Siempre quise ser azafata, volar y pasarme la vida en aviones, casarme con un piloto guapo y tener dos hijos, un perro, un chalet con jardín y un pelo rubio y liso.
Si, he volado, y me he zumbado a unos cuantos pilotos, pero me siento a pensar y no he cumplido mi sueño, y me jode admitirlo, porque sigo sola, no he logrado casarme a pesar de haber estado en muchas camas con chaquetas con alitas tiradas alrededor.
El problema es que esas camas siempre han sido en hoteles, no en el chalet con jardín y perritos corriendo como soñaba de pequeña.
En cuanto pude me puse a ello, no del todo porque mi madre, mujer coherente donde las haya, me obligó a estudiar derecho. Mis padres estaban separados, mi padre nunca ejerció como tal, pero era piloto, de ahí supongo que venía la idea fija.
Acabé la maldita carrera, ya que era la condición para que me ayudaran en mi aventura de vivir en Madrid. La paliza que me pegué esos cinco años fue buena, aparte de sacarme mi carrera de derecho, a escondidas y gracias a mi padre, me formé para azafata y aprendí inglés y francés, en el fondo a mi padre le encantaba mi pasión por las alitas en general.

Lo de entrar a trabajar en una aerolínea no me costó nada, pero en tierra, fui una de esa que os factura y os embarca cuando voláis y os miente cuando preguntáis porque hay un retraso si, esa era yo. Fue como mi mini sueño hecho realidad, rodeada de uniformes por todos lados. Soy así de simple y estaba en mi paraíso personal. No es que sea la más pibona del mundo, pero siempre supe sacarme provecho y tuve mucho morro, en nada estaba de fiesta con ellos.
A los veinte ves la vida de otra manera, por eso se cometen errores claro, y mi obsesión lo mismo me llevó a hacer las cosas mal, pero no sabía cómo hacerlas bien y por supuesto que me tiré a todos los que se me pusieron por delante, casados, solteros, comprometidos y viudos, me daba igual, estaba viviendo mi sueño, pero solo a la mitad, aún tenía que subirme a uno de esos aviones y no bajar nunca.
Me costó la vida y media pasar a vuelo, pero gracias a las low cost conseguí volar antes de los 35, edad límite para intentarlo. Recuerdo que para mi primer vuelo una de mis mejores amigas me pidió por favor que no me tirara al comandante, que era la primera vez y que me portara, no lo hice y acabé en la cama del copiloto pero me prometió guardar el secreto y nadie del resto de la tripulación se enteró.
He dado tumbos por varias compañías hasta que unos amigos de mi padre de toda la vida montaron una de vuelos charter, por supuesto entré de cabeza y ahí llevo más de diez años, con mis más y mis menos. Ahora ya vuelo menos y me dedico más a formar a nuevos compañeros, jóvenes y con las mismas ganas de comerse el cielo que tenía yo a su edad. Por eso me veo reflejada y lo que veo me duele.
Seguramente fui tonta y rechacé a tíos majos por el simple hecho de no ser pilotos. Sigo soltera y no he sido madre. Sigo viviendo de alquiler y esos tíos que tanto me ponían, ahora ya ni me miran porque las tienen mucho más jóvenes, monas e inocentes.
En parte sí he cumplido mi sueño, pero la otra parte, la amarga también la llevo bien dentro y pienso en eso de hablar con tu yo del pasado y decirle cuatro cosas. Ya no sirve de nada mirar atrás ni arrepentirse, y además para todo eso ya tengo a mi madre, gracias, pero sigo sin tener ni idea de como podría haberlo hecho bien