buscar siempre a mi casa, me hacía regalos, me tiraba todo el día piropos. ¿Coño, por qué era tan caballeroso? Yo solo quería que me enseñase su huerto y que me enseñara como plantaba las zanahorias… Pero nada de nada, tan caballeroso que ni me miraba los escotes y mira que solo me faltaba ponerle las tetas en la cara. ¿Caballeroso o mi mejor amigo gay?

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Así que harta de tener citas sin final feliz, mi yo más “glam” salió a pasear y le propuse que me enseñara su casa, su cama. Le envié un mensaje tórrido y me fui para allá con mis únicas braguitas sexys que tengo, que me cogen suficiente culo como para sentirme con suficiente confianza.

Me abrió la puerta, pasé y allí estaba él con una bata que juraría haberle visto puesto a mi abuelo, terciopelo azul con los bordes marrón. Lo pasé por alto y le quite rápido la bata y el pijama gris simple que llevaba. Nos fuimos directos al sofá, y mi yo sexual ya estaba que daba saltitos.

Después de haber dado los suficientes besos de calentamiento, me quitó las pocas prendas que me quedaban. Y ahí estaba, tumbada en el sofá y él apunto de plantar la zanahoria en mi huerto. Y FIN.

Sí fin, final, final del polvo que nunca noté, final del orgasmo que nunca sentí. Si hubiera un OSCAR al tío más precoz del mundo ya sabéis quien se lo llevaría: el señor del batín. Ehh, pero aquí no termina la cosa. Se levantó, me miró y me preguntó con una sonrisa pícara: – ¿Tú has llegado?. ¿Que si he llegado imbécil?. Tímida le dije que no, esperando a que me compensara de alguna manera. Así que se levantó y se fue a su habitación. Inquieta por ver con qué me sorprendería, qué juguetito traería o qué llevaría puesto lo veo venir con una tablet. Inocente, pensé, ¿Porno?. No, el Candy Crush, señoritas se puso a jugar al Candy Crush. Me vestí como pude, me puse casi las bragas del revés, y me fui dando un buen portazo y con la cara bien alta. Ahora, cuando llegué al coche me puse a llorar como si no hubiera mañana.

Tiffi_is_thinking

La pringada del Candy Crush

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