Llevaba un tiempo muy mal con mi pareja cuando decidimos ir a terapia. Pensábamos que sería el último recurso para salvar nuestra relación, los dos teníamos voluntad, pero no había manera de restaurar la confianza y devolvernos la armonía que tuvimos en su día.
Yo estaba deprimida, no me lo habían diagnosticado, pero estaba segura. Hacía meses que no recordaba tener ganas de salir de la cama, ir a trabajar o hacer planes. Mi pareja me insistía en que necesitábamos ayuda y finalmente acepté. Nos pusimos en manos de un terapeuta de parejas esperando que eso nos ayudase y recuperásemos nuestra relación, pero fue todo lo contrario.
En las primeras sesiones, nos sentamos en sillas separadas. Cada uno con su verdad, su versión de las cosas y ese muro invisible de reproches y de rencor que aparece de repente cuando alguien escucha y el otro se siente atacado. El terapeuta nos invitó a escucharnos, a vaciarnos emocionalmente y exponer todas las cosas que nos dolían y que creíamos que tenían que cambiar. Al principio nos resistimos, nos culpamos mutuamente e incluso discutimos y salimos peor de lo que habíamos entrado, pero el terapeuta nos ayudaba a transitar todo eso y a intentar no juzgarnos.
Fue doloroso. Se desenterraron discusiones pasadas, momentos que no habían cicatrizado y algunos que ni si quiera recordaba. Cada sesión era como una batalla y era agotador. Hubo lágrimas, gritos y momentos de un silencio abrumador que era peor que cualquier insulto. Pero conforme avanzaron las sesiones, encontramos un poco de esperanza.
Empezamos a comprendernos, a saber lo que le molestaba al otro, a reconocer nuestros propios errores y a valorar lo que aportábamos a la relación. Aprendimos a pedir perdón y nos comprometimos a cambiar. Nos comunicamos mejor, escuchábamos al otro y de repente, las discusiones, empezaron a desaparecer.
Cada uno empezó a trabajarse individualmente con las mochilas que arrastrábamos de nuestra infancia, otras relaciones o traumas, y conforme eso fue avanzando y nuestra relación a calmarse, nos dimos cuenta de lo evidente: no éramos felices juntos.
Cuando había tantas discusiones era fácil pensar que se podría resolver, que solo había que cambiar eso, pero cuando dejaron de existir y solo quedamos nosotros, hubo que aceptar que nos aburríamos, que no admirábamos al otro y que lo nuestro no tenía ningún futuro.
Fue muy duro y hubo que tomar la decisión más difícil de nuestra vida, separarnos. Fue un acto de amor mutuo y un reconocimiento de que merecíamos más de lo que el otro podía darnos o que habíamos aceptado en nuestra relación anteriormente tóxica.
Tuvimos varios altibajos, intentamos volver y todo se complicó, pero en definitiva la conclusión siempre era la misma, no funcionaba.
Seguimos yendo a terapia algunas sesiones para llevar la ruptura de una manera limpia y después nos separamos y seguimos cada uno por su lado. Yo estaba triste por perder a mi pareja, pero también emocionaba por la nueva vida que se me presentaba. Pude trabajar de dónde venía toda mi tristeza y empecé a levantar cabeza.
Me sentía culpable cada vez que las personas que me veían me decían que se me veía mas feliz y más guapa desde que había roto con mi pareja. Les intentaba explicar que no tenía nada que ver, que todo el fruto de ir a terapia y que por desgracia, al sanarnos individualmente, habíamos visto que no funcionábamos, pero que de todos modos nos queríamos mucho y seguíamos en la vida del otro.
Poco a poco, empezamos a construir nuestras vidas por separado, no os mentiré si os digo que había cierto rencor y envidia cuando veía que las cosas le iban bien, pero procuraba enfocarlo en mejorar yo y en darle un sentido a todo.
Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta de lo cierto que es eso de “si tú no estás bien, no puedes estar bien con nadie”. Cuando empecé la terapia llevaba mucho tiempo mal, triste, sin salir del hoyo. Llegué a tener pensamientos de quitarme la vida para dejar de ser una carga y dejar de fastidiarle la vida a mis seres queridos estando triste siempre. No quiero pensar en qué hubiera pasado si nunca hubiéramos ido a terapia y me hubiera quedado metida en esa espiral.
Si pudiera volver atrás, haría las cosas de una manera muy diferente, aunque el camino ha valido completamente la pena y me hizo darme cuenta de que a veces, para conseguir estar bien, hay que renunciar a cosas que no nos hacen bien, por mucho que las queramos.
