Todos tenemos un amigo por el que sentimos predilección a la hora de pedir consejo. Yo la tengo a ella, mi gran amiga sexagenaria, con una sabiduría tan grande sobre la vida y un corazón tan bonito y tan lleno de experiencias que hacen que pedirle opinión sobre algo sea como estar esperando comenzar una nueva aventura.

Hace años conocí a un chico muy especial. Ay, amigos, el hecho de conocerle ya fue tan especial… Tengo cada segundo de aquel día grabado a fuego en mi memoria. Nos presentaron durante una cena un sábado a las 23:15, el mundo dejó de girar a las 23:16 y yo me enamoré a las 23:17. Pasamos aquella noche y el domingo siguiente juntos, envueltos en una espiral de sorpresa inesperada y sonrisas cómplices por la que nos dejamos llevar. Pero ese mismo lunes él tuvo que volver a La Coruña, donde vivía, dejándome a mí en Madrid con la espiral aún girando sobre nuestras cabezas.

Antes de irse me acercó a casa. Yo bajé de su coche en plena Gran Vía de Madrid, lo rodeé hasta llegar a su ventanilla, él la bajo, nos quedamos mirándonos a los ojos y sin decir ni una sola palabra más nos dimos un último beso. Yo corrí hasta la acera, él aceleró y se perdió entre el tráfico.

Bueno, ya está Miguel, han sido 2 días inolvidables. Él se ha ido y tú te quedas aquí en Madrid. Se acabó. Pero yo no quiero quedarme en Madrid. Yo quiero estar en La Coruña con él. Ya, pero a ver, frena, que apenas hace un par de días que le conoces. No sé. Bueno, voy a mirar qué trenes hay a Coruña, total por mirar. ¿No es un poco locura?

Entonces la llamé por teléfono. Y ella contestó.

– Hola cariño, ¿cómo estás?
– Bien, estoy muy bien.
– Algo ha pasado, te noto sonreír desde aquí.
– Me he enamorado. Así, de repente. Pero él vive en Coruña y estoy a punto de sacarme un billete de tren para ir a verle, pero no sé si es una locura, le conocí hace sólo un par de días. ¿Tú qué crees?

Ella se quedó callada durante algunos segundos, no porque no supiera qué decir, si no porque estaba compartiendo mi felicidad al otro lado del teléfono con una sonrisa que yo no podía ver pero sí sentir.

– ¿A ti qué te dice tu corazón?
– Que quiere estar con él.
– ¿Sabes qué cariño?
– Qué.
Que la vida es eso, coger trenes a Coruña por amor.

Y con una sonrisa desbocada en mi cara mastiqué esas palabras. ¡La vida es eso, joder!. Además, los trenes que se dejan pasar ya no se pueden volver a coger. No tengo ni idea de qué habrá en el destino pero, si algo sale mal, ya me sé el camino de vuelta.

Y sí amigos, cogí aquel tren y fui a verle. Y el resto, es historia. Una historia preciosa que no habría ocurrido si no me hubiera subido a ese tren.

No dejes pasar los trenes que llegan pitando fuerte, salta dentro de ellos en marcha si es necesario, que la vida son dos días y no sabes cuándo va a llegar el próximo. Déjate llevar por la euforia, haz caso a tus emociones y sigue a tu instinto, que lo que a veces se supone que es lo lógico no siempre es lo que te va a llevar hasta donde tú desear estar. Escucha a tus sonrisas, que ellas sí saben de verdad lo que quieres y lo que te hace feliz. Vive, coño. Vive. Haz locuras, y si alguna no sale bien al menos podrás decir con la cabeza bien alta: lo intenté.