Pese a que era yo la que llevaba el volante, no tenía claro cuál era el destino, solo mis intenciones. Había dejado de plantearme si estaba bien o si estaba mal, simplemente era lo que quería, aunque tuviera muy claro que nadie más fuera capaz de entenderlo, ni si quiera Manuel, que ya había decidido no hacer más preguntas de la cuenta.

El imaginario colectivo guio mis pasos hacia el lugar obvio, la Casa de Campo. Habíamos estado allí antes, como una pareja feliz viendo el zoo o montando en las barcas del lago, y desde luego nunca pensé entonces que iba acudir a ese mismo lugar, en busca de una experiencia del todo diferente.

Podía sentir la respiración nerviosa de Manuel en el asiento de atrás y casi podía adivinar de igual manera su mirada perdida. Las reglas estaban muy claras, para que una cosa así salga bien, los límites no deben quedar dispersos: yo dominaba, yo elegía y yo mandaba.

Fue fácil encontrar lo que estaba buscando. Era perfecta, rubia, alta, con curvas, todo lo contrario a mí, y por eso, mucho más excitante para ambos. Se acercó al coche para ofrecerse, y se quedó dubitativa al ver a una mujer al volante, por lo que tuve que reaccionar rápidamente, e invitarla a entrar al asiento trasero,  junto con mi marido. Se quedó callada, a la expectativa, y supe que estaba incluso más incómoda que nosotros ante lo inusual de la situación. Me mostré amable, y pregunté dónde podía encontrar un lugar discreto para dejar el coche, y ella, algo más relajada por esas palabras de rutina me indicó. Manuel nos miraba a ambas sin decir ni una palabra, también eso era parte del trato.

Cuando aparqué, me sentí nerviosa. Había intentado mostrarme fuerte y segura hasta entonces, pero lo cierto era que no sabía cuál iba a ser mi reacción a partir de ese momento. Les miré a ambos, me puse cómoda, y entonces, le pedí a ella que desabrochase lentamente la bragueta de Manuel. Ya no tan dubitativa, ella obedeció, y sólo ese gesto provocó una erección. Le pedí que se la metiera entera en la boca, mientras yo miraba cómo se lo hacía.

Fue una sensación extraña. Era una mezcla de celos, de excitación por lo prohibido, de placer ante el poder que tenía sobre ellos, y de morbo al sentirme una “voyeur”, por fin de un modo tan directo. Manuel me miraba, y en su cara podía ver el placer, pero de una forma diferente a lo que estaba acostumbrada a ver en él. Esta vez yo no le proporcionaba placer, pero se lo ofrecía.  Era como si dentro de la orquesta por fin me hubieran ascendido al cargo de directora. Yo dominaba la situación, pese a ser una mera observadora, y esa sensación de poder y satisfacción pronto emitió diversos calambrazos entre mis piernas.

Puse mi mano en mi vulva, y simplemente presione sobre ella, sin introducir la mano, solo dando un poco de rienda suelta al incesante cosquilleo. Continúe observando como la lengua de nuestra invitada recorría el tronco del pene de  Manuel como si se tratase de una película porno, solo que en vez de una música mala de fondo podían distinguirse los ruidos de su boca, los gemidos ahogados de Manuel y el roce de mi pantalón al rebozarse con el cuero de los asientos.

Continué observando hasta que comencé a sentirme extraña haciéndolo, y entraron en escena los celos, aunque quizás no de la forma en que me los hubiera esperado. No tenía celos de que otra mujer excitase a mi marido, sino de que él fuera el único objeto de deseo. Entonces hice algo que no estaba planeado, me pasé al asiento de atrás. No quería “unirme a la fiesta”, sino que quería que ella me diera placer a mí, mientras Manuel nos miraba. Quería que él sintiera lo mismo que yo estaba sintiendo, que conectaremos también de esa manera.

Di un paso más hacia lo desconocido, besar la boca de otra mujer. Era dulce y jugosa, muy diferente a los labios de mi marido, que ante la escena, vio aumentada su excitación. Quise más. Levanté la camiseta de la otra mujer, y sumergí mi cara en sus senos. Fue una sensación extraña. Intensa, erótica, potente, pero sobre todo desconectarte. Porque sabía que ese gesto no buscaba el placer de esa persona, sino el de Manuel y el mío. Con una mirada, pudimos entendernos, y él comenzó a masturbarse descubriendo el placer del vouyerimo. Eso me dio permiso para buscar el mío gracias a las hábiles manos de nuestra tercera pieza del puzzle, que evidentemente ya se habían sumergido en otras mujeres, pues supo perfectamente llevarme al clímax, que se entremezcló con el violento y potente orgasmo de mi marido. Experimentamos el éxtasis juntos, pero separados.

Sólo entonces fui consciente de que había perdido el control de la situación, y de que debía recuperarlo cuanto antes. Sin mediar más palabras pagué a la chica, la despedí del coche, y le pedí a Manuel que se sentará en el asiento del copiloto. Conduje de nuevo a casa sin querer pensar en nada. Pensar en que esto era lo más excitante que había vivido en toda mi vida, y que ahora solo nos quedaba volver a la realidad, a nuestra rutina.

 

 Autor: Silvia C. Carpallo, autora de ‘El orgasmo de mi vida’