Amor & Polvos

Tinder sorpresa: de comerle la picha en el baño a tener la boda del año

Pues bien, todo comenzó una tranquila y soleada tarde de mayo por Madrid. Era mi primer año de independencia y aún no tenía un grupo de amigos consolidado, así que cualquier plan que me ofreciera cualquier persona que conociera decentemente, lo aceptaba. ¿Aunque fuera una puta mierda? Aunque fuera una puta mierda.

Pues eso, una chica que era de la clase de al lado, a la cual prácticamente no conocía de nada, puso por un grupo de WhatsApp, el cual no recuerdo muy bien de qué era, que tenía dos entradas para el teatro, que si alguien quería ir con ella. Yo contesté y le dije que sí, que a mí el teatro me gustaba y si era gratis, más.

La chavala me escribió por privado y me dijo que resultaba ser que la obra era en ALCALÁ DE HENARES, o sea, a tomar por culo a la derecha. Ese dato me hizo tambalearme, pero ya me daba cosa decirle que no y total tampoco tenía nada que hacer con mi precioso tiempo. Así que nada, allá que me fui con una chica que no conocía en cercanías a un pueblo a las afueras de Madrid para ver a su primo hermano actuar allí, pero por lo menos: gratis.

Pues la obra bien, todo bonito, nos montamos a la Renfe y yo, pues abro el Tinder porque un chaval me había hablado, es raro que te hablen, mucho match mucho match, pero poca conversación. Que no me quejo, que yo tampoco abro, pero chica, que es un evento que alguien te escriba.

El chico era el típico guapifeo, un sin más, un ‘a ver, no es horrible, pero tampoco es guapísimo’. Total, que hablo con él nada, quince o veinte frases y yo qué sé, había hecho la locura de mi vida de irme a Alcalá a ver un teatro, pues nada, de perdidos al río, le dije que íbamos al centro a tomar cervezas, que si se quería venir, que iba con una amiga.

NOS DIJO QUE SÍ, en ese momento yo supe que era de los míos, porque cómo puede ser que alguien que no conoces de nada, con quien ni siquiera has chateado, te diga de unirte a un plan y te unas. El caso es que yo me puse toda nerviosa, le dije que nos esperara en el Oso y el Madroño, que llegábamos en 30min.

Vale, si hay alguien en esta vida que no es fotogénico, ese es mi marido, de verdad que a día de hoy aún le sigo describiendo cómo puto flipé al verle, las malditas fotos no le hacían ni un miligramo de justicia, os juro que era el chaval más jodidamente guapo de todo Sol. Fijaos si era guapo que lo primero que pensé fue ‘puf, madre mía, a este no me lo tiro ni de coña’, con lo que soy yo.

Pues nada, allá que nos fuimos los tres a un mexicano que había por la zona, que tenía las cervezas a 1€. Mi ‘amiga’, él y yo. ¿Sabéis lo que es súper bien? Pues súper bien. O sea, se llevaron genial, yo me llevaba genial y todo era genial. Nos partíamos el culo, no parábamos de hablar, ay no sé, fue comodísimo.

El caso es que me voy con mi amiga al baño y me dice ‘tía, conectáis muchísimo, sobro muchísimo, yo me voy y os dejo solos’ y yo le dije que jamás, que bajo ningún concepto, que nunca en la vida se hacen esas cosas, que si tenía que pasar algo, no tenía por qué ser hoy. (Todo este drama es porque quedamos en que se venía a dormir a mi casa porque ella vivía muuuuuuy lejos del centro). Nos medio peleamos, ella decía que cogía un taxi y yo le decía que no, al final gané. A ver qué es esto de dejar a amigas, aunque sean recientes, tiradas por un chico, jamás.

Pues eso, salimos fuera y nos encaminamos hacia Chueca, a un garito que conocí la semana anterior que tenía los precios tirados y un calimotxo espectacular, con medio catxi ya vas dando tumbos, más las seis o siete cervezas que llevábamos cada uno, echad cuentas del tremendo pedal.

