Una de mis mejores amigas va a ser madre soltera. Bueno, exactamente soltera no… Tiene un novio con el que llevaba muchos años (más de 5) y los dos asumían que querían ser una pareja sin hijos. Ahora, ella con 43, se ha quedado embarazada y en los planes de él no entraba la paternidad. Sin embargo, ella, a la que nunca le había picado el gusanillo de la maternidad, ha decidido tenerlo. Obviamente esto ha supuesto un cisma en su relación y él se ha desentendido oficialmente. Mi amiga lo llama “maternar” sola y entiendo que es una putada.
Faltan un par de meses para que nazca la criatura, pero mi amiga ha pasado por un embarazo horroroso: diabetes gestacional, bebé con bajo peso, reposo por amenaza de aborto… Vamos, que si hubiera jugado a la quiniela, habría sacado todos y cada uno de los números.
Entre todas las amigas le hemos echado una mano en lo posible: una le ha dado una cuna que, ni por asomo, piensa volver a usar, otra ropita de bebé, entre todas le hemos comprado un carrito… Nos hemos implicado porque la queremos y sabemos que va a necesitar ayuda.
Muchas ya hemos pasado por eso. Estamos inmersas en la maternidad y también pasamos por nuestros momentos bajos. El problema viene de la falta de empatía: nuestra amiga se cree el centro del universo y todo lo justifica diciendo que nosotras, al menos, no “maternamos” solas, que no nos quejemos porque su vida sí que va a ser difícil.
Al principio yo me callaba porque entiendo que se le viene encima una muy gorda (y no precisamente por la niña que, como he dicho, viene baja de peso. Chiste malo), pero es incapaz de dejar de pensar un segundo en ella. Los problemas de los hijos ajenos no lo son porque hay padres de por medio.
Hace un par de semanas discutimos porque dije que estaba agotada con las vacaciones de verano y los niños. Les comenté que necesitaba irme yo a un campamento de madres una semana con un todo incluido. ¡Buah! ¡Y ahí saltó con su perorata! “No sé de qué te quejas, por lo menos tú tienes un marido y no “maternas” sola. Además, eres profesora y tienes tres meses de vacaciones. Si es que, quejarse es gratis. Imagínate yo: sola y con un trabajo normal.” Gracias por tu empatía, amiga.
Me tocó los cojones por dos cosas: la de “maternar” sola y la de las vacaciones de profesores. Así que salté y le dije que sí, que yo tenía la suerte de contar con un marido, pero que eso no hacía menos agotadora la carga mental y que, además, tenía que cuidar una relación que se veía, en muchos casos, resentida por la llegada de los hijos. Y que tampoco era fácil estar 24 horas con ellos, que eso también desgasta. Y acabé con un: “Y si tanto te gustan las vacaciones de los profesores, te vas a la facultad, te sacas la carrera, te haces un máster y luego te sacas una oposición”. Y me fui.
No la he vuelto a llamar y sé que debería. Pero es que siempre la misma historia de “maternar” sola me pone de mala leche. “Maternar”, sola o acompañada, es duro. Es duro para todos y eso de minimizar lo de los demás todo el rato me parece de una falta de empatía absoluta.
Cuando se me pase el cabreo, la llamaré. Pero entre sus hormonas y mi agotamiento creo que es bueno dejar pasar un tiempo. Pero es importante que todas hagamos tribu, y, en una tribu, cada una tiene sus cargas. Y, a veces las más insignificantes, son las que más suman. Y lo sabemos todas, pero estaría bien poder ponernos en los zapatos de los demás para ver que, pese a todas las cosas maravillosas de la maternidad, hay otras tantas de las que, por suerte, ahora se habla y nos afectan a todas (independientemente de si tenemos pareja, ayuda externa, familia cerca o no).
Y, por cierto, para saber qué decir cuando te echan en cara las vacaciones de los profesores, hay un post por ahi