Pues nos estábamos encaminando de un sitio al otro y en el paso de cebra de Gran Vía hacia Fuencarral, en el semáforo esperando, coge mi amiga y me da un pico, no sé por qué, creo que estábamos hablando de algo relacionado con besar a personas y de la importancia de los besos. El semáforo se pone en verde, empezamos a cruzar y la tía le mete un pico al chaval. Ahí es cuando yo saco toda mi seguridad, mis ovarios y mi fuerza, me envalentono y le doy yo un beso también.

¿Qué pasó? Pues que cuando yo iba a darle un pico y a apartarme, el señor me agarró con sus dos brazos largos, fuertes y poderosos y me dio el morreo de mi puta vida, EN MEDIO DEL JODIDO PASO DE CEBRA DE GRAN VÍA. O sea, imaginaos el nivel de coches pitándonos y de gente gritando. Esto no es como en las películas, nadie aplaude, con suerte solo te escupen. JAJAJAJJAJA

La diferencia es que yo peso como 50kg más que esa señora, la gente no nos miraba con amor y los coches casi nos atropellan.

El caso es que después de eso mi amiga sí que se ralló mazo, porque decía que ella sobraba que se tenía que ir, que ella ya no pintaba nada y blablabla. A lo que mi amado Adonis dijo, a ver, yo tengo un colega, lo llamo, viene, si os gustáis bien y si no, por lo menos, pues habláis un rato.

El amigo era un gilipollas integral, os lo juro, a día de hoy es que aún no lo trago y eso que estoy super agradecida por venir aquella noche en DIEZ MINUTOS, o sea, es que ni el jodido Uber Eats. Señores a domicilio, dígame.

Pues eso, hablamos un rato los cuatro, yo lo encontré idiotal profundo, asumí que me iba a tocar irme con mi amiga ya a casa y rezar al cielo para que ese pedazo de portento de hombre quisiera volver a verme otro día, pero chicas, peores dramas hay en la vida. Estaba yo con esas cavilaciones en mi cabeza, cuando de repente me giro y veo a los otros dos comerse la boca. Fue en plab, de ah ok, de puta madre.

Así que nada, me centré en mi dios griego y ale, venga a morrearnos y venga a morrearnos, estábamos solos en el local, supongo que lo de que fuera un miércoles a las tres de la mañana tendría algo que ver. Pero como que era todo íntimo, qué pasa cuando te estás liando en un lugar que sientes íntimo con una persona que te pone burra, pues eso, que te pones burra sin cuidado.

Pues nada, me lo metí al baño de la discoteca y de perdido al río, le hice la mamada del siglo. Se corrió, me lo tragué y un pequeña gota se escapó juguetona Y ME MANCHÓ LA PUTA CAMISA. Me puse un poquito de saliva en el dedo y froté un poco, en esas guisas estaba yo cuando aporrearon la puerta con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento.

El portero se marcó un grito que ni Gandalf ‘NO PODÉIS HACER ESO AQUÍ’.

Salí dignísima y le dije que tampoco es que estuviéramos haciendo algo, qué gané por eso, pues que me echaran del sitio, básicamente.

El chico me dijo que se quería venir a casa, que era su turno de hacerme a mí cositas y yo le dije que no, que no me apetecía. Pero es que era verdad, no es que me estuviera haciendo la interesante, es que yo quería irme a mi casa, a mi cama, a dormir y a morir. Que menuda tardecita de miércoles me pegué sin ser yo nada de eso.

Os prometo que creí que no me llamaría, ni me escribiría, ni mucho menos que me dijera de volver a quedar. Bueno, dentro de mí cabía la esperanza de que alguna noche tonta me dijera de vernos para echar un polvete, pero desde luego que nada más allá de sexo esporádico.

Pues bueno, me equivoqué un poco, ahora, cuatro años después, nos hemos casado, estoy embarazada, esa chica jamás llegó a ser mi amiga de verdad y su colega sigue siendo imbécil.

Definitivamente, nunca sabes lo que te puede deparar la vida, una aplicación y un par de ovarios te pueden arreglar la existencia.

 

María

 

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